Mirta Satz: »Lo que explotó ahí fue la vida». Por Sergio Kisielewsky

Ese día algo cambió para siempre su cotidianidad y sus valores. Comenzó una etapa de búsqueda artística y humana para generar vida, y obras en la pintura y la poesía. Anécdotas y sueños se mezclan con rostros y seres que compartieron casi dos décadas de trabajo en una institución que se dedicó a la tarea solidaria, a la ayuda social y a dar cuenta del legado.

–¿Cuándo empezó a trabajar en la AMIA?

–Empecé a trabajar como cajera a los 17 años, una función importante que es haber pagado por el fallecimiento de alguien, cobrar la cuota mensual y pagar la ayuda social. Era un sitio donde la gente venía a hacer un trámite de importancia emocional. Empecé a meterme en los problemas de los empleados porque AMIA representaba a una gran madre protectora y cuando uno es chico, como era yo, y uno se opone a lo que esta “Mamia” quería, empiezo a organizar cosas, presidir asambleas de empleados, a encontrarme con la Comisión Directiva, hablando sobre los sueldos de cada uno, conduciendo paros del lugar, y era muy increíble estar en esa trama del trabajo. Era el momento de conocer a las personas como son.
–¿Cómo era esa relación con los compañeros, qué recuerda de esos ámbitos, cómo era el vínculo?
–Era de charlas muy profundas que tenía con un compañero Jorge, de caja a caja; hablábamos de cosas trascendentales, opinábamos sobre las personas que pasaban, elaborábamos conclusiones acerca de la vida de la gente que circulaba, y había personajes en los primeros tiempos. Por ejemplo, estaba don Jacobo; no sé bien qué hacía, a qué se dedicaba, en qué oficina trabajaba: él se dedicaba a ser don Jacobo, era una entidad en sí misma que siempre estaba con un cigarrillo en la boca cuyas cenizas siempre estaban a punto de caerse y uno lo miraba y las cenizas estaban incólumes, y don Jacobo era el “abuelo” y me llamaba por teléfono para despertarme, a las siete de la mañana, me llamaba para decirme “Mir- tushca levantate, el sol está hermoso”; era la “Mamia” de la época de don Jacobo, donde había un señor que pasaba con un carrito y daba el té en un vaso de vidrio. Era una ceremonia para nosotros, era un disfrute esos instantes en que uno tocaba el vidrio con el té caliente y te mirabas con el otro. También estaba mi jefe, que se llamaba Adolfo, que era un señor serio, áspero, la gente le tenía miedo porque él estaba de mal humor, pues era muy inteligente y se sentía no valorizado en ese lugar; y entonces Adolfo, cuando yo tenía diferencias en la caja, venía para el arqueo final del día; él venía a ayudarme a encontrar la diferencia, juntábamos todos los cheques, todos los documentos, menos los valores, los tickets, los bonos y daba bien la caja; entonces este hombre serio sonreía, era el momento de la sonrisa y todo resplandecía y me apretaba la mejilla como un gesto de “lo logramos” y era un ser muy tierno.
–¿Cómo se sentían los años de la dictadura en el trabajo?

