Las crudas confesiones del siniestro Rudolf Höss, “el animal de Auschwitz” a quien la esposa entregó

Las crudas confesiones del siniestro Rudolf Höss, “el animal de Auschwitz” a quien la esposa entregó

Nacido en Baden-Baden el 25 de noviembre de 1901, fue criado y educado para obedecer. Hijo de padres católicos practicantes, en el proyecto familiar debía cumplir un destino de sacerdote, pero la Primera Guerra Mundial le hizo cambiar ese futuro con sotana por un presente urgente de uniforme militar. A espaldas de su madre, se incorporó al Ejército a los 15 años, para lo que debió mentir la edad, porque la mínima era de 16. Fue así el suboficial más joven de las filas y fue condecorado con la Cruz de Hierro luego de ser herido en varias ocasiones en el campo de batalla. Como al cabo Adolf Hitler y a muchos otros soldados prusianos, la derrota le resultó humillante, buscó culpables y no tardó en encontrarlos en los judíos y en los izquierdistas. Para dar rienda suelta a su venganza se incorporó a los Freikorps, un grupo paramilitar nacionalista y anticomunista, donde participó de varios atentados contra “los traidores a la patria”.

Tenía 21 años cuando en 1922 se sumó a las filas del naciente partido nazi luego de escuchar los encendidos discurso de su líder, en los que se sintió de inmediato representado. El 31 de mayo de 1923, participó junto a Martin Bormann en el asesinato del militante populista Walter Kadow, sospechoso de haber entregado a las tropas de ocupación francesas al activista nacionalista Albert Leo Schlageter, a quien había conocido en los Freikorps. Fue sentenciado a diez años de prisión, pero lo liberaron en 1928, incluido en una amnistía.

Con la llegada de Hitler al poder, se enroló en las SS y fue destinado a las siniestras Unidades de la Calavera, encargadas de administrar y custodiar los incipientes campos de concentración. Su primer destino fue Dachau, en Baviera, en ese momento lugar de hacinamiento de cientos de presos políticos. Por su eficaz desempeño fue ascendido a capitán y ayudante de campo de Herman Baranowski en el campo de Sachsenhausen, en Brandemburgo.

FILE PHOTO: An undated archive photograph shows Auschwitz II-Birkenau's main guard house which prisoners called "the gate of death" and the railway with the remains of abandoned crockery. The railway, which was built in 1944, was the last stop for the trains bringing Jews to the death camp.   AUSCHWITZ MUSEUM/Handout via REUTERS/File PhotoFILE PHOTO: An undated archive photograph shows Auschwitz II-Birkenau’s main guard house which prisoners called «the gate of death» and the railway with the remains of abandoned crockery. The railway, which was built in 1944, was the last stop for the trains bringing Jews to the death camp. AUSCHWITZ MUSEUM/Handout via REUTERS/File Photo

El animal de Auschwitz

Con el inicio de la guerra, la carrera de Höss se disparó hacia la cumbre. Su fama de oficial eficiente ya había llamado la atención de Himmler, quien le encargó que se ocupara de construir y poner en marcha el campo de Auschwitz en la Polonia ocupada. Fue el séptimo campo de concentración construido por los nazis, después de Dachau (el primero, construido en 1933, apenas Adolf Hitler se hizo con la suma del poder en Alemania), Sachsenhausen, Buchenwald, Flossenbürg, Mauthausen y el campo de mujeres Ravensbrück.

Para montar el campo de Auschwitz se eligió un lugar estratégico. La ciudad más cercana, Oświęcim, estaba ubicada en un enclave ferroviario favorable para los nazis, en el este, donde las líneas ferroviarias del sur de Praga y Viena se cruzaban con las de Berlín, Varsovia y las zonas industriales del norte de Silesia. Ese cruce de vías facilitaba el traslado de los prisioneros. Por eso, Auschwitz fue mucho más que un simple campo de concentración. Se erigió como un complejo integrado por tres campos principales: Auschwitz I, el campo original; Auschwitz II-Birkenau, un campo de concentración y exterminio; y Auschwitz III-Monowitz, un campo de trabajo para la empresa alemana IG Farben. Llegó a tener, además, otros 45 campos satélites. Casi toda esa monumental obra de muerte fue obra de Höss, que lo comandó durante casi toda la guerra, salvo un breve período en el que estuvo destinado en Berlín.

A mediados de 1941, Himmler llamó a Höss a la capital del Reich para darle directivas personalmente. El exterminio de los judíos estaba en marcha y Auschwitz debía cumplir un papel central para llevarlo hasta las últimas consecuencias. “El Führer ha decretado la Solución Final para el problema judío. Nosotros, las SS, tenemos que ejecutar los planes. Es un trabajo duro, pero si no se lleva a cabo inmediatamente, en lugar de que nosotros exterminemos a los judíos, los judíos exterminarán a los alemanes en el futuro”, le dijo el sanguinario ladero del dictador nazi.

