El valor de las religiones en la construcción de la paz

La plegaria de oración de la que participaron los presidentes israelí y palestino convocados por el Papa constituyó otra semilla para la convivencia pacífica.

El reciente encuentro convocado en Roma por el papa Francisco para rezar por la paz en Medio Oriente junto a los presidentes Shimon Peres y Mahmoud Abbas, acompañados por el patriarca Bartolomé de Constantinopla, ha constituido otro importante paso de un largo pero esperanzador camino. Por ahora, sin acuerdos concretos entre las autoridades israelíes y palestinas, pero con una puerta abierta que podría conducir hacia el ansiado fin.

Si se considera el medio vaso vacío, ciertamente podrán encontrarse motivos para el escepticismo y la preocupación. En primer lugar, por el elocuente silencio del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y el complejo mosaico palestino, después del virtual estancamiento de toda tratativa estratégica de paz en una región en conflicto desde hace décadas. Las mejores intenciones espirituales muchas veces chocan con el realismo de la política, que suele atender sólo a los hechos y no siempre repara en los ideales. Acaso sin advertir que, a veces, las utopías de hoy pueden abrir caminos reales en el futuro.

Sin embargo, si nuestra atención la ocupa el medio vaso lleno, debemos considerar un sorprendente gesto de valentía la iniciativa del obispo de Roma. De una manera no prevista hace pocos días, ha vuelto a poner sobre la mesa de negociaciones la noble aspiración a la paz. Jorge Bergoglio sabe bien que la pacificación es una construcción difícil y artesanal, que necesita de paciencia y de arrojo, en proporciones de ardua combinación.

Como sucedió cuando pidió rezar por Siria, en cierta medida supo hacer visible a la mirada de los gobernantes el anhelo de mucha gente. Su afectiva vinculación con los pueblos es quizás una de sus mayores riquezas y garantía. Existe una relación entre el Papa y la gente que nace de la convicción de la fe.

Francisco quiso que estuviera presente el patriarca ortodoxo Bartolomé. Este arzobispo, que si bien es ciudadano turco representa a la comunidad griega en su país, es sucesor de Athenágoras, aquel verdadero profeta del ecumenismo, considerado también en su tiempo un soñador. Los encuentros realizados entre éste y el papa Pablo VI hace cincuenta años permitieron avanzar hacia la unidad de los cristianos. Ambos retiraron las recíprocas excomuniones que pesaban desde el siglo XI. Hubieran querido celebrar juntos la eucaristía, pero los tiempos eran diferentes de sus ímpetus. Comenzaron un camino que luego, con los años, fue mostrando sus frutos, con la tarea y el compromiso perseverante de muchos hombres y mujeres de ambas Iglesias. En efecto, en el viaje de tres días a Medio Oriente, Francisco celebró con él un significativo encuentro ecuménico, al tiempo que dio claras señalas de diálogo interreligioso en el abrazo con sus acompañantes argentinos, el rabino Abraham Skorka y el dirigente islámico Omar Abboud, frente al Muro de los Lamentos.

Ciertamente el interés mayor y el riesgo más grande del peregrinaje papal a Tierra Santa pasaban por las cuestiones políticas que hoy imposibilitan la concordia entre los dos pueblos vecinos. A tal punto que la presencia del Santo Padre fue mirada con sospecha por ambas partes. Una misión que Francisco siente propia, fiel a la etimología de su cargo de pontífice, es denunciar la injusticia de los muros y proclamar la necesidad de crear puentes. Ésa es su visión de la «cultura del diálogo» a la que llama con insistencia: «Hay que decir sí al encuentro y no al choque, sí al diálogo y no a la violencia, sí a la negociación y no a la hostilidad».

Acaso uno de los resultados más sustanciales de esta visión sea la propuesta de confirmar el valor de las religiones en la construcción de la paz y desacreditar toda forma de integrismo y fanatismo. Hay en Francisco apertura mental y sentido común. Sabe que no sirve encerrarse en dogmatismos que desconocen las motivaciones del otro, porque se corre el riesgo de ofrecer «razones religiosas» a la violencia. Para Francisco, como para el santo de Asís de quien tomó el nombre, la violencia es contraria al evangelio.

¿Qué quedará de esta oración por la paz? No lo sabemos hoy; dependerá de muchos factores, y sobre todo de muchas voluntades políticas. Pero algo es cierto: Francisco ha retomado un protagonismo internacional que había decaído en los últimos años en el Vaticano y ha ubicado a la Iglesia en un lugar de mediación, encuentro y reconciliación. Y lo viene haciendo desde el testimonio más creíble: el del ejemplo, la amistad y la oración. (La Nación / Foto: Reuters)

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