La muerte al judío, un deseo no reprimido. Por Josep Cuní

Jadeaba cuando entró en el restaurante tras gritar consignas denunciando su situación personal, que también era política. Rompió a llorar al tiempo que algunos manifestantes acudían a tranquilizarle. La tensión se fue rebajando hasta que llegaron los guardianes de la revolución. Y se lo llevaron.

Fuera, en la plaza Naqsh-Yahan, en Isfahán, seguía la fiesta. Una concentración entre solidaria y reivindicativa que reunía a centenares de personas agrupadas en gremios y corporaciones laborales. Sin prisa, pero sin pausa, seguían un circuito alrededor de uno de los recintos más emblemáticos de Irán. Patrimonio de la humanidad, una porción de la plaza se exhibía por la televisión oficial. Era la zona instalada delante de la tribuna desde donde se arengaba a la masa gracias a una ensordecedora megafonía. Una aglomeración tan escasa que permitía percatarse de que los manifestantes iban dando vueltas para simular multitud. Era el último viernes de Ramadán. El día que el ayatolá Jomeini convirtió en jornada de apoyo a Palestina. Eso es, la fecha oficial para que el pueblo amenazara y condenara a Israel y, de paso, a Estados Unidos de América, enemigos que batir.

Los atractivos y estéticos panfletos que colgaban de las farolas no ofrecían duda alguna. Los eslóganes coreados no podían ser más elocuentes. La muerte al judío, un deseo no reprimido. La guerra, una instancia repetida. Julio del 2014. Menos de nueve meses después, el principio de acuerdo para evitar que Teherán desarrolle la bomba atómica ha parido lo que Obama califica de buen pacto. Compromiso que Netanyahu quiere matar coincidiendo con los sectores más cerrados del régimen de los ayatolás. Los que no dejan entrar a las mujeres en los estadios pero que no pueden impedir que en ciudades liberales como Shiraz vayan ajustando sus ropas a sus cuerpos contrariando las reglas que emanan de un sistema represivo que va dando muestras de debilidad. Un régimen que mantiene un sinfín de prohibiciones burladas socialmente gracias a los últimos artilugios tecnológicos que escapan masivamente del embargo y las sanciones.

También en Yadz o Tabriz, Zanjan o Hamadan. Ciudades con una población orgullosa de su pasado persa, comprometida con su religión musulmana pero anhelante de consumo y libertad de movimientos. Una sociedad que se desplaza bajo la atenta y censora mirada de Jomeini convertida en el ojo que todo lo ve. Incluso en el desierto, donde, por cierto, el móvil nunca pierde su cobertura.

Así se adentraba el visitante el año pasado en uno de los ejes del mal que va camino de dejar de serlo. Hay muchas posibilidades económicas en la familia chií. Tantas y tan deseosas de consumirlas que se ha invertido el orden del peligro y ahora son los suníes los recelados. Hay que ver lo que ha conseguido el yihadismo. Y el petróleo.

Fuente: La Vanguardia

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