La Reina María Antonieta durante la Revolución Francesa fue guillotinada junto a su esposo, el rey Luis XVI, pero pocos saben qué pasó con sus cuatro hijos: María Teresa, Luis José, Luis Carlos y Sofía. Las tragedias políticas y personales trastornaron su vida. Dos de sus hijos murieron’ uno de enfermedad y otra al nacer. Con la Revolución hubo encarcelamiento de su familia. María Antonieta y Luis XVI fueron ejecutados públicamente, y su tercer hijo Luis José pasó a ser el rey Luis XVII. Separado en una celda oscura fue maltratado por un zapatero convertido en revolucionario durante dos años y murió en 1795 de tuberculosis a la edad de 10 años. Su corazón fue arrancado en secreto y sacado clandestinamente por el médico Philippe-Jean Pelletan de la prisión del Temple cuando hizo la autopsia, lo conservó en alcohol y sacó clandestinamente. Desde 1975 está en urna de cristal al lado de la tumba de sus padres en la Basílica de Saint Denis. Terrible relato de los que se consideran dueños de la vida y de la muerte de los enemigos cuando dominan y asumen el poder en las guerras y en las revoluciones. De quienes separan a los seres queridos, cercenan familias, destruyen amores.
Pero todo aquel que emigra huyendo ante las persecuciones lleva en sus entrañas la tierra donde nació. Federico Chopin con su música revolucionaria dejó como legado el profundo dolor que sentía como exiliado de su Polonia amada dominada por Rusia. Al huir llevó tierra polaca para ser esparcida en su tumba. Murió en 1849 y su hermana Ludowica también llevó su corazón en un frasco con alcohol su corazón que hasta hoy está en la Iglesia de la Santa Cruz en Varsovia.
Esos dos corazones que conservan el espíritu de sus dueños, uno por ser de una clase real ante el surgimiento del proletariado y el otro pleno de melancolía por su país invadido, hablan de las eternas purgas de los que se creen dueños de la verdad social, política y religiosa de los pueblos. Estos dos datos tan conmovedores delatan la falta de respeto que merecen las pertenencias de todos y puntualmente del salvaje antisemitismo que estamos viviendo donde el odio hacia el judío ha despertado una anarquía como lo fue el nazismo, el comunismo, el fascismo y el islamismo extremo antijudío. Y quiero recordar los corazoncitos de los hermanos Bibas que fueron ahogados por las manos manchadas de sangre que nunca podrán borrar de Hamás por haber sido judíos y los de los cientos que mataron por serlos el 7 de octubre del 2023. También recordar a Daniel Pearl, el periodista americano en Paquistán, en el 2002, cuando antes de cortarle la cabeza dijo: “Mi padre es judío, mi madre es judía y yo soy judío”.
Estas dos historias hablan de nacionalismos, de luchas por la democracia y la libertad basada en la muerte y no en la racionalidad del valor de la vida por sobre todas las cosas. ¿Adónde han quedado los principios humanos para mejorar a la civilización de religiones y políticas fracasadas? ¿De tantos organismos llenos de dirigentes no neutrales? ¿De locuras que están dominando al mundo con una propuesta de destrucción y dictadura del libre albedrío y la libertad? Son historias tan acongojantes que siguen vigentes entre los ejecutores de barbaries de los que los padecen y de la ceguera de quienes los siguen.
Martha Wolff

