Seis años de encierro: la resiliencia del ciudadano israelí. Por Gustavo Szpigiel

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En los últimos seis años, la vida cotidiana del ciudadano israelí ha sido atravesada por una sucesión de crisis que, lejos de ser episodios aislados, se han encadenado hasta configurar una realidad de encierro persistente, tanto físico como emocional.

Primero fue la pandemia. Como en gran parte del mundo, el COVID-19 impuso confinamientos, distancias obligadas y una sensación de fragilidad inédita. Pero en Israel, ese encierro no terminó cuando se levantaron las restricciones sanitarias. Apenas mutó.

A la salida de la pandemia, la amenaza dejó de ser invisible para volverse concreta, ruidosa, permanente. Las sirenas, los refugios, la incertidumbre. La guerra reinstaló un tipo de encierro distinto: no ya el del cuidado sanitario, sino el de la supervivencia. Hogares convertidos en espacios de resguardo, rutinas interrumpidas, vidas suspendidas.

Lo más impactante es la continuidad. No hubo un verdadero “después”. Para millones de israelíes, el paso de la pandemia a la guerra no significó recuperar la normalidad, sino cambiar de motivo para el miedo. El encierro, entonces, dejó de ser una circunstancia excepcional para convertirse en una condición prolongada.

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Y sin embargo, en ese contexto, emerge una de las características más notables de la sociedad israelí: su resiliencia. La capacidad de seguir adelante, de sostener la vida cotidiana aun cuando todo parece tambalear. Escuelas que continúan, trabajos que se reinventan, familias que buscan preservar espacios de normalidad en medio de la incertidumbre.

Pero esa resiliencia no debe romantizarse. Tiene un costo. Un desgaste acumulativo, silencioso, que atraviesa generaciones. Niños que crecieron entre barbijos y refugios. Adultos que no han tenido tregua emocional. Una sociedad entera que vive en estado de alerta prolongado.

La pregunta que queda flotando es cuánto tiempo puede sostenerse una vida así. Y, sobre todo, qué significa realmente “volver a la normalidad” para quienes hace años no la conocen.

Quizás el mayor desafío no sea solo resistir, sino recuperar la posibilidad de vivir sin miedo. Porque ningún pueblo debería acostumbrarse al encierro como forma de existencia.

Gustavo Szpigiel                                                                                                 Director de Vis á Vis

 

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