El islamismo moderado, entre la espada de los jihadistas y la pared de los dictadores

Las revueltas árabes de 2011 suscitaron enormes esperanzas entre los movimientos islamistas moderados, aquellos con la voluntad de integrarse en las instituciones democráticas de nuevo cuño. Y los resultados de las primeras elecciones libres parecían darles la razón: victorias contundentes en Egipto, Túnez, Marruecos, y un buen resultado en las elecciones libias.

Además, en un principio, asumieron el liderazgo del Consejo Nacional Sirio, el paraguas que agrupaba a la oposición siria en el exilio. Sin embargo, los descontrolados vientos de la «primavera árabe» soplan ahora en favor de la contrarrevolución y perfilan un negro horizonte para su futuro.

El ascenso en varios países de fuerzas tradicionales patrocinadas por Arabia Saudita, como el ejército en Egipto, y la resurrección del jihadismo encarnado por Estado Islámico (EI) han desplazado del centro del escenario político del mundo árabe a los movimientos vinculados a los Hermanos Musulmanes. Atenazados por una versión renovada de la «pinza» entre las autocracias árabes y Al-Qaeda de la década pasada, los movimientos con vocación institucional tienen serios problemas para encontrar un discurso propio.

«Los políticos y comentaristas en Medio Oriente han vinculado a EI con otros grupos islamistas, como los Hermanos Musulmanes, con la finalidad de demonizarlos. Para ellos, la «amenaza» no es EI, sino estos movimientos que se presentan a las elecciones y respetan las reglas del juego para llegar al poder», escribió en un ensayo Khalil Anani, de la Johns Hopkins University. Este discurso beneficia a EI, ya que le otorga un rol de liderazgo del campo islamista a pesar de contar con una menor popularidad que otros grupos no violentos.

Siria representa un buen ejemplo de las dificultades que afronta el islamismo moderado. Las luchas intestinas de la oposición en el exilio y las victorias de EI en el campo de batalla han marginado a los moderados en la compleja ecuación política del país. Sin embargo, en ningún lugar esta situación es tan evidente como en Egipto, donde nacieron los Hermanos Musulmanes, grupo pionero del islamismo político moderno. El golpe de Estado ejecutado en el verano de 2013 por el general Al-Sisi desalojó a los Hermanos Musulmanes del poder tras sólo un año de gobierno de Mohamed Morsi, el primer presidente elegido en las urnas en la historia de Egipto. Desde entonces, se ha desatado la más brutal represión contra la Hermandad de las últimas cinco décadas.

La organización se encuentra descabezada, con sus líderes frente a graves condenas en una retahíla de procesos judiciales. Miles de militantes fueron también encarcelados y otros cientos murieron en protestas callejeras. Tan duro es el hostigamiento que cada vez más voces dentro del grupo apuestan por abandonar la política oficial de utilizar medios de oposición no violentos al régimen.

Por su parte, en Túnez, los islamistas cedieron el poder tras un serio batacazo electoral en las legislativas y presidenciales de fines del año pasado. En Libia, la situación es más compleja. Los partidos islamistas sufrieron también una derrota en los comicios del año pasado. No obstante, la lucha por el poder en ese país no se libra primordialmente en las urnas, sino en el campo de batalla. Y ahí, islamistas moderados y radicales mantienen una alianza con facciones tribales que ha sido capaz de soportar la ofensiva de las fuerzas tradicionales lideradas por el general Jalifa Haftar.

Además, los islamistas perdieron el aura de buenos gestores de la que gozaban gracias a sus tupidas redes de servicios sociales, con las que ocupaban un vacío dejado por un Estado incapaz de satisfacer necesidades básicas. «La principal razón de la pérdida de popularidad de los llamados movimientos islamistas moderados es su fracaso cuando asumieron el poder, como es el caso de los Hermanos Musulmanes en Egipto», sostiene Georges Fahmi, investigador del centro Carnegie, con base en Beirut.

A pesar de sus apuros actuales, es pronto para escribir el ocaso del islamismo institucional. «La represión contra los partidos islamistas no conseguirá erradicarlos de la escena política. Son demasiado fuertes y su ideología siempre tendrá una cierta capacidad de atracción en un sector de la población», dice el analista egipcio Mustafá Jalil.

Ahora bien, es posible que estos grupos emerjan seriamente debilitados. Este fue el caso en Argelia, donde la guerra civil y las barbaridades del integrismo más radical situaron al islamismo institucional del Movimiento Social por la Paz (MSP), en un segundo plano.

Fuente: La Nación
Autor: Ricard Gonzalez

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