Viajó a Israel a reencontrarse con un hermano y se enteró que tenía dos más

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Rosita Leska nació en el Hospital Pereira Rossell de Montevideo, Uruguay, su madre la abandonó y desde hace 17 años dedica la vida a ayudar a los niños.

Dice que antes le costaba contar su historia pero que ya no. Que ahora es distinto: que está orgullosa y que es esa historia —los orígenes, el camino, las formas— la que la hizo llegar a donde está, ser exactamente lo que es ahora.

Rosita Leska es muchas cosas pero, sobre todo, es una mujer de 73 años con el pelo corto y claro, los ojos chispeantes que a veces brillan y la risa fácil, que se dedica, sobre todo, a ayudar.

Cuando en el año 2002 el doctor Ney Castillo, su esposo, tomó la dirección del hospital Pereira Rossell, se formó una fundación que, en principio era para apoyarlo en su gestión. Ella forma parte de la Fundación Amigos del Pereira Rossell- que trabaja para mejorar la atención y las condiciones de los niños que llegan de todas partes del país a atenderse allí- desde entonces.

Ella es presidenta de la función desde los comienzos, hace 17 años. “Fue en 2004, cuando nos reconocieron como fundación. Desde entonces nunca me fui. Hay que tener mucha pasión y trabajar mucho por este lugar”, dice.

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“Esta mujer es una luchadora. Si no fuera por ella no tendríamos equipamiento en neumología para no tener que pinchar a los niños. Ella peleó como una leona contra muchos obstáculos y muy grandes para apoyarnos”, dirá después la doctora Isabel Moreira, cuando cruce a Rosita por uno de los pasillos del hospital, le dé un abrazo y le tome las manos. Cuando la escuche, Rosita llorará. Después dirá que son los años lo que la hacen emocionarse fácil, pero que también son las peleas que ha dado, esas que la han sensibilizado, pero también fortalecido.

Pero ahora, una mañana de sol y calor de comienzos de marzo, Rosita está sentada en la oficina de la Fundación Amigos del Pereira Rossell, un espacio pequeño entre el mundo enorme que es el hospital, con una ventana, una mesa, varias sillas y algunos papeles.

Tiene las piernas cruzadas, un brazo apoyado sobre la mesa, el otro sobre la falda. Dice: “Yo nací en el Pereira Rossell. Nunca me imaginé que iba a poder devolverle algo a este lugar, hacer algo por él”. Y después menciona, una a una, las cosas que han obtenido con la fundación: desde construir una ludoteca (ver aparte) hasta mejorar los consultorios odontológicos.

Rosita nació en Montevideo. Y lo que sabe sobre sus orígenes es que es hija de una madre polaca que era dueña de un bar en Ciudad Vieja y que apenas hablaba español, y de un padre ruso, del que no recuerda prácticamente nada. Sin embargo, dice, su historia no tiene nada que ver con esa mujer polaca y con ese hombre ruso. O quizás, un poco, sí: porque todo, casi siempre, regresa al lugar del que partió.

La familia 

Rosita repite, una y otra vez, eso de que se siente orgullosa por la historia que la acompaña. “Todo tiene un por qué, ¿viste?”.

Y después cuenta lo que recuerda: que su madre biológica no quiso criarla y que creció con Coca, la señora que la cuidó, que vivían en una casa de inquilinato en Ejido e Isla de Flores y que por eso, quizás, a ella le gustan tanto Las Llamadas, que en Carnaval con sus vecinos hacían guerra de agua y que en las tardes de verano se sentaba a comer bizcochuelo y a tomar mate debajo de un árbol con las vecinas de al lado, que un día, a la misma casa de Ejido e Isla de Flores, llegó a vivir Carlitos, hijo de la misma polaca y del mismo ruso. Carlitos era rubio y tenía la piel clara, como ella. A él lo cuidaba Beba.

Tras un desalojo, Rosita se fue a vivir con Coca en una casa en la Aguada y de Carlitos no supo más. Pero un día Coca se enfermó y otro día se murió. Rosita tenía 12 años y la llevaron con las compañeras de trabajo de Coca.

Ese fue el momento exacto en el que la historia – la suya- tomó otro rumbo: Jorge Dubra, cardiólogo y Sara García, química y dueña del laboratorio en el que había trabajado Coca, le preguntaron si quería ir a vivir con ellos. “Y yo dije que sí. No tenía otro lugar a dónde ir. Antes, su hija, mi hermana Sara, me pasaba su ropa para que yo la usara. Y bueno, pasé a vivir en una casa de dos pisos. Al principio fue difícil, pero ellos son, siempre fueron, mi familia”.

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A Ney Castillo lo conoció cuando iban al liceo Joaquín Suárez. Se casaron en junio de 1970 y tuvieron dos hijas, Ana y Cecilia.

Durante años Rosita no supo nada de su hermano Carlitos. Así fue hasta 2005, cuando le contaron que se había ido a vivir a Israel. Lo llamó. Viajó a verlo.

Cuando llegó al aeropuerto no necesitó cartel ni identificación: no necesitó nada. Lo vio y fue suficiente para saber que era él. En ese viaje también conoció a Alberto, otro hermano de sangre del que, hasta entonces, ella no sabía nada.

“Carlitos me recibió en su casa y solo me decía ‘te quiero mucho’. Ahí conocí a mi cuñada, que también se llama Rosa”, dice.

Volvió a ver a Carlitos un año después, cuando fue a Israel, esta vez junto a Ney. Esa fue la última vez que se encontraron. Carlitos murió en 2007.

Tiempo después alguien la contactó por las redes sociales. Era Sara Leska, hija de Elena, otra de sus hermanas biológicas. “Elena era la menor pero yo no la conocía. Mis hijas, cuando vieron a Sara, me dijeron que era igual a mí. Y es verdad, éramos igualitas”.

Rosita tramitó el pasaporte polaco, viajó a Polonia, supo que su madre biológica había sido una mujer de campo, pero no encontró a nadie más de su familia.

En algunas oportunidades se preguntó por qué: por qué todo había sido así, por qué su madre no la había querido, qué era lo peor que podría haberle pasado si crecía junto a ella.

Ya no busca respuestas. “Todo tiene un por qué, ¿viste?”, repite. Y es verdad: todo tiene un porqué.

El País (Uruguay)

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