Me ronda en la cabeza -por no decir que me acosa- la idea del peligro de normalizar lo anormal… El riesgo de pensar que es normal vivir pegados al teléfono para no perder los avisos previos que anuncian que tal vez suene la sirena de alarma en pocos minutos. Y como si eso no fuera suficiente, revisar el chat para ver si avisaron que ya fueron disparados misiles desde Irán o proyectiles desde el Líbano, y que en breve llegará la pre-alarma y luego, tal vez, la alarma de ataque. Como si fuera normal que un ciudadano común, tenga la obligación de desarrollar la habilidad de identificar los sonidos: esto es un avión, aquello una explosión en la estratósfera de un misil que ha sido interceptado, o sea que ese “boom” es buena señal, solo hace vibrar los vidrios, pero ahora a esperar que no caigan del cielo las esquirlas desgarradoras del proyectil, monstruos de hierro que cortan y cercenan vidas… Como si fuera normal que, en medio de entrar y salir del cuarto de seguridad, una intente vivir, trabajar, cocinar, preparar la casa para Pesaj. Como si eso fuera normal. No les digo nada que no sepan… supongo, y mi corazón agradece por tener cuarto de seguridad en la casa, igual que todos mis seres queridos y que estamos todos con vida…
Volví esta semana a un libro que leí hace un tiempo y revisé sus páginas finales:
“La política cuántica está repleta de paradojas; los multimillonarios se convierten en abanderados de la indignación de los desposeídos, los responsables de las políticas públicas hacen de la ignorancia una virtud, los ministros desafían los datos de su propia Administración. El derecho a contradecirse y a marcharse… se ha convertido, para los nuevos políticos, en el derecho a contradecirse y permanecer en el cargo, al apoyar una cosa y lo contrario en una sucesión de tuits y de entradas de Facebook que construyen, ladrillo a ladrillo, una realidad paralela …” [1]
Todo parecido con la realidad lo es. Pero lo que G. da Empoli no sé si previó es que esos mismos “políticos nuevos” no sólo tendrían en el dominio absoluto y magistral de las diferentes narrativas que se les ocurriera popularizar, sino que, ante el estado de emergencia, nosotros, los ciudadanos, perderíamos la autonomía, para convertirnos en los avatares de un videojuego de guerra que alguien decidió jugar.
En el mundo de la desfachatez absoluta el primer ministro se traslada con un refugio móvil a los sitios donde la gente perdió sus casas, declara el triunfo absoluto de una guerra para la cual no tiene salida política… Las guerras nunca son un ideal, a veces, son como mucho, la única alternativa, pero siempre son el paso que suscita el acuerdo, que establece un nuevo status quo… ¿y esta vez?
Mientras los políticos cercanos y lejanos declaran y de desdicen, millones de personas hora a hora ponemos en riesgo nuestras vidas.
Adaptarse no es lo mismo que aceptar.
También la resiliencia tiene un límite. La mente humana puede acostumbrarse a casi todo, pero ese “casi todo” deja cicatrices: ansiedad, agotamiento, abatimiento. Trauma y estrés. La normalización de la emergencia erosiona nuestra capacidad de imaginar un futuro distinto, de exigir responsabilidad política, de sostener un tejido comunitario sano. Por eso es tan importante repetirlo, incluso cuando suena obvio: necesario no es sinónimo de normal. Y si lo callamos corremos el riesgo de perder algo de nuestra esencia.
En estos dos años y medio de guerra la esperanza por la reconstrucción de nuestra sociedad nos ha mantenido, a muchos, optimistas y activos a pesar de las dificultades… la esperanza por un futuro común basado en la solidaridad y los valores que la ciudadanía puso en práctica nos mantuvo coherentes y lúcidos… el riesgo de normalizar lo anormal está desafiando esa capacidad. No podemos renunciar.
Incluso en tiempos torcidos, seguimos teniendo la capacidad —y la obligación— de enderezar el rumbo. Si lo anormal insiste en imponerse, que al menos nos encuentre despiertos, y dispuestos a torcer el mundo de vuelta hacia la luz. Ya decía Pirkei Avot “en el lugar que no hay hombres, esfuérzate por serlo” )Avot 2,5).
Es importante aceptar la complejidad de lo que vivimos, darnos permiso para sentir y expresar que esta situación no es normal, aunque pensemos que es inevitable; normal no es.


Solo los terroristas pueden pensar q » esto es normal » , porque ellos asumen q VIVEN PARA MATAR .
Para nosotros esto es lo anormal, lo enfermo, el duelo social .
Nosotros VIVIMOS POR LA VIDA POR LA PAZ
SHALOM LEJAIM .❤️❤️❤️❤️
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