El horror del Holocausto contado en una original novela gráfica ( Entrevista)

«Mi madre se llama igual que mi tía abuela. Fue la manera que encontró mi abuela Tzipe de preservar el recuerdo de su gemela, asesinada por los nazis», escribe Julián Gorodischer en una de las viñetas que abren la primera de las tres historias que componen Camino a Auschwitz y otras historias de resistencia (Emecé) realizado en coautoría con el dibujante Marcos Vergara.

Gorodischer toma elementos de su propia ascendencia familiar, viaja a Polonia y reconstruye la historia de sus antepasados con documentación, investigación y entrevistas. Y después narra. El resultado es una obra conmovedora, escrita con sensibilidad y sin caer nunca en el golpe bajo, con sencillez para adaptar el texto a la elipsis que exige la viñeta pero sin perder profundidad. Con belleza a pesar del horror, gracias al trazo preciso de un dibujante que se involucró como el tema requería -la expresividad de los ojos que dibuja Vergara es elocuente y son un elemento clave en la mirada de los protagonistas).

La segunda es la historia del Tío Abuelo Berl, que participa de la Organización de Combatientes Judíos, una organización clandestina que nació después que 300 mil judíos fueron enviados al campo Treblinka. La última narra el secuestro de Eichmann que se hizo en 1960 en Buenos Aires y en el que participó la Tía Luba.

-Aparece la culpa en el relato. ¿Ese sentimiento atraviesa a las generaciones?

Sí. No quiero ser reduccionista pero creo que la culpa va mucho más allá de las biografía de Paie o de pagar una culpa, como se cuenta en el libro, de mi madre que se llama igual que la tía abuela asesinada. Después se instala como un rasgo de sentido mucho más amplio, se va transmitiendo de generación a generación. Después del libro me permitió reflexionar sobre esta condición culposa que en el libro aparece descripta en el personaje de la madre como un grado cero de la existencia, como la perpetuación de pagar por un otro que se llama igual que ella, pero creo que la culpa es dolor más impotencia. Eso es lo que la hace tan desesperante: es un dolor y la imposibilidad de ayudar o de reparar. Sin adelantar la trama, el cronista hace un proceso de elaboración con esa culpa y de lo que se trata es que el dolor quedará pero con la impotencia se puede trabajar, se puede convertir en acción.

-En particular la culpa de estar vivo, de haber sobrevivido entre tanta muerte y tanto horror.

No es que uno cuándo se siente culposo por una situación o se instala la dinámica de la culpa, porque la culpa no es individual es colectiva y se transmite en discurso y en lenguaje. Eso se instala y no es que uno sigue pagando culpas por el muerto pero sí que se instala como un tono que muchas veces tiene que ver con pedir disculpas por la felicidad. Ahí se instala algo que es colectivo y que forma parte del sentido común asociado a una colectividad que es esto de la queja judía, que es como si uno a través de la queja lo que estuviera haciendo es justamente aclarar: Ojo no todo es tan bueno como parece u Ojo porque yo no puedo estar o ser en plenitud porque tengo algo que no está bien claro que es pero me inhibe de seguir llorando por algo internamente. En el libro aparece sintetizado el origen de esa culpa en la figura de estos antepasados. En lo biográfico seguramente los procesos son más complejos, pero acá a los efectos de la narración ese origen está muy definido.

-Sólo en el tercer relato aclara que es una historia verdadera. ¿Por qué?

Porque el secuestro de Eichmann es la más periodística de todas. En las otras hay permisos para que se junten en la trama personajes que jamás se conocieron pero que sí habitaron un mismo espacio o aparecen voces de otros sobreviviente u otros partisanos que convierten a esto más en un relato coral que en una biografía familiar específica. En la tercera, como es más de acción, tiene una finalidad periodística que es la de iluminar esos días de cautiverio de Eichmann en un departamento de Belgrano, en el cual habría participado mi tía Luba. todo fue reconstruido con el aporte del libro La casa de la calle Garibaldi, escrito por el que fue el comandante de esa operación del Mossad, por el relato de la tía y también por el acercamiento a través de prensa de época. La aclaración tiene que ver con poner énfasis en la inscripción periodística de ese relato.

-¿Como fue indagar en su ascendencia familiar?

Fue muy bueno ese proceso. Nunca tuve estudios de constelaciones familiares ni me documenté sobre eso, pero dicen que la metodología sigue los rituales o los protocolos de la constelación porque tiene que ante los vacíos de sentido y de significación que se dan sobre todo en judíos descendientes de polacos de la Segunda Guerra por un montón de circunstancias, desde la destrucción de documentos y pueblos hasta la propia negación de las familias. Mucho de la reelaboración o refundación de tu propia historia o memoria familiar, tiene que ver con tus deseos o tus necesidades. Mis antepasados no son reconstruidos como héroes, sino al contrario: están mancillados, están vistos en sus zonas débiles, en sus zonas erróneas, pero esas zonas me remiten a sentidos que valor mucho en estos personajes, como un heroísmo en la debilidad, una posibilidad que se manifieste un quiebre síquico o un ataque de pánico en una heroína, como es en Tía Luba en el contexto del secuestro de Eichmann, u homosexualidad entre los partisanos o la condición moral bastante lábil en el caso de Paie, pero siempre aparecen redimidos por algo mucho más fuerte que es su capacidad para resistir y sobre ponerse a una circunstancia tan dramática.

-¿Y cómo el procedimiento periodístico de entrevistar familiares, que uno puede imaginar que no es lo mismo que tratar con fuentes a las que no se conoce?

En mi se dio muy naturalmente porque tanto como cronista como investigador, actualmente estoