Recordar: decimo primer mandamiento. Por Rabino M.Ed. Ruben Najmanovich

“Si comprender es imposible, conocer es imprescindible” Primo Levi z”l, escritor Italiano, Sobreviviente del Holocausto.

Elie Wiesel z”l, Premio Nobel de la Paz 1986, universalmente reconocido como el escriba del Holocausto, resumió nuestra singularidad con estas palabras: “Somos la más condenada de todas las generaciones y somos la más bendecida de todas las generaciones. Somos la generación de Job, pero también somos la generación de Jerusalém – Yerushalaim”.

Días atrás, el pueblo judío, conmemoró la festividad de Pesaj; alrededor de nuestras mesas, 7 días en Israel, 8 días en la diáspora, leímos, estudiamos, comentamos los relatos escritos en las diferentes Hagadot, ese libro milenario, que se ha reproducido de miles formas, con diferentes textos, diferentes costumbres, pero todos tienen una finalidad: “le relatarás a tu hijo”, el relato, nos propone otro axioma, que es el recuerdo, Zajor, palabra hebrea que representa mucho más que su significado etimológico:  rememorar, recordar, evocar. En conjunto, el verbo zajor aparece en la Biblia, en sus diversas flexiones, no menos de ciento sesenta y nueve veces, generalmente con Israel o con D-os como sujeto, porque la memoria les corresponde a los dos.

La memoria es una de las características del ser humano, que no tiene forma de describirla, puede ser ascendente o descendente, puede ser una parábola o una hipérbola, un diagrama oscilatorio o un diente de sierra. 

Pero en el judaísmo, como excepción que marca la regla, es constante, es una línea que está por encima del eje del olvido, el pueblo judío no padece Alzheimer espiritual y mucho menos histórico, nuestra memoria está destinada a educar y predecir, y no a vengarnos.

El historiador Yosef Hayim Yerushalmi, en su libro Zajor, escribe lo siguiente: “…. Porque Pesaj (Lit.Pascua) es eminentemente el gran festival histórico del pueblo judío, y la Hagadáh es su libro de remembranza y redención. Aquí, la memoria de la nación se renueva y se recarga anualmente, y se sustenta la esperanza colectiva.”

El calendario hebreo no nos permite tener espacios vacíos, de aquí a algunas semanas, recordaremos la finalización de la segunda conflagración mundial, y luego el recuerdo de Yom Hazicarón, Yom Haatsmaut y finalmente, días más tarde conmemoramos Yom Yerushalaim e inmediatamente, Shavuot, la entrega de la Torá en el monte Sinaí.

Reconstruimos la generación del Sinaí, en hebreo la misma raíz de la palabra sneh, arbusto, zarza, la que ardía y no se consumía. Mil hornos han deseado destruirnos, mil decretos han ambicionado llevarnos a un destierro definitivo, pero estamos aquí parados, erguidos como Abraham Avinu, Abraham nuestro patriarca, que al recibir el mandato de D-os de llevar a sus hijo a la Akeda, al sacrificio, a la ofrenda que finalmente no sucedió, dijo Hineni, aquí estoy, y nosotros aquí estamos, madres que han ofrendado sus hijos en los crematorios infames, procuraron al finalizar la guerra, ese horror reconstruir, procrear, pero sin olvidar.

Afirmamos que D-os no murió em Auschwitz

Porque Auschwitz representa el infierno, Yerushalaim el auge; Auschwitz fue el exterminio, Yerushalaim el renacimiento, Auschwitz es la esclavitud, la opresión y la destrucción del ser humano, Yerushalaim, es la libertad, el respeto y el amor; Auschwitz representa la muerte, Yerushalaim la vida.

“Fue una negación de D-os, Fue una negación del hombre, Fue la destrucción en miniatura del universo”. Una sentencia muy celebre expresada por un superviviente del Holocausto.

Como está escrito en el libro de Ezequiel (El Profeta Yejezquel) capítulo 37, versículo 3: “Y me dijo: Hijo de hombre, ¿podrán vivir estos huesos? Y yo le respondí: ¡Oh D-os, Mi señor! Solo Tu lo sabes.

Esa pregunta surgió siglos después, cuando el mundo vio esos huesos secos salir de las profundidades del abismo, del infierno de Auschwitz, y reconstruir no sólo un Estado que nos dignifica, sino comunidades con valores eternos, que el judaísmo ha transmitido a lo largo de los siglos.

En la Europa del renacimiento, de la modernidad y de la Revolución Industrial, el cielo con sus nubes grisáceas, dispersaba con el humo la vida de millones de seres inocentes, ante el silencio cómplice del mundo todo. Así como el arco iris recuerda el pacto entre Noaj – Noe y D-os, el olor que despedían los crematorios, el color blanco nieve que, mezclado con el humo de los hornos, y manchas de color carmesí, hacían y hacen recordar el asesinato de millones de inocentes, más de seis millones de judíos, de los cuales un millón y medio era niños, preadolescentes, adolescentes, sin contar las víctimas de otros pueblos y las minorías.