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Con la misión, Höss recibió también otro ascenso, esta vez a comandante general. Para llevar a cabo su cometido, instaló cámaras de gas disfrazadas de duchas, donde los prisioneros eran llevados supuestamente a bañarse, pero en lugar de agua sobre sus cuerpos recibían gas Zyklon-B. El comandante no solo se limitó a seguir las instrucciones, sino que mejoró una y otra vez el mecanismo para hacerlo más eficientemente mortal.

En esas falsas duchas eran asesinados miles de prisioneros por día, pero el mayor problema logístico era deshacerse de los cuerpos. Para solucionarlo, Höss ordenó construir crematorios que los convirtieran en cenizas. Cuando no daba abasto, los hacía quemar en enormes fosas colectivas al aire libre. Un informe de las SS de 1941 describe a Höss describe como un “verdadero pionero en esta área debido a sus nuevas ideas y métodos educativos”.

“Técnicamente no fue tan difícil, no habría sido difícil exterminar a números aún mayores (de prisioneros). Matarlos en sí mismo tomaba el menor tiempo. Podrías deshacerte de dos mil cabezas en media hora, pero fue la quema (de los cadáveres) lo que se llevaba todo el tiempo. Matarlos fue fácil; ni siquiera necesitabas guardias para llevarlos a las cámaras; simplemente entraban esperando tomar duchas y, en lugar de agua, poníamos gas venenoso. Todo era muy rápido”, explicaría después Höss durante el juicio de Nuremberg.

Cuando Himmler visitó el campo quedó encantado por la eficiencia de su comandante. En sus memorias, Höss dejó escrito que lo felicitó durante la cena, en la cual estuvo “de excelente humor, habló de todos los posibles temas que se plantearon durante la conversación. Bebió unos vasos de vino tinto y fumó, algo que normalmente no hacía. Todos quedaron encantados con su buen humor y su brillante conversación”.

Brigitte, la hija de HossBrigitte, la hija de Hoss

Un siniestro contraste

La comida con que fue agasajado Himmler tuvo lugar en la villa ubicada a pocos kilómetros del campo de concentración, donde Höss vivía con su mujer, Hedwig, y sus cinco hijos. Allí, la familia vivía en otro mundo, casi ajena a las masacres que se cometían en Auschwitz-Birkenau.

La película La zona de interés, dirigida por el cineasta británico Jonathan Glazer, basada en una novela de Martin Amis, muestra esa realidad: un hogar agradable con jardines llenos de flores del otro lado de los muros que ocultaban matanzas diarias. La casa tenía diez habitaciones, baños, cocinas, caballerizas más confortables que las barracas de los prisioneros del campo y un enorme jardín que la señora Höss atendía personalmente. “La voluntad de mi familia era mi ley”, escribió Höss en sus memorias, en las que también habló del jardín de su esposa y de los juegos de sus hijos.

Durante su estancia en la zona de interés de Auschwitz, Hedwig Hoss empleó en su casa a dos costureras polacas que, entre otras cosas, modificaban o reparaban la ropa robada de las víctimas de los campos de concentración. También instaló un taller de costura en los terrenos del campo de concentración, donde las prisioneras tenían que confeccionar principalmente ropa para las esposas de los miembros del personal de las SS. “Mi familia lo pasó bien en Auschwitz. Todos los deseos que tuvieron mi esposa y mis hijos se cumplieron. Los niños pudieron vivir libremente y sin restricciones. Mi esposa tenía su paraíso de flores. Los prisioneros hicieron todo lo posible para ser amables con mi esposa y mis hijos, para mostrarles algún tipo de atención. Probablemente ningún expreso podrá decir que alguna vez lo trataron mal en nuestra casa. A mi esposa le hubiera gustado dar algo a cada prisionero que tuviera algo que ver con nosotros”, escribió Höss en sus memorias.

Tal vez el único nubarrón que ensombrecía la bucólica vida familiar haya sido la falta de sexo, porque una vez que su marido le contó con exactitud lo que ocurría en el campo, la señora Höss dejó de tener “deseos carnales”. Los hijos, en cambio ignoraban todo. Muchos años más tarde, uno de ellos, Brigitte Höss, que se convirtió en una famosa modelo, dijo de su vida en esos tiempos: “Debía de haber dos caras en mi padre, la que yo conocía y otra. Para mí era el hombre más bueno del mundo”.

Tan placentera era para la señora Höss y sus vástagos la villa que cuando en 1943 Himmler decidió trasladarlo a Berlín como supervisor de todo el sistema de campos de concentración, la familia se quedó allí, como si fuera su lugar en el mundo, a metros de un lugar donde la muerte era un producto que se fabricaba en serie.

