Una Francia entre el califato y la decadencia. Por Abel Posse

Michel Houellebecq, exitoso novelista francés con más fama que talento, se ubicó desde sus obras Las partículas elementales, Plataforma y La posibilidad de una isla como un implacable crítico de la modernidad y el progresismo vacuos dominantes en Occidente.

En Sumisión, novela aparecida en la misma semana del 7 de enero de 2015, día de la matanza de los dibujantes sarcásticos de la revista Charlie Hebdo, presenta un imaginario y asombroso triunfo del partido de los Hermanos Musulmanes en las próximas elecciones presidenciales de 2017, que lleva a la presidencia de Francia a su líder, Ben Abbes. El autor ridiculiza a su país. Ante el triunfo arrasador del Frente Nacional de Le Pen en la primera vuelta, y a causa de la ceguera electoral entre partidos derrotados, que no se unen, Francia se despierta con un presidente islámico porque los socialistas de Hollande, vencidos, prefieren dar sus votos a los musulmanes. Vence entonces el islamismo y Francia debe someterse a una transformación cultural y social de fondo, que no supo realizar con sus actuales políticos en rencorosa pugna de patio.

En sus muy leídas novelas, Houellebecq describe las costumbres de la actual «modernidad»: las calculadas relaciones de pareja de solitarios estériles, mujeres que prefieren el éxito -más bien el exitismo- a la maternidad, el turismo erótico, el hedonismo sin alegría, la trata de personas, la popularización de la droga, la pornografía mecánica, la pérdida de pasión, las políticas reales tras la grandeza y el poder de liderazgo que los franceses desean.

Sumisión, por su tema, se fusiona con el estremecimiento de la matanza jihadista, un inesperado resurgimiento de la olvidada guerra secular entre la cristiandad y el islamismo con su renacida voluntad de califato. Casi una reaparición de nombres remotos como Suleiman, Saladino y Ricardo Corazón de León en tiempo de la provocación del cristianismo militar de las Cruzadas.

En Sumisión, un prestigioso profesor francés, el doctor Rediger, se hace cargo del Ministerio de Cultura y tendrá diálogos reveladores con el protagonista-narrador de la novela. En sus palabras aparecen las profecías de Nietzsche (sobre el triunfo final del nihilismo en la cultura europea), y los análisis de Oswald Spengler, Toynbee y Huntington. Occidente asiste al avance del islamismo renaciente, dueño de una fe transformada en violenta voluntad militar, semejante al del catolicismo imperial de los siglos XV y XVI para crear de España el imperio «donde nunca se pone el sol». El cristianismo perdió sus colmillos, y el islam recomienza su reconquista del mundo. Es el contraataque, la «respuesta toynbeana» del islamismo desde la caída de Al Andaluz (1492) en manos de los Reyes Católicos y la decisiva batalla de Lepanto (1571), vencida por la Santa Alianza integrada por el imperio español, el papado y el poder naval de Venecia.

La fe plasmada en extremismo absoluto y potencia militar la conserva hoy el islamismo. El soldado laico occidental, «profesional», es siempre menos que el guerrero sagrado, que hasta busca el martirio. (Viene al caso remarcar que la infantería, no las fuerzas aéreas, es la tropa que define el triunfo al paso de sus botas. Es así desde el Imperio Romano hasta la caída de Berlín.)

Desde Lepanto hasta el siglo XX, ambos universos religiosos mantuvieron una entente nada cordial, pero de eficaz comercio y respetuosa distancia. A partir de la Primera Guerra Mundial, los europeos y anglosajones, en nombre de la democracia obligatoria, la expansión colonial y el petróleo, despertaron en los pueblos del Medio Oriente un desprecio generalizado por su arrogancia tecnocrática, una calidad de vida que oculta la enfermedad moral y la evidente crisis ecológica medioambiental y humana del desarrollo mercantilizado. Hasta el punto de que el islamismo tiene al Occidente consumista, amoral, alegre y turístico como un enemigo «contagioso» de malas costumbres. Temen ese enemigo impalpable en sus fronteras tanto como los ejércitos de Occidente.

El personaje de Rediger centraliza el sentimiento de la revuelta islámica mundial. El profesor se explica y acepta o se somete a la realidad y así se transforma en ministro del gobierno de la Fraternidad Islámica en Francia. A su interlocutor (y narrador del libro), un profesor mediocre, angustiado, que fue perdiendo su pasión cultural y creadora, con una novia judía que amaba, pero que se fue de Francia por miedo al antisemitismo, el elegante Rediger le dice que Europa y todo Occidente perdieron la oportunidad de recuperarse volviendo a la raíz cristiana que, desde el desastre de 1945, con su fuerza espiritual guió la reconstrucción de una Europa en ruinas, dando origen a aquellas «tres décadas doradas», hasta 1990, con el predominio de las democracias cristianas en Alemania e Italia, y con De Gaulle y el Franco de la transición. Sin embargo, no se atinó a alcanzar el segundo paso hacia lo trascendente, y recayeron en la razón político-económica como un absoluto de desarrollo, desplazando la fe como un factor metafísico opcional.

Rediger «sometido», ya islámico y polígamo, afirma ante el narrador de la novela: «Hoy se necesita la instauración de una nueva fase orgánica de la civilización occidental en franca disolución social. Al fin de cuentas, el islamismo es una religión hermana del cristianismo, pero con ocho siglos menos, más verdadera y simple. A fuerza de concesiones el cristianismo fue vencido y las iglesias cristianas son hoy incapaces de frenar la decadencia de la vida moderna y el progresismo extendido patológicamente: el trabajo femenino, el fin del patriarcado, el matrimonio homosexual, el aborto?» En el trabajo femenino, sea como profesional, empresaria o mecanógrafa, la mujer pasa a segundo plano el centro de la condición femenina, que es la maternidad, la crianza del hijo, el hogar. (En esto va en juego la flébil demografía del mundo desarrollado tecnológico. Para Gibbon en su Decadencia de Roma, para Huntington, Toynbee y Chaunu, es el factor demográfico, la reproducción, el estabilizador y garante de toda la sobrevivencia de las civilizaciones.)

En suma, el cristianismo no puede retornar a sí mismo, a ese pilar maravilloso que durante los diez siglos medievales forjó la visión de vida más equilibrada y profunda, logrando superar la barbarie.

Houellebecq ofende y provoca voluntariamente al orgullo francés, pero buscando la reacción ante problemas muy de fondo de la sociedad europea, con su estilo de modernidad y su permisivismo, sin respuestas políticas eficaces para recomponer Occidente con sus valores.

Justamente, la palabra «sumisión» es la que necesita casi para escandalizar y lograr una reacción ante el inmovilismo actual de la cultura más refinada y humana conocida hasta ahora: la que sintetizamos al decir la palabra Europa.

Fuente: Lanación.com.ar

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