Parafraseando a Elie Wiesel: “No todas las víctimas del Nazismo eran judías, pero todos los judíos eran víctimas”.

El infierno no consiguió derrumbar la dignidad; como escribió Olga Lengyl en su libro las cinco chimeneas:

“Vi a muchos judíos aferrarse a su dignidad humana hasta el final. Los nazis consiguieron degradarlos físicamente, pero no moralmente. Por ellos no he perdido la fe en la humanidad. Sí, incluso en la jungla de Birkenau, los judíos no fueron necesariamente inhumanos con el prójimo, entonces hay esperanza.”

El judaísmo tiene sus silencios, así afirmaba el escritor Elie Wiesel Z”L, en una oportunidad en el que disertaba en una Universidad Americana, más nosotros no hablamos de ellos. El silencio que siguió luego del holocausto fue uno de los más profundos de la historia del Pueblo Judío, nuestra historia. Un tercio de la populación judía del mundo se había desvanecido en las llamas de los hornos, que llenaron los cielos, con los grises de las cenizas de aquellos que fueron padres, hijos, abuelos, sabios, sastres, maestras, alumnas, de miles de aldeas que, de un confín al otro de Europa, encerraban historia milenarias del Pueblo Judío en dicho continente.

Universos enteros desaparecieron para siempre, concurridos distritos judíos de la Europa Oriental, academias talmúdicas, centros de aprendizaje del misticismo, comunidades donde el Yidish era la lengua corriente, judíos urbanos de Alemania, judíos poloneses que convivieron con sus vecinos gentiles por casi mil años, legendarias sinagogas y casa de estudios.

Y una vez más: Afirmamos que D-os no murió em Auschwitz

Con la misma esperanza con la que designamos a nuestro himno, con esa esperanza construimos Yerushalaim y con esperanza nos convertimos en Or Lagoim, Luz para los pueblos. Yerushalaim la contracara de Auschwitz. A pesar de muchos, Yerushalaim canta, baila, estudia, recuerda.

Con 79 años de la liberación del Campo de exterminio Auschwitz-Birkenau, resurge con la misma fuerza, con el mismo sentimiento de odio la Judeofobia, el antisemitismo, no solo en Europa, sino en otras partes del mundo, en los campus Universitarios a lo largo y ancho del mundo. ¿Cómo respondemos? Fortaleciendo los valores educativos que les transmitimos a nuestros hijos, con sentimientos de respeto hacia los otros y con dignidad y orgullo por la Creación de nuestro Estado de Israel. 

Por eso, no dejaremos, ni permitiremos que se construyan nuevos Auschwitz, Treblinkas, Chelmos, Sobibor, Maidanek, Bergen Belsen, ya que honramos la memoria de todas las heroicas víctimas de la Shoá, erigiendo un pueblo con fundamentos, un pueblo que agradece a todos aquellos justos de la humanidad que ofrendaron sus vidas para salvar a aquellos que estaban siendo amenazados.

En todo tiempo, en todo lugar, el pueblo judío va a recordar. Vamos a llorar, no habrá alivio ni consuelo, solo recuerdo, memoria, y con la energía de la misma, continuaremos siendo un faro para un mundo que camina por las tinieblas del odio, de la discriminación, de la violencia, porque ellos seguro perdieron la memoria, nosotros no.

Porqué afirmamos que D-os no murió em Auschwitz.

En estos días estamos transitando las páginas del Libro Vaikrá, Levítico, en el cual se hace referencia a los Korbanot, traducido como sacrificio. Korbán en hebreo significa acercarse, aproximarse. A pesar de lo que sucede en estos momentos en el mundo, la tecnología y la buena voluntad nos permite aproximarnos, acercarnos para recordar y ofrendar con todo nuestro ser, por medio de cada acto, cada instante, en los que recordamos a las víctimas de la Shoá.

No olvidar es nuestra consigna, es nuestro décimo primer mandamiento; decirle sí al mensaje milenario recibido en el monte Sinaí, decirle sí a la continuidad judía, decirle sí al compromiso con el Estado de Israel, y decirle sí a cada uno de los valores milenarios y eternos, que son una bandera perpetua, pero también decirle no a cualquier forma de discriminación, odio, a cualquier forma de subyugar a la personas y de supresión de la libertad, porque cuando las libertades son erradicadas, no hay futuro para la sociedad ni para el mundo. Israel es el símbolo de la lucha contra los totalitarismos, una lucha contra la intolerancia, una lucha contra la violencia y el terrorismo, una lucha contra el fanatismo. Somos el Pueblo que ilumina y ha iluminado los verdaderos recorridos que la humanidad debe transitar.

Nuestro deber hoy: Recordar para no olvidar. Para eso necesitamos: estudiar, transmitir, enseñar, honrar.

Rabino M.Ed. Ruben Najmanovich

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