Trailer de "Zona de interés", de Jonathan Glazer

La masacre de los húngaros

El ascenso y traslado de Rudolf Höss tenía otros motivos que se mantuvieron en secreto: una investigación interna de las SS descubrió un enorme sistema de corrupción en el campo de concentración, en el cual el comandante estaba involucrado. A otro oficial de las SS le habría costado la cárcel o, quizás, el fusilamiento, pero Himmler apreciaba de tal manera la eficacia del “animal de Auschwitz” que prefirió preservarlo. Tanto que cuando resolvió trasladar allí y asesinar a casi medio millón de húngaros lo restituyó en el cargo para garantizar el éxito de la tarea.

Fue una operación monumental que comenzó el 15 de mayo de mayo de 1944 y pasó a la historia como el Holocausto de Hungría: en menos de dos meses, 427 mil judíos fueron trasladados en 1.500 trenes hasta Auschwitz para ser inmediatamente exterminados. Apenas unos pocos miles pudieron sobrevivir.

Un informe del diplomático español Ángel Sanz Briz, acreditado en Budapest, da cuenta de esos traslados: “Afirman que el número de los israelitas deportados se aproxima a 500.000. Sobre su suerte en la capital corren rumores alarmantes. Insisten en que la mayoría de los deportados judíos (en cada vagón de carga van unas 80 personas amontonadas) están dirigidos a un campo de concentración en Polonia donde los matan con gas, utilizando los cadáveres como grasa para ciertos productos industriales”.

Se perpetraban alrededor de diez mil ejecuciones por día en las cámaras de gas y por su eficiencia el comandante de Auschwitz recibió la Cruz al Mérito de Guerra de primera y segunda clase. “Debo admitir que el proceso de gases tuvo un efecto calmante sobre mí. Siempre tuve horror por los disparos pensando en la cantidad de personas, mujeres y niños. Me sentí aliviado de que nos hubiéramos ahorrado estos baños de sangre”, declaró Höss en el juicio de Nuremberg.

Después fue extraditado a Polonia, donde fue juzgado del 11 al 29 de marzo de 1947 y condenado a morir en la horca. La pena capital se ejecutó el 16 de abril de 1947 en los terrenos del campo principal de Auschwitz, donde Höss había sido dueño de la vida y de la muerte.

Brigitte, la hija de HossBrigitte, la hija de Hoss

“Sangre en las manos de la familia”

La participación de Rudolf Höss en la perpetración del Holocausto marcó para siempre a su familia. La esposa que lo delató, Hedwig, se fue a vivir con sus cinco hijos al sur de Alemania, donde nadie la conocía, y nunca habló del asunto. Después emigró a los Estados Unidos y se radicó en Virginia. Se suicidó tomando veneno en 1989, durante una visita a su hija Ingebritt.

Ingebritt Höss murió en 2023 y negó siempre el Holocausto. Entre ella y su hermano Hans Jürgen, que sí repudió el accionar de su padre, se rompió toda comunicación hasta su muerte. Otro de los hermanos, Klaus Höss, murió alcohólico en 1986.

Los nietos de Höss crecieron sin saber quién era realmente su abuelo. “Estaba en el sexto o séptimo curso y hablamos en clase del Holocausto, cuando se mencionó el nombre de Höss se me despertó la atención y le pregunté a mi madre si teníamos algo que ver con ese hombre. Mi madre dijo que ese hombre era mi abuelo, nunca habíamos hablado de él. Más tarde, cuando tenía 16 o 17 años, antes de ir al ejército, leí los apuntes autobiográficos que Rudolf Höss había escrito en la cárcel después de la guerra. Quedé horriblemente golpeado y asqueado. Mi abuelo era el genocida más grande de la historia de la humanidad”, contó uno de ellos, Kai Höss, en una entrevista publicada por la revista alemana Der Spiegel en 2024, en ocasión del estreno del documental La sombra del comandante, dirigido por la argentina Daniela Völker.

La película se centra en la historia de Jurgen, uno de los hijos de Höss, que relata su vida en la villa contigua al campo de concentración que dirigía su padre y cuenta con la participación de Anita Lasker-Wallfisch, una sobreviviente de Auschwitz, con la que se encuentra frente a las cámaras para hablar de sus vidas. Kai, el hijo de Jürgen, es quien anima a su padre a ponerse frente a las cámaras y encontrarse con Anita.

“Hay sangre en las manos de la familia Höss”, dice Kai en el documental. En la entrevista con Der Spiegel, el periodista le pregunta qué quiso decir con esa frase, si se sentía de alguna manera responsable. Kai responde: “Naturalmente no somos culpables. Pero una especie de culpa de sangre nos alcanza, porque durante mucho tiempo no nos confrontamos con los crímenes del abuelo”.

1 COMENTARIO

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