Mártires de hoy. Por Pablo Caruso

No tengo el porcentaje de los enfermos que se han beneficiados por el amor del silencio –en el principio de la aparición de esa pandemia que se llama HIV, y sigue hoy- que el sistema de salud del mundo los rechazaba con furia y terror. No tengo tampoco los guarismos de la cantidad de los enfermos terminales, atrapados por ese monstruo de mil cabezas llamado cáncer, que han recibido y reciben esa caricia de los últimos momentos por el amor del silencio. Sin hablar de las catástrofes humanas del hambre, la tuberculosis, la falta de lo más elemental, que son aliviados por el amor del silencio. No, no tengo esos datos estadísticos, y no los tengo porque simplemente el Amor no lleva cuentas del bien que hace.

Existen seres humanos que sufren en su alma los dolores ajenos más intensamente que los propios, con el amor del silencio. Tienen las manos inmaculadamente limpias para curar las peores heridas en los lugares más paupérrimos del planeta. En África, Afganistán, Latinoamérica, o en cualquier rincón de la tierra, si un niño ríe, ellos ríen con él. Cuando un niño muere se quiebran de dolor y melancolía. El amor del silencio no se acostumbra a la muerte evitable. Dan la vida por los que sufren, literalmente. Enfrentan, por ellos, a las bestias de cualquier signo con el amor del silencio. Trabajan por aquellos que apenas pueden con su alma. Rezan por aquellos que no tienen fuerza ni para esbozar una oración y enseñan al que no sabe. Ofrecen la sonrisa y el abrazo sanador para aquellos que sufren.

Estos locos por amor del silencio, cuando ya piensan que no pueden más, que están hechos polvo, que lo dieron todo, miran de frente a la Cruz y siguen adelante. No odian. No acusan. Sólo aman al hermano desvalido y necesitado de toda necesidad. Estos seres, mujeres y hombres, han sido elegidos para ponerse a disposición de los pobres entre los pobres; no son ONGs. Enseñan en las escuelas, sanan en hospitales imposibles. Defienden a la mujer con hechos, la promueven, en países donde ser mujer es ser poca cosa cuando no una tragedia. Esos lugares donde son completamente despreciadas y maltratadas.

Estos portadores del amor del silencio se juegan la vida por ellas. Ahí están, con esos miles de niños abandonados, huérfanos y víctimas de guerras locas, diabólicas, sin el más mínimo sentido. Estos elegidos no huyen cuando vienen degollando sin cuento, no los dejan, mueren o viven con ellos. Tienen una santa obstinación, son muy audaces y abnegados. Cumplen un mandato divino. Lejos de su patria, y de sus familias. Cumplen a rajatabla su vocación, allí donde las luchas políticas, los intereses económicos, y la ambición de los hombres abren un infierno sobre la faz de la tierra.

Conozco a algunos de ellos, me escriben a veces con alegría, otras con resignación o esperanza, pero termino de leer y no sé por qué se me estruja el corazón, el mail que recibo es de la hermana Luján, misionera en un rincón de África: «…a veces pienso que no hay solución para esto. África no tiene solución. Sí, hasta me duele sonreír, pero miro la Cruz, y siento que me dice: Entonces, ¿he fracasado?», dejo de leer. Me siento tan poca cosa.

Son misioneros cristianos, laicos, sacerdotes y monjas católicos, o evangélicos. El mundo los ha olvidado y si alguno piensa en ellos es para pasarlos a degüello. Sus asesinos odian el amor del silencio. Odian lo que representan, odian el bien que hacen. Los están matando sin piedad. El Papa Francisco ha lanzado un grito de socorro: «Pensemos en nuestros hermanos y hermanas perseguidos por ser cristianos, son los mártires de hoy: no reniegan de Jesús, soportan con dignidad insultos y ultrajes», dijo. Pero la gravedad de la situación lo obligó a ir más allá. Dijo que estaría justificado que la comunidad internacional usara la fuerza militar como último recurso para detener una «agresión injusta», pero que no debería depender de una sola nación decidir cómo intervenir en el conflicto.

Escribo esto, lector, porque los están matando por no renegar de su fe. Hace unos días fueron asesinados en Afganistán ocho médicos misioneros y dos guías afganos. Se adjudicó los asesinatos un grupo radical islámico, Hezbi Islami, y una de los mártires era la doctora Karen Woo, una gran oftalmóloga, quien hace unos años estuvo en el norte de nuestro país operando a chicos y ancianos. La doctora Woo estaba imbuida del amor del silencio. Mientras las potencias están impregnadas por un silencio que no brota del amor, sino de la indiferencia.

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