AMIA, 20 años sin saber nada. Por Gabriel Levinas

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El ocultamiento de la verdad y la utilización política de la causa AMIA han sido una constante en los 20 años transcurridos desde el atentado que costó la vida de 85 personas.

Tan sólo dos preguntas nos permiten sospechar que probablemente la verdad sea muy distinta a la que durante este tiempo nos han impuesto. La más obvia: ¿cuál sería el motivo por el que miembros de la Justicia, incluyendo al juez que instruyó la causa desde 1994 así como a los fiscales, los oficiales de la Policía Federal a cargo de la investigación e importantes miembros de la SIDE y del gobierno del presidente Menem, colaboraron para entorpecer, desviar y encubrir un atentado cometido por un grupo extremista extranjero? Nadie encubre y se arriesga a destruir pruebas en beneficio de quien no conoce, salvo que exista una fuerte razón que lo amerite.

En segundo término,¿cómo podemos dar por cierta una investigación iniciada por quienes fueron apartados del caso por encubrir y a pesar de eso convalidar su trabajo en la instrucción de la causa? Para decirlo más claro: se apartó de ella a quienes ocultaron pruebas, entorpecieron la investigación y encubrieron, pero se dio por cierta, sin dudar, la instrucción que realizaron.

Desde el inicio, aun antes de poder comprender lo que pasó en el edificio de la calle Pasteur y que el polvo de la explosión se depositara sobre las terrazas del barrio de Once, alguien nos sopló al oído el nombre del culpable. A partir de allí todo aquello que no encajaba con esa teoría era descartado, ocultado y destruido.

El presidente de la DAIA, comprometido económicamente con el gobierno del presidente Menem, convalidó la teoría oficial. Desde entonces, no importa cual fuera el gobierno de turno, con mayor o menor vehemencia se siguió por un camino que llevó el caso al estado en que hoy se encuentra. Pero ocurrieron algunas cosas que merecen ser conocidas por la opinión pública. Aunque tal vez no sirvan para esclarecer el atentado, pueden al menos ayudarnos a entender por qué nunca se investigó seriamente.

Muchos años antes del atentado, la Policía Federal decidió plantar un «topo» en el seno de la comunidad judía. El oficial de inteligencia confesó al autor de esta nota, ante dos periodistas más, sus sospechas de que la información que elevó a sus superiores durante sus largos años como infiltrado dentro de las organizaciones de la comunidad pudo haber sido utilizada para cometer el atentado.

Sus sospechas pueden ser ciertas o no, pero el solo hecho de que la Policía Federal, es decir, el Estado argentino, haya ordenado infiltrar a las organizaciones israelitas dependientes de la DAIA nos indica que su intención fue, más que protegerlas, debilitarlas. Esto revela también que quien tenía la obligación de investigar el atentado en realidad nos estaba investigando.

Esta revelación ayuda a reconocer que ninguna organización que tenga la capacidad de entrenar con la eficiencia con que este verdadero espía fue entrenado puede cometer los errores que se cometieron durante todo el proceso de investigación. Podemos pensar que han utilizado la supuesta ineficiencia para proveernos de un relato que justifique por qué seguramente jamás sabremos quién cometió el atentado.

Lo que le da actualidad al problema es que la existencia de este espía fue conocida de manera cabal por la cúpula del actual gobierno y, a pesar de eso -si bien ya antes había sido reemplazado por otro en sus tareas dentro de la comunidad-, sigue revistando como «pluma» (servicio) en la Policía Federal.

Podemos entonces concluir que en estos veinte años jamás existió dentro del Estado argentino verdadera voluntad política para resolver el atentado y juzgar a los culpables. El Estado argentino, más allá de las complicidades, ingenuidades y complacencias que puedan haber tenido de algunos miembros de la comunidad judía, es el único responsable por la investigación y el estado actual de la causa.

Por Gabriel Levinas. El autor, periodista, acaba de reeditar, en versión ampliada, AMIA. La ley bajo los escombros (Sudamericana).


Fuente: La Nación

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