Sus gritos iracundos a los generales alemanes, su rostro desencajado, mientras los empleados del búnker escuchaban detrás de la puerta como niños asustados, han pasado a formar parte del imaginario colectivo alemán, poniendo por primera vez rostro a un trasgo de la propia historia con el que todavía generaciones de alemanes tendrán que hacer cuentas.
El actor suizo Bruno Ganz, que interpretó ese papel de Hitler en «El hundimiento» (2004) falleció a los 77 años a causa de un cáncer estomacal con el que luchaba desde el año pasado.
Ganz logró con ese personaje corporeizar la banalidad del mal descrita por Hannah Arendt y la barbarie de la poesía posterior a Auschwitz sobre la que advirtió Adorno. Él restaba importancia al trabajo, alegando que había podido afrontar el personaje gracias a su nacionalidad suiza.
«Puse mi pasaporte entre él y yo», solía explicar, «y mantuve una férrea disciplina para dejarlo en el estudio cada tarde y no llevármelo conmigo a dormir al hotel». Hitler fue para él solamente el último de una serie, la culminación quizá de un catálogo de personajes que, en su conjunto, componen una visión poliédrica, casi enciclopédica, del alma humana a través del celuloide.
La crítica alemana consideró que su papel estelar fue el Fausto de Goethe en la épica producción de 13 horas de Peter Stein. Después de ese hito, solo le quedaba entrar a saco en el alma de Hitler. Hasta «El Hundimiento», las películas alemanas solo habían mostrado al dictador en escenas muy cortas o de espaldas. Ganz aceptó el reto de mirarlo de frente y demostró, en palabras de la ministra alemana de cultura, Monika Grütters, que «nadie podía escapar al poder fascinante de su concepción de los roles».
Vía ABC

