Lo malo de cualquier acuerdo con Irán. Por Michael J. Totten

El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, causó revuelo el otro día cuando condenó el intento del presidente Barack Obama de negociar un acuerdo nuclear con Irán. El primer ministro y el presidente han seguido a la greña en Twitter. Ambos han ignorado una realidad perturbadora: es probable que cualquier acuerdo con Irán, bueno o malo, beneficie al Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIS, por sus siglas en inglés).

El presidente Obama persigue un acuerdo por motivos comprensibles. Es mucho mejor resolver las diferencias de Occidente con Irán de manera diplomática que por medio de la violenta. Así mismo, el primer ministro Netanyahu recela del plan del presidente por motivos comprensibles. Un mal acuerdo podría ser peor para Israel que el no llegar a acuerdo alguno. Pero ni Obama ni Netanyahu parecen percatarse de cómo pueden recibir un acuerdo, con independencia de su contenido y eficacia, los árabes suníes de Oriente Medio, que están tan alarmados como lo están los israelíes por las ambiciones iraníes.

La guerra contra el ISIS se está librando en dos frentes y en dos países, y el conflicto suní-chií de Oriente Medio se desplaza impetuosamente al corazón de ambos. El ISIS es el ala sanguinaria del movimiento yihadista suní, mientras que Irán y sus aliados sirios, iraquíes y libaneses conforman la resistencia chiita. De ninguna de las maneras el árabe suní corriente ve al ISIS como su portaestandarte. Decenas de miles han cambiado sus hogares por campos de refugiados miserables en tierra extranjera. Pero al mismo tiempo la mayoría de los árabes suníes se estremece ante el auge del poder iraní y es reacia a alzarse contra los maníacos de su propio bando, especialmente cuando Estados Unidos y Europa parecen alinearse contra ellos con los persas y los chiíes.

Las cosas no son así, pero es lo que parece. Veamos: el general de la Guardia Revolucionaria iraní Qasem Soleimani dirige personalmente el operativo iraquí para arrebatar al ISIS el control de Tikrit, ciudad natal de Sadam Husein. Cuando ven a las milicias chiíes y a las tropas de la Guardia Revolucionaria iraní batallando en su territorio, los suníes de Irak sienten que están sometidos a una amenaza existencial. Occidente está bombardeando posiciones del ISIS en Siria e Irak, mientras que Washington es aliado, al menos nominalmente, de Bagdad y está intentando llegar a un acuerdo con Teherán. Los suníes ven a la única superpotencia mundial poniéndose del lado sus enemigos y preparándose para machacarlos.

Se ve aún mejor desde la perspectiva de los suníes de Siria. Difícilmente puede decirse que Estados Unidos apoya al malvado Asad, pero todos los ataques aéreos de Washington han tenido yihadistas suníes por objetivo, incluso después de que el presidente Obama acusara a Damasco de utilizar armas químicas contra núcleos de población civil. Al igual que el Gobierno en Bagdad, la casa Asad está firmemente anclada en el campo iraní. El Estado está copado por los correligionarios de Asad, los alauitas, que profesan un credo heterodoxo que fusiona el islam chií, el cristianismo y el gnosticismo.

Los Asad llevan subyugando a la mayoría suní desde 1971, cuando el difunto Hafez al Asad se hizo con el poder, y desde entonces han sido los más firmes aliados de Irán en el mundo árabe. Asad es también, junto con el régimen clerical de Irán, un patrocinador y proveedor de armas de Hezbolá en el Líbano, con diferencia la organización terrorista chií más mortífera, que está luchando ctiva y efectivamente contra la oposición suní armada en Siria. En vista de todo esto, el ISIS tiene más facilidad para presentarse como defensor de la mayoría regional árabe-suní contra el pérfido eje persa-chií-alauita.

Por su parte, la minoría árabe suní de Irak ha estado fuera de foco desde que Estados Unidos derrocó a Sadam Husein en 2003 y la mayoría chií se hizo naturalmente con el poder en las subsecuentes elecciones. Sin lugar a dudas, el Gobierno de Bagdad es menos opresivo que el régimen de Asad, pero está respaldado por una mayoría demográfica que hace que los suníes, apenas un 20 por ciento de la población, se sientan acusada y permanentemente en peligro.

Casi ninguno de estos individuos conforman el vivero natural del ISIS. Lucharon y murieron para desalojar al ISIS de sus territorios a finales de la década del 2000, cuando todavía se denominaba Al Qaeda en Irak. La única razón por la que el ISIS logró conquistar grandes franjas del país el pasado verano es que el anterior primer ministro, Nuri al Maliki, gobernó como si se tratara de un señor de la guerra chií con respaldo iraní. Las tribus suníes temen y aborrecen al ISIS, pero también temen y aborrecen al régimen iraní y, quizá más, al Gobierno iraquí, dominado por los chiíes. Piensan que tal vez sea mejor estar bajo yugo propio que soportar una persecución despiadada a manos del otro.

Ambos bandos se comportan con brutalidad, aunque el ISIS gana la competición de las atrocidades. Abu Musab al Zarqawi, el padre fundador de la organización bajo su antiguo nombre de Al Qaeda en Irak, describió a los chiíes como “el obstáculo infranqueable, la acechante serpiente, el escorpión astuto y maligno, el espía enemigo y penetrante el veneno”. Un gran porcentaje de los suníes de Irak han visto así a los chiíes durante más de mil años.

La retórica del ISIS es genocida. Sus continuas matanzas de chiíes, cristianos, yazidíes y alauitas apestan a genocidio. Occidente no debería engañarse con la idea de que lo que pasa en Siria e Irak se queda en Siria e Irak. El ISIS verdaderamente cree una misión divina desafiar y derrotar a las potencias europeas y desencadenar el apocalipsis. “Conquistaremos vuestra Roma”, proclaman en su brillante revista online, Dabiq; “romperemos vuestras cruces y esclavizaremos a vuestras mujeres, con el permiso de Alá, el Glorificado. Esta es Su promesa para nosotros”.

No va a pasar eso, pero el ISIS y sus seguidores ya han demostrado que quieren y pueden llevar a cabo atentados letales en Europa. Los recientes asesinatos en la redacción de Charlie Hebdo en París y el ataque contra un museo judío de Bélgica el año pasado no son sino adelantos. Y las probabilidades de que el ISIS sea socavado por suníes sirios e iraquíes mientras hace frente a lo que parece ser una alianza enemiga conformada por Damasco, Teherán y Bagdad y con respaldo occidental son prácticamente nulas.

¿Significa esto que Occidente no debería llegar siquiera a un acuerdo teóricamente bueno con Irán para prevenir que el régimen de Teherán fabrique armas nucleares? No tengo idea. Pero me gustaría saber si al menos alguien en Washington o Jerusalén se está haciendo la misma pregunta.

Versión original (inglés): City Journal
Versión en español: elmed.io / PorIsrael.org

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