–Sólo lo hablaba con mi compañero Jorge, estaba la relación con el periódico Nueva Presencia y ése fue un lazo de una parte de la comunidad judía que entendía lo que estaba pasando y veía lo que sucedía.
–¿Hubo planteos gremiales o personales sobre el tema de la seguridad en AMIA?
–Estaban los muchachos de seguridad en la entrada, que ya era un momento bisagra en una institución que se estaba transformando: de ser “Mamia” a ser AMIA, quería perder la “M” del principio porque ser “Mamia” la conectaba con un estilo de institución que en 1994 quería transformarse en una institución de otro tipo al cambio de siglo, quería transformarse con una nueva imagen. Ya había algo que estaba sucediendo antes de la bomba, era un crujido de un edificio abstracto que se estaba rompiendo y se quería romper para acudir a la hora de la cita con el nuevo siglo bien vestido, la AMIA estaba queriendo cambiar de imagen. Empiezan a haber por un lado despidos, había un clima de mucha tensión por un lado, el tema de la seguridad y los muchachos que se ocupaban de llevar el dinero aparte, de cuidar del edificio, elevaron una carta expresando esa preocupación y no los pudieron oír, no los oyeron; tal es así que estaba el patrullero estacionado en la vereda con el motor fundido, ni que hablar de los policías que no estaban en el momento del estallido de la bomba; y siempre hubo un volquete y siempre entraron bolsas, había un clima de inseguridad por lo que había pasado en la Embajada (N. de la R.: se refiere al atentado en marzo de 1992), porque habíamos recibido amenazas anteriores y hubo que evacuar el edificio. Había un clima de que se iba a echar gente, se estaba remodelando el edificio y estábamos trabajando en el teatro de la calle Pasteur con todas las oficinas comprimidas y miles de cables que conectaban una computadora con otra para que el trabajo se lleve a cabo. Teníamos condiciones difíciles para encarar el trabajo y en esa época empezaron a circular unos papeles que tenía que llenar la gente que venía de cómo fue atendido en un lugar tan precario, y esos papeles querían decir algo que ya no era el mundo de Jacobos con cigarrillos equilibristas, era el momento de cambio de la mentalidad con la tecnología y sacarle las huellas de la inmigración, sacarle esa cosa de familia y darle una cara menos expresiva, más neutra para todos y que socialmente sea un lugar lindo, valorado por los demás; sumado a reducir el personal, había intereses y un clima de miedo. La charla previa a la bomba la tuve con Raquel, la jefa de personal, donde me dijo que tenía que enviar telegramas de despido, y ese 18 de julio de 1994 se iba a despedir a más gente; antes de no poder respirar y ahogarnos, estábamos respirando ese clima de tensión gremial. Yo era jefa de Tesorería, vivía junto con ellos esta situación y ahora a la distancia puedo leer lo que se estaba viviendo previamente. Hay personas que ese día iban a ser despedidas y fueron despedidas de por vida: era un momento de crisis económica, recesión, inflación y esa persona a punto de ser despedida del trabajo lo que no sabía era que lo despedían de la vida, y el que lo despedía era un monstruo, un depredador con una mano negra que lo sacó y lo arrancó de la vida definitivamente.
–Si pudiera rebobinar el tiempo, ¿se acuerda de lo que hizo ese día?
–Recuerdo que las cosas estaban estrenándose y ya se podía habitar. Ese día llevé unos repasadores nuevos y una taza de té, disfrutaba de esa situación de la vida cotidiana con esos nuevos objetos. Días antes había elegido la caja fuerte del lugar, cosa que me preocupaba por el peso que tenía, pensé en la caldera que recién se había puesto. Unos días antes crucé la vereda y miré la fachada desde Pasteur y Viamonte; de lejos fue como la sensación de estar probándome un vestido nuevo, y en el medio del té estalla esta bomba que no puedo nunca saber si fue un silencio o un ruido, y me pasaré el resto de mi vida sin saberlo. Yo estaba en la oficina de Tesorería –por suerte sola– y mis compañeros, en plena reestructuración, estaban en boxes. Cada uno estaba haciendo sus cosas; por suerte era un lugar donde pudieron salvarse y al sentir eso, que no sé si fue un silencio o un ruido y sentir que la ventana empieza a estallar en miles de pedacitos sobre mí, empiezo a correr al lugar indicado, que es la derecha del edificio, en forma delicada, que es lo que describió una persona que organizaba la salida y había gritado: “¡Cuerpo a tierra!”. Mis compañeros, que escucharon ese grito, hicieron tiempo a meterse debajo de su escritorio con la frase “¡cuerpo a tierra!”; por suerte yo no la escuché y él me dice que yo parecía “una japonesita corriendo y que debajo de mis pies se iba a cayendo todo”, yo daba un paso y se caía y otro y se caía y corro hacia el encuentro de los sobrevivientes, una suerte de pasillo donde no podíamos respirar, no sabíamos si era humo o era polvo, no entendíamos todavía, pero si mirábamos los recortes del edificio, había caído con gritos, con llantos y escombros. No podíamos respirar y había que vivir, había que salir y había que huir, porque eso podía seguir explotando. Tenía una compañera y amiga, Rachie Gutman, que ahora es cantante de tangos en Israel y en ese momento ella había tenido una nena al mismo tiempo que yo, éramos amigas, nuestras nenas crecieron juntas y en el momento que sucede esto y estábamos las dos en el mismo lugar, creímos que íbamos a morir, nos abrazamos y pensamos en nuestras nenas, pensábamos en Mariela y Mora que no iban a tener a sus madres… no era de idishe mame, no… (risas). Ahí empezamos la huida hacia una terraza y alguien me puso un bebé en los brazos de unos meses de vida, no puedo saber quién, y yo lo llevaba y con él trepé un transcurso de mi escapada, vimos lo que era la parte de enfrente y vimos que era la guerra, que había estallado todo, la gente de la terraza tenía lazos no sólo de compañeros de trabajo, de amistad: eran la madre de uno que estaba abajo o el hijo o la novia o la hermana o el hermano. Había gente que miraba desde la terraza a los que ya habían quedado sepultados y habían muerto. Una madre miraba a su hijo, un marido miraba a su esposa, me estoy acordando de gente concreta, un hermano miraba a su hermano, una madre miraba a su hija.
–¿Cómo siguió el escape?
–Ahí empezamos la escapada final, que fue salir por un templo que quedaba en la calle Uriburu; no sé cómo llegamos hasta ahí y salimos con Raquel. Y en esa situación, que era de final del Mundial 1994, empezamos a correr y nos metimos en un bar porque quería avisar en mi casa que estaba bien. Cada uno hizo lo que sintió: a ella se le dio por ir al sindicato Utedyc y yo entré a correr porque la sensación era que los demás edificios iban a seguir cayendo; me tomé un taxi, llegué a mi casa y Carlos –que era mi marido– había salido a buscarme cuando yo llegaba. Hubo que montar un campo de batalla, volver a conectar las computadoras de las oficinas, hubo que reconstruirse, estábamos queriendo ser lindos y alguien nos pasó por encima. Me viene la imagen de un cuadro, La lección de anatomía, de Rembrandt, que es la gente que viene a sacar de las bolsas negras los escombros con las partes de los papeles, biblioratos, libros, se ponen barbijo y guantes, y diseccionan y hacen un reconstruir, un dar, un reintegrar de lo que se puede.
–Su padre era la primera vez que iba a Europa y se entera allí…
–Era su primer viaje y en Italia le toca vivir eso, donde el placer y la desgracia con suerte para mi lado se mezcla. De mí había salido en una revista con el título “Paradoja” sobre un científico que estaba yendo al Hospital de Clínicas y “él muere en la bomba y Mirta Satz, tesorera, que estaba en el corazón del estallido, está viva”. Eso representó el pensamiento de una mayoría de la gente sobre los “inocentes”.
–¿Su vida cotidiana se alteró para siempre?

–Mi cotidianidad, mi escala de valores, de sentir mucha culpa y hacer algo por ellos para redimirlos; me metí en la Escuela De la Cárcova, hice la Carrera de Bellas Artes, ya sabía lo que era la muerte. Ahí explotó la vida de cada uno, después de otra manera hubo una y varias y sucesivas explosiones y también hubo explosiones previas; la vida es así también. Trabajé un año más en la AMIA y después me reconstruyo, pero de la manera que quiero y me la juego: yo quería escribir, dibujar, componer y ahí es cuando instalé estos Talleres de Arte Inclán.
–¿En algún momento se sintieron apoyados o rechazados por lo que es la estructura de la AMIA?
–Después de los velatorios volví y vi mucha división, cada organización por lugares distintos, yo estaba muy enojada y ellos estaban con muchos problemas, estaba muy enojada porque no había acercamiento humano a las familias de las víctimas y yo entré a una de sus oficinas y se los dije.

–¿Siente que la bomba logró crear una brecha entre los judíos y los no judíos en nuestro país?
–Lo sentí en este acto de los 20 años en los medios de comunicación antikirchneristas, hubo mucho espacio para este tema y me gustaría que haya espacio para otras cosas injustas, pero hubo que poner los pilotes y escuchar cosas ofensivas.
–Por eso le preguntaba por historias de vida, anécdotas de la AMIA previas al gran momento del cambio y luego la bomba.
–La que recuerdo era la “Mamia”, que era un hermoso horario que me permitía ir al cine Cosmos, me podía comprar libros, salía con mi amiga –la poeta Leonor García Hernando– por Corrientes a comer en “Los muchachos” unas papas fritas a caballo, vivir mi nacimiento como artista; era escribir, disfrutar de la vida a nivel sensible, lo que da el encuentro con el otro, la poesía, y veíamos poesía en todos lados. Me replanteé todos los valores y si tuve esa carta de vida en la mano, tenía el compromiso de saber usarla.
–Esas anécdotas constituyeron gran parte de su adolescencia.
–Me acuerdo de que yo cantaba tango en la caja y lo veía normal; y aunque luego mi jefa Ana María me decía que no lo haga, yo se lo discutía, yo tenía el derecho de cantar, atendía a los familiares de los fallecidos, una situación muy especial, leer las fichas de cada uno y adivinar cosas de esa vida de acuerdo con la edad, con el apellido. Esa Mirta se llevaba las zapatillas por si había que ir a una manifestación, me había hecho una promesa en 1993: todos los días tenía que dibujar algo; y tengo los dibujos guardados, había asumido una responsabilidad y tenía otra pulsión: deberás hacer un dibujo todos los días.
–Circuló en el ámbito periodístico la presunta participación de un infiltrado de la Federal, Jorge Iossi Pérez, como puente con los autores del atentado.
–Ya había pasado lo de la embajada, tampoco estaba el policía en ese momento, el atentado está impune, el estado de refacción general también. A la jefa de Tesorería, cuando renunció, le dije: “Te salvaste de la bomba”. Se olía desde mucho antes, el motor fundido del patrullero y el volquete ahí, lo que nos tiene que salvar no anda y el volquete toda una tentación, todo el mundo puede estacionar, descargar mercadería, que estaba prohibido… ¿Hay algún momento en que los argentinos nos demos cuenta de algo en el momento justo? En el momento de las desapariciones no, nos dimos cuenta después, de las Malvinas… ¿cuándo vamos a mirar las cosas en el momento indicado? No son distracciones, se está mirando hacia otro interés, hacia otro lugar. Acá no se hizo nada porque salpicaría de sangre a mucha gente, no entiendo cómo no tiene una zona de clivaje. Ese bebito que yo tenía en los brazos hoy tiene veinte años y seguro que está tratando de incluirse en la sociedad como yo en el momento en que empecé a trabajar en AMIA. Es otro momento del mundo, no es el momento de Jacobos, ni de Adolfos, ni de té en vaso de vidrio; antes era una situación casi familiar, con mucha huella de lo que se trajo de Rusia, de Polonia, de Alemania; estaba todo eso muy cerca, había una Bolsa de Trabajo y una gran ayuda social. Había uno que venía en muletas, dejaba las muletas en el sillón de cuero marrón y venía a cobrar, y yo le decía: “¿Cómo, no es que necesita muletas?”. “No, yo las uso para el banco cuando tengo que ir a cobrar, en el fondo siento que las muletas son mi mamá.” Personas, seres de la clase baja judía, y la AMIA que se ocupaba de ayudar con todo un equipo de asistentes sociales, era la época de darle al otro. Era el momento en que valía la vejez, valía ser grande. Por eso me refería a la audacia, encarar proyectos donde lo humano está en juego con la música y las situaciones bellas que tienen que ver con el arte. Mis heridas son otras, no fueron de hospital. Me acuerdo de que cuando trabajamos en el teatro en esa situación precaria, casi de guerra, una señora quería pasar al baño y me mostró los números en el brazo del campo de concentración, como si fuera a ser más buena por eso en esa situación… y pasó al baño. Y después, cuando fui víctima y sobreviviente de la bomba de la AMIA, no quería mostrar siempre los “números” que tenía en el alma, y siempre estuve muy pendiente de que no lo tenía que mostrar.
Fuente: Página 12

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