Los judíos e Israel, la interpretación subjetiva. Por Manuel Tenenbaum

El prestigioso historiador alemán Götz Aly, nacido después del fin de la Segunda Guerra Mundial, aborda en un libro que tuvo importante repercusión el tema irresuelto de las causas que llevaron a una Alemania que estaba en la vanguardia de la cultura europea a designar a los judíos como blanco de un genocidio atroz.

Sobre el Tercer Reich y el Holocausto se han escrito decenas de miles de libros y monografías. El afán explicativo de los historiadores no ha conseguido desentrañar las causas profundas de un hecho para el cual la razón pura se muestra incapaz de interpretarlo con algún grado de certeza.
Sin embargo, Götz Aly se arriesga a explorar la relación germano-judía en los tiempos modernos para elaborar una interpretación subjetiva que como mínimo merece una reflexión detenida. Según él, la emancipación civil y política de los judíos en Alemania durante el siglo XIX les dio la oportunidad de integrarse de una manera formidable a la vida económica, intelectual, artística y política de la sociedad germana. Pero no solo un sector significativo de los judíos alemanes aprovechó la apertura que se le ofrecía, sino que también se integró en un nivel de excelencia que los adelantó respecto de la población media cristiana. Einstein no fue una casualidad, solo el ejemplo más notable.
Establecido este enfoque sobre la llamada “simbiosis judeo-alemana”, considerada hoy como una manifestación unilateral judía sin reciprocidad de la sociedad mayoritaria, Aly afirma que el odio feroz detrás del Holocausto fue engendrado por el resentimiento, los celos y la frustración que produjo el notable ascenso material y cultural del judaísmo alemán y su constelación de personalidades notables presente en todos los órdenes de la vida del país. Este sentimiento maligno anidó raigalmente en la masa del pueblo alemán y permitió que el estado nazi pudiera movilizar una enorme máquina de destrucción masiva con el objetivo de eliminar a la población judía de toda Europa. Y los que no participaron de este sentimiento mostraron una gran indiferencia ante la suerte que iban corriendo sus vecinos judíos.
En 1948, tres años después de la derrota del Tercer Reich, renació el estado judío en su tierra ancestral, Eretz Israel. Su recreación histórica no fue una concesión graciosa de la comunidad internacional, aunque una mayoría circunstancial en la ONU la convalidó. Fue el esfuerzo de más de medio siglo del movimiento sionista y la hazaña davídica de resistir el asalto de un Goliat de varias cabezas enemigas que anunciaron la destrucción del joven estado en su propia cuna.
Fracasado el intento inicial de borrar a Israel del mapa, en el mundo occidental hubo una explosión de asombro y también de entusiasmo, en parte por el sentimiento de culpa por haber abandonado a los judíos europeos a su suerte. Por unos años hubo un breve período que el jurista e intelectual israelí Zalman Abramov denominó “filo-semita”. Resultó efímero: los enemigos de Israel constituían un factor geopolítico y estratégico muy poderoso. La necesaria aproximación a Francia primero y a Estados Unidos después generó hostilidad en el tercermundismo y en movimientos contestatarios. Una sostenida campaña árabe tildando a Israel de creación imperialista y de compensación occidental por el Holocausto engendró un creciente sentimiento de deslegitimación y en la actualidad de odio contra el Estado Judío en ciertos círculos académicos y en el mundillo de fuerzas revolucionarias y pseudo revolucionarias.
Las guerras sucesivas, los boicots a varios niveles, la hostilidad permanente en todo foro internacional, las difamaciones varias y la agitación permanente en contra no pudieron impedir que Israel se convirtiera en un país del primer mundo por su sistema político de democracia parlamentaria, por la fortaleza de su economía, por la excelencia de su desarrollo científico y tecnológico, por la construcción de una sociedad con valores de justicia y por constituir hoy la mayor concentración judía del mundo, habiendo superado demográficamente a la comunidad de Estados Unidos. No es descaminado pensar que, con el telón de fondo del antisemitismo de siglos, el estado Judío está sufriendo el mismo destino en el concierto mundial que conocieron desgraciadamente muchas poblaciones judías. En muchos de los que hoy vociferan contra Israel, es fácil detectar la animadversión, el resentimiento y los celos que tantas veces acompañan a los judíos entre sus conciudadanos. Quizás historiadores de la Escuela de Götz Aly deban reflexionar también sobre el caso israelí.

Manuel Tenenbaum
Ex Director del Congreso Judío Mundial

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