“Triángulo de Infamia. Richard Wagner, los nazis e Israel” de Julián Schvindlerman (Análisis de Eduardo Chernizki)

Julián Schvindlerman logra en su último libro “Triángulo de Infamia. Richard Wagner, los nazis e Israel” conformar un texto que permite tanto a los estudiosos de la historia de la música clásica, del antisemitismo y la Shoá, como al individuo común acceder a una información que, por lo menos en castellano, está dispersa en infinidad de trabajos y artículos periodísticos.

Este libro, de poco más de 120 páginas, editado por Mussicat está compuesto por una corta introducción, tres capítulos: “Wagner y los judío. Música y racismo”; “Wagner y los nazis. El poder de los símbolos”; “Wagner en Israel. Una controversia candente”; el Epílogo y un apéndice “Nietzsche versus Wagner” y una bibliografía.

A nuestro entender cada uno de los capítulos son ensayos que por sí solos tienen un gran valor y que al ser unidos por la Introducción y el Epílogo adquieren una integración que junto con el apéndice no sólo nos permiten conocer el antisemitismo de Richard Wagner sino también como el mismo fue, en cierta medida, inspirador de las propuestas por Adolf Hitler en Mein Kampf, Mi Lucha, a la vez que se sentía impactado por la obra musical del compositor, y como luego el nazismo utilizó sus operas y el festival anual en Bayreuth, considerado el máximo exponente de la creación musical wagneriana, en su beneficio.

El capítulo referido a la controversia existente en el Estado de Israel respecto a la ejecución de la obra musical de Richard Wagner no solo es instructivo sobre los motivos de la misma, sino que también permite reflexionar sobre un tema que Schvindlerman plantea desde el comienzo de su trabajo: la adhesión que la obra musical wagneriana tuvo y tiene en una importante cantidad de melómanos judíos pese a su abierto antisemitismo.

Otro hecho significativo que queda muy en claro en el primer capítulo de este libro es que su antisemitismo no le impidió a Richard Wagner mantener una relación fluida con varios judíos, hayan sido estos sus patrocinadores financieros, directores de orquestas o músicos.

Julián Schvindlerman también se refiere a otros creadores musicales contemporáneos de Wagner que eran antisemitas, pero que no se convirtieron en un icono del anti judaísmo, marcando como una de las grandes diferencias entre ellos y quien se autodefinió “el más alemán de todos los compositores” el manifiesto Das Judenthum in Der Musik (El judaísmo en la música) que Wagner publica en 1850 con seudónimo: K. Freigedank (librepensador) y que años después, 1869, reedita con su propio nombre, en el que expreso su “ideología visceralmente antijudía”.

Sobre el motivo de ese escrito Schvindlerman nos dice “Algunos autores consideran que el manifiesto estuvo dirigido a, o inspirado en el rencor contra dos músicos judíos específicos: Giacomo Meyerbeer y Félix Mendelssohn; hacia el primero sentía tal antipatía que no lo mencionaba por su nombre. Pero Wagner no tardó en ampliar su crítica de estos músicos hacia una condena general contra todo el pueblo judío” (pág. 25).

Una compañera quizás más antisemita que Richard Wagner fue su segunda esposa, Cósima Francesca Gaetan, hija ilegitima del pianista y compositor húngaro Franz Liszt y la condesa Marie d’Agoult, que estaba casada con el director de orquesta Hans von Bülow, alumno de Liszt y amigo personal de Wagner.

Cósima, 24 años menor que Wagner, lo conoció en 1862 y ambos se convirtieron en amantes en el verano de 1864, naciendo de esa relación tres hijos: Isolde (1865-1919) que recibió el apellido von Bülow; Eva Wagner (1867-1942) y Siegfried (1869-1930) y en 1870 se divorció de Hans von Bülow y se casó con Richard.

Muchos de los arrebatos antisemitas y la relación ambivalente que Richard Wagner mantenía con judíos se conocen debido a que Cósima las volcó en su diario, en el que escribió la relación que mantuvo con Richard, hasta el día siguiente del fallecimiento de su esposo, el 11 de febrero de 1883, en el cual además incluía sus propias apreciaciones negativas respecto a los judíos.

La relación entre Hitler primero y el nazismo después, con la obra de Richard Wagner, analizada en el segundo capítulo, está dividida en dos grandes facetas, muy bien descriptas en “Triángulo de Infamia. Richard Wagner, los nazis e Israel”. La primera es la actitud de Hitler, quien estaba profundamente embelesado con varias de las operas escritas por Wagner y que durante algunos años fue un visitante permanente de la casa de los Wagner en Bayreuth, estableciendo un lazo de amistad con Cósima, hasta su fallecimiento en 1930, y también con sus hijos Eva y Sigfried.

La segunda se refiere a como los dirigentes del Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei, NSDAP (Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán) popularmente conocido como partido nazi, Hitler incluido, utilizaron gran parte de las creaciones wagnerianas como un símbolo que en muchos casos reemplazó a la música sacra de las iglesias luteranas y en otras fue el acompañamiento de las grandes concentraciones que regularmente se convocaban y en las que el Führer se dirigía a la multitud, que lo escuchaba con una devoción cuasi religiosa, que por su organización se pueden interpretar como un ataque “ a las religiones y erigió su propio culto neopagano personal” (pag. 49), afirmando Julián Schvindlerman más adelante “Richard Wagner estaba en el centro de ese culto popular en tiempo de la Alemania nazi. Su ideología y su obra armonizaban con la doctrina del nacional socialismo” (pag. 51)

En el segundo capítulo además se explica que Wagner era tolerado por muchos de los jerarcas nazis como una manera de no molestar a Hitler, por ejemplo Alfred Rosenberg prefería la música de Beethoven, pero a la vez Schvindlerman reconoce que “En comparación con otros compositores, Wagner se destacó por el hecho de que escribió acerca de la música mientras componía música. También escribió ensayos políticos, con lo cual ha legado una obra intelectual además de la artística. Ambas, resta a esta altura subrayar, están correlacionadas” (pág. 59).

Es probable que sea el deseo de romper esta correlación la que ha generado la disputa que se desarrolla en el Estado de Israel a partir de su fundación, si bien tiene antecedentes anteriores, entre quienes desean separar el antisemitismo de Richard Wagner de su creación musical pues consideran que una cosa es su ideología y otra sus obras musicales, en especial sus operas.

La “disputa” que en momentos fue muy enconada, terminó centrándose en si la Orquesta Filarmónica de Israel debía incluir en su repertorio obras de Richard Wagner, si bien durante décadas intervinieron en ella tanto los sobrevivientes de la Shoá como destacadas figuras de la ciudadanía israelí junto a afamados directores de orquesta y concertistas, entre ellos Daniel Barenboim.

Cuando Schvindlerman analiza la “disputa” lo hace ubicándola en la situación política y militar que atravesaba el estado judío, algo que le otorga un marco histórico que nos perece destacable. También consideramos muy interesante la inclusión de lo ocurrido con la West-Eastern Divan Orchestra, que en 1999 Bareinboim funda junto con el intelectual palestino Edward Said, que reunía a músicos judíos, palestinos y árabes, “una orquesta profesional compuesta por ciento veinte músicos estables de Israel, Palestina, Jordania, Siria, El Líbano, Egipto, e incluso de naciones musulmanas no árabes como Turquía e Irán” (pág. 91).

Es por todo lo expuesto que nos parece muy acertado el comentario de Carlos Alberto Montaner publicado en la contratapa del libro: “Julián Schvindlerman ha escrito un ensayo muy notable sobre Richard Wagner (…) de la manera más amena e instructiva en que puede abordarse.

Análisis: Licenciado Eduardo Chernizki

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