Soy una mujer del Muro. Por Martha Wolff

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El Muro de los Lamentos es un lugar para rezar y los únicos dueños son los fieles.

Ante la polémica sobre la Ley del Muro Occidental recopilé varios de mis escritos sobre lo que siento como mujer, como liberal, como luchadora contra la discriminación y hoy más que nunca después del 7/10.

Soy una mujer judía que comparto mi religión en el templo al lado de mis hombres, que conoció la sinagoga de hombres y mujeres separados. Y que gracias al movimiento conservador estoy junto a ellos para rezar, cantar, pensar y celebrar.

Soy una mujer que ante la debilidad que padeció mi esposo  por su grave enfermedad cardíaca al ser honrado para llevar la Torá en Iom Kipur lo hice yo con talit y kipá.

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Soy una mujer que en una oportunidad pedí ponerme los tefilim, acción de fe que me fascina. Al ver siempre a los hombres enrollarlos en sus brazos y que encierra esa coordinación entre la mente el corazón y el brazo.

Soy una mujer que estuvo en la jupá de sus hijos, en los bnei mitzvot de sus nietos, en rezos de duelo y fui una más a la par entre los míos.

También soy una periodista que hizo reportajes a rabinas, quienes ante mis preguntas sobre la elección de serlo me explicaron que lo eran porque se superó las limitaciones impuestas a las mujeres creadas por hombres.

En cada viaje que he hecho a Israel mi primera visita ha sido siempre ir al Muro. Como escritora me he dedicado a observar a las palomas que lo anidan.

Paloma y palomo se citan, picotean, se arrullan en un diálogo que se entremezcla con las plegarias, son las que con sus aleteos desparraman los papelitos de pedidos a Dios. Son las que traen en sus picos semillas que crecen en sus intersticios dando esos tintes de plantas colgantes. Y son las se aman sin restricciones teniendo como lecho las piedras y techo el cielo. Palomas y palomos desde esas atalayas estirando sus cuellitos observan orar a hombres con hombres, mujeres con mujeres y se identifican con las parejas que rezan juntos como ellas que están siempre con sus palomos. Son las que volando danzan en el cielo jerosolimitano, el más cerca de Dios que ningún otro.

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Soy una mujer que lamentó no haber podido estar al lado de esposo en el Muro de los  Lamentos hace ya casi más de dos décadas…Fue cuando tuvo una descompensación cardíaca habiendo sido internado varios días, operado para colocarle un marcapaso. Cuando supimos que ya podíamos regresar a casa, me pidió ir al Muro. Estaba muy débil pero allí fuimos. Hacía calor, fue un gran esfuerzo. Cuando llegamos le di un beso y con mi mirada lo seguí mientras ingresaba a la parte reservada para los hombres. Confieso que temí que se quebrara de emoción al rito de apoyar su cabeza en el Muro para sus ruegos. Dese lejos mis ojos se nublaron y me controlé para no llorar.

Yo estaba del otro del lado de la valla que separa a las mujeres a las que les está prohibido entrar. Mientras él avanzaba hacia el Muro le pedí a un señor que estaba por ingresar que por favor si le llegara a pasar algo, señalándolo, que por favor lo ayudara.  Nunca me voy a olvidar la impotencia que sentí al no poder estar a su lado como siempre lo estuve. Ese día me rebelé contra la prohibición de algo tan hermoso como es haber tenido un compañero de vida y no haber podido compartir rezar y besar juntos en el Muro.

Martha Wolff- Periodista- Escritora

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