El Festival de Eurovisión nació en 1956 con un propósito noble: unir a los pueblos de Europa a través de la música, celebrar la diversidad cultural y construir puentes donde antes había fronteras. Era una idea profundamente humanista —una melodía compartida que trascendía idiomas, ideologías y heridas históricas. Sin embargo, en los últimos años, ese escenario que debía ser símbolo de fraternidad se ha visto contaminado por un ruido ajeno al arte: el de la politización, el prejuicio y el odio disfrazado de activismo.
Israel, nación que ha participado en Eurovisión desde 1973, lo hizo siempre con el espíritu de aportar su voz al coro de las naciones. Su presencia no es una intrusión, sino una afirmación de pertenencia: Israel es parte del mundo, parte de la cultura, parte de la humanidad que canta. Pero en esta edición, el festival se ha convertido en un espejo oscuro donde se reflejan las sombras del antisemitismo contemporáneo. Lo que debía ser una competencia de melodías se transformó en un escenario de hostilidad, donde artistas israelíes fueron atacados, abucheados y aislados por el simple hecho de representar a su país.
La música, que debería ser lenguaje universal, fue usada como arma política. Y cuando la política se convierte en odio, deja de ser debate y se vuelve negación del otro. Lo que vimos no fue una crítica legítima a políticas gubernamentales, sino una demonización del pueblo judío bajo nuevas máscaras: antisionismo, boicot cultural, exclusión moral. Es el mismo veneno antiguo con un nuevo envase.
Martin Luther King, defensor de la dignidad humana y enemigo de toda forma de discriminación, lo expresó con claridad: “Cuando la gente critica al sionismo, están hablando de los judíos. Antisionismo es antisemitismo.” Su voz, que resonó en tiempos de lucha por los derechos civiles, sigue siendo un faro ético en medio de la confusión contemporánea. Porque el odio a Israel no es una opinión política: es una negación del derecho de un pueblo a existir, a cantar, a compartir su luz.
La tradición judía enseña que la palabra y la música son vehículos del alma. En la sinagoga, cuando se abre el Arca Sagrada y se canta “Ki mitziontetzetorah, udvar Hashem miYerushalaim”—“Porque de Sion saldrá la Torá, y de Jerusalém la palabra del Señor”— el pueblo entero se eleva en un acto de comunión espiritual. Parafraseando esa oración, podríamos decir hoy: de Sion saldrá la música, y de Jerusalém el espíritu de cantar. Porque el canto judío no nace del poder ni de la política, sino del alma que busca elevarse, incluso en medio del dolor.
Eurovisión debería ser ese espacio donde cada nación canta su verdad sin miedo. Donde la diferencia se celebra, no se castiga. Donde el arte vence al prejuicio. Pero cuando el escenario se convierte en tribunal, cuando los aplausos se transforman en abucheos, cuando la bandera israelí se convierte en blanco de odio, el festival deja de ser arte y se convierte en síntoma. Síntoma de una Europa que olvida su propia promesa de tolerancia, que confunde justicia con linchamiento moral, que sustituye la empatía por ideología.
El antisemitismo moderno no siempre grita; a veces canta. Se disfraza de causa justa, de sensibilidad política, de solidaridad selectiva. Pero su esencia es la misma: excluir al judío, negar su historia, borrar su voz. Y cuando eso ocurre en un festival de música, el silencio que sigue no es artístico, es moral.
Israel, con su resiliencia milenaria, seguirá cantando. Porque su música no depende de la aprobación del mundo, sino de su propia fe en la vida. Desde Jerusalén, desde Tel Aviv, desde cada rincón donde un niño aprende una melodía hebrea, el canto continúa. Es el mismo canto que atravesó desiertos, exilios y guerras; el mismo que acompañó a los profetas y a los poetas; el mismo que hoy desafía la oscuridad con notas de esperanza.
Eurovisión puede recuperar su espíritu si recuerda su origen: unir, no dividir; celebrar, no condenar. La música es el idioma de la humanidad, y cuando se usa para excluir, traiciona su esencia. Que el festival vuelva a ser lo que prometió: un espacio donde cada voz, incluso la de Israel, pueda ser escuchada con respeto.
Porque de Sion saldrá la música, y de Jerusalém el espíritu de cantar.
Y mientras haya quien cante con verdad, el odio nunca tendrá la última palabra.
Por Rabino M.Ed. Rubén Najmanovich.


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