Los próximos pasos del movimiento islamista Hamás y de Israel son claves para detener la espiral de violencia que estalló el miércoles en la zona, en un aparente intento de la Jihad Islámica de arrastrar a ambas partes a un nuevo conflicto armado.
«Israel considera a Hamás responsable de todo lo que ocurre (en Gaza): es el que ejerce la soberanía y el que debe responder por todo lo que ocurre«, declaró un alto mando militar en la zona, que reconoció que en los últimos meses no ve a los integrantes de este grupo «participar en acciones terroristas».
Según esta fuente, que prefirió no ser identificada, en los últimos años el movimiento que encabeza el primer ministro Ismail Haniye se ha percatado de lo que significa «gobernar a una población», y por tanto «ve las cosas de forma distinta».
En ese giro han influido, en palabras del militar, las duras consecuencias de la operación «Pilar Defensivo», en la que durante ocho días Israel -entre el 14 y 21 de noviembre de 2012- castigó la franja con bombardeos aéreos que le hicieron ver a Hamás el «precio» de atacar a Israel.
Aunque quizá más decisivo ha sido el cambio de régimen en Egipto el 3 de julio de 2013, fecha en la que el islamista Mohamed Morsi, miembro de los Hermanos Musulmanes, fue derrocado por el Ejército, que poco después cerró las vías de aprovisionamiento de Gaza por los túneles de contrabando del Sinaí.
«Hamás no tiene la cosa fácil y, frente a las presiones de la población, debe decidir si se dedica a construir una sociedad y una economía estables o, por el contrario, se inclina hacia la guerra», insistió el militar sin atreverse a dar un pronóstico porque «las variables son demasiadas».
Pero lo cierto es que desde la operación «Pilar Defensivo», tanto el cuerpo oficial de seguridad del movimiento islamista (la Fuerza Ejecutiva), así como su brazo armado (Brigadas Ezzedeen Al Qasam), han tratado de eludir un enfrentamiento abierto con Israel, salvo en contadas excepciones.
Es más, sus hombres patrullan la zona fronteriza para impedir que otros grupos terroristas disparen cohetes y, con ello, provoquen una espiral que acabe con el frágil alto el fuego alcanzado con la ayuda de Egipto.
Ello le
ha valido al movimiento islamista severas críticas por parte de otras organizaicones terroristas que la acusan de haber abandonado la lucha armada.
Para la Jihad Islámica, lanzar cohetes es «un medio excelente para avergonzar a Hamás, con el fin de demostrar que son ellos los que definen la agenda (política) en Gaza, mientras Hamás ha abandonado la jihad y la resistencia (armada) en busca del poder», escribe el experto israelí en asuntos árabes y de Oriente Medio, Avi Isacharoff.
Organización mucho más pequeña, versátil e ideológica que Hamás, y sobre todo sin responsabilidades de gobierno, la Jihad trata de reavivar la lucha armada y «hace grandes esfuerzos para arrastrar (a ambas partes) a un nuevo conflicto», apelando en esta ocasión a la muerte de tres de sus hombres.
Así lo insinuó el portavoz de su brazo armado, Abu Ahmed, quien dijo que su grupo «se replantea el acuerdo de alto el fuego» y cree que «éste no durará mucho».
Según Isacharoff, veterano conocedor de la política en Cisjordania y Gaza, la Jihad quiere alzarse como el nuevo paladín de los palestinos y responder a cada víctima en una estrategia con un doble objetivo: seguir la lucha armada contra Israel y debilitar a Hamás.
Para el Ejército de Defensa de Israel (Tzáhal), que no tiene cómo neutralizar las actividades del casi invisible grupo islamista, el gobierno de Ismail Haniyeh es el único referente, y sus decisiones determinarán el curso de la actual escalada.
«Nosotros queremos paz, devolvemos calma y tranquilidad a cambio de calma», aseveró el alto mando militar en una política que refrendaba el primer ministro, Biniamín Netanyahu, con su ilustrativa amenaza: «si no hay silencio en el sur de Israel, habrá mucho ruido en Gaza».
Convencidas de que tampoco Hamás quiere guerras en estos momentos, las Fuerzas Armadas han propuesto al Gobierno de Jerusalén una «respuesta gradual» a la ofensiva, con el fin de permitir al movimiento islamista hacerse con el control de la situación.
Son también conscientes de que, en las próximas cuarenta y ocho horas, una respuesta israelí desproporcionada que destruya sus centros operativos y de gobierno puede tener un efecto contrario: obligaría a Hamás a respaldar a la Jihad y desataría un nuevo conflicto.


