Alemania recuerda a los deportistas judíos perseguidos

Alfred Flatow y su primo Gustav Felix Flatow fueron piezas clave del equipo de gimnastas alemanes que dominó las paralelas y la barra fija en 1896 en los primeros Juegos Olímpicos de la época moderna, en Atenas; décadas después, ambos morirían en el campo de concentración de Theresienstadt.

Una sencilla exposición al aire libre organizada en Berlín bajo el título «Del éxito a la persecución; estrellas judías en el deporte alemán hasta 1933 y después» recoge la historia de los Flatow y de otros grandes atletas que acabaron siendo víctimas del régimen nacionalsocialista.

El homenaje, frente a la estación central de tren, se ha inaugurado ante el comienzo este martes de los XIV Juegos Macabeos Europeos, que reunirán en Berlín a 2.300 deportistas judíos de 38 países en una competición de tintes simbólicos, setenta años después del final de la de la Segunda Guerra Mundial.

La muestra organizada por las universidades de Postdam y Hannover y por el Centro de la historia del deporte alemán está formada por diecisiete siluetas recortadas de otros tantos destacados deportistas, con sus historias de gloria y acoso narradas en breves comentarios a sus espaldas.

A través de ellos se documenta la trayectoria de miles de deportistas judíos que con la llegada de Hitler al poder fueron expulsados de las federaciones y clubes en los que militaban y desposeídos de sus títulos y medallas.

Muchos fueron deportados y murieron en los campos de concentración levantados por el régimen nacionalsocialista, mientras que otros huyeron de Alemania y continuaron sus carreras deportivas en el extranjero.

Una de las figuras más particulares la representa Helene Mayer, campeona alemana de florete en 1925 con sólo 14 años -título que revalidaría en cuatro ocasiones consecutivas- y medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Amsterdam de 1928.

Convertida en una estrella en el país, «la rubia He» marchó a estudiar a Estados Unidos y vivió desde la distancia los primeros compases del régimen nazi, que en 1933 le reiteró la beca que tenía tras comprobarse que era «medio-judía», hija de un médico judío.

Para ilustrar su supuesta tolerancia, el régimen nacionalsocialista la invitó a formar parte del equipo nacional de esgrima en los controvertidos Juegos de 1936 y ella lo aceptó como un reto deportivo, un gesto que generó gran polémica y que restó argumentos al movimiento que reclamaba un boicot a Alemania.

En aquellos Juegos Mayer ganaría una medalla de plata, antes de establecerse en 1937 de forma permanente en los Estados Unidos, donde logró la nacionalidad en 1940 y fue hasta en ocho ocasiones campeona de esgrima.

Un destino muy diferente tuvieron los hermanos Julius y Hermann Baruch, campeones de lucha y levantamiento de peso en distintas categorías durante los años veinte y que acabarían muriendo el primero en Auschwitz y el segundo en Buchenwald.

Walther Bensemann, nacido en 1873 en Berlín y considerado uno de los pioneros del fútbol alemán, cofundador de la Federación Alemana de Fútbol en 1900, optó por huir a Suiza en 1933.

A muchos alemanes no les sonará su nombre, pero todos conocen «Der Kicker», revista deportiva de referencia que fundó en 1920 y con la que quiso difundir su ideal del fútbol como símbolo de paz: «El deporte es una religión y quizá la única cosa capaz de conectar pueblos y clases», subrayó en su día.

Como muestra de reconciliación, la exposición recoge también la figura de Sarah Poewe, nadadora nacida en Sudáfrica que desde 2002 compitió con el equipo alemán, nacionalidad que heredó de su padre.

En 2004, en Atenas, Poewe se convirtió en la primera deportista judía que ganaba una medalla olímpica para Alemania desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Fuente: Aurora

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