El reconocimiento vaticano de Palestina no contribuye a la paz. Por Jonathan S. Tobin

Los críticos de Israel celebrarán la noticia de que el Vaticano reconocerá el Estado palestino como un rechazo del Gobierno y las políticas del Estado judío. Se trata de un movimiento que está en línea con la apuesta internacional por la estatalidad palestina. Y forma parte de los esfuerzos de la Iglesia católica por apaciguar a los mundos árabe y musulmán, en el marco de la campaña para mejorar la situación de las asediadas y capitidisminuidas comunidades cristianas de Oriente Medio. Su impacto será eminentemente simbólico, y ciertamente será considerado otro golpe a los esfuerzos israelíes por mantener buenas relaciones con unos países europeos cada vez más hostiles a Jerusalén. Pero lo que es seguro es que no reforzará las oportunidades de alcanzar la paz. Al garantizar reconocimiento oficial a los palestinos sin antes demandarles que hagan la paz con Israel, el papa Francisco y la Iglesia sólo van a conseguir que aquélla sea menos probable.

No ha de olvidarse que la actitud de la Iglesia católica hacia los judíos, el judaísmo y el Estado de Israel ha experimentado una notable transformación en la última generación. Los históricos esfuerzos de los papas Juan XXIII y Juan Pablo II supusieron una revolución en las relaciones judeo-católicas, que dejaron atrás el desprecio y la tolerancia hacia el antisemitismo del pasado. El Concilio Vaticano II (1961) rompió con el pasado al rechazar el mito de la responsabilidad judía en la muerte de Cristo y pavimentó el camino de la reconciliación de la Iglesia con el judaísmo. El papa Juan Pablo II siguió la misma senda y bajo su tutela se arrumbó el desprecio por el judaísmo que había caracterizado a la Iglesia en el pasado. Juan Pablo II hizo su propia contribución cuando el Vaticano reconoció formalmente a Israel en 1993, poniendo fin a la oposición oficial de la Iglesia al sionismo, enraizada en la creencia de que los judíos habían sido condenados a errar y perdido el derecho a su patria ancestral.

Desde entonces, las relaciones entre el Estado judío y la Iglesia no han sido siempre de color de rosa. Las disputas motivadas por las actitudes antiisraelíes de los palestinos cristianos han seguido ahí. Como parte de su afán por congraciarse con los países árabes, la Iglesia ha adoptado además políticas hostiles a Israel. Su empeño por culpar erróneamente a los israelíes del declive de la comunidad cristiana palestina –fruto de la creciente influencia islamista– ha sido particularmente notable. Pero, a pesar de todo, sería un error considerar a la Iglesia o al Vaticano un enemigo de Israel particularmente sañudo. En todo el mundo, y especialmente en Estados Unidos, los católicos han llegado a ser de los mejores amigos y más firmes aliados del Estado judío.

Puede el papa Francisco considere que su gesto hacia los palestinos supone un revulsivo para la paz. El pontífice parece considerarlo una apuesta por la imparcialidad entre dos partes en conflicto, y puede que sea completamente sincero en sus esperanzas de que así se relance el moribundo proceso de paz.

Pero, con toda su buena voluntad, el Papa se equivoca al pensar que dando a los palestinos semejante reconocimiento se contribuye al avance del proceso de paz. Al contrario, el garantizarles de esta manera un estatus oficial sólo alienta al líder de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, a obstruir los esfuerzos por alcanzar la paz.

Después de todo, si el auténtico objetivo de Abás fuera un Estado palestino independiente, podría haber tenido uno en 2000-2001, cuando su antiguo jefe Yaser Arafat rechazó una oferta israelí de estatalidad que incluía la mayor parte de la Margen Occidental, Gaza y una porción de Jerusalén. Abás rechazó una oferta aún mejor en 2008, como rechazó negociar seriamente en 2013 y 2014 incluso cuando los israelíes aceptaron un marco negociador norteamericano cuyo objetivo era una solución basada en la existencia de dos Estados.

La campaña palestina para obtener reconocimiento de Naciones Unidas y de otros países está motivada por un deseo de evitar las conversaciones de paz, no por hacerlas más exitosas. Los palestinos quieren un Estado, pero no uno dispuesto a reconocer la legitimidad de un Estado judío vecino, con independencia de las fronteras que se tracen. La Iglesia está reconociendo su simulacro de Estado; está haciendo más fácil para Abás el negarse a negociar. Al incurrir en este reconocimiento, que garantiza a los palestinos derechos sobre todos los territorios en disputa desde 1967, el Vaticano y otros Estados europeos prejuzgan unas condiciones que deberían ser establecidas por las partes, no por terceros. Igual de importante es el hecho de que la Iglesia ignora que ya existe un Estado palestino independiente en todo menos en el nombre; en Gaza, bajo el yugo tiránico de los terroristas de Hamás. ¿Qué Palestina está reconociendo la Iglesia? ¿Hamastán o la corrupta cleptocracia de Abás? Con Hamás ganando popularidad, la perspectiva de que tome el poder en una Margen Occidental independiente hace de la retirada israelí una fantasía, en vez de una opción política viable.

Aunque no se deberían cuestionar las buenas intenciones del Papa, el movimiento del Vaticano sólo sirve para hacer menos probable la paz y no hace nada por los cristianos del Medio Oriente, que sufren la presión insoportable de los islamistas, no de Israel. En este caso, incluso la imparcialidad socava las ya menguantes esperanzas de una solución basada en dos Estados.

Fuente: Revista El Medio / PorIsrael.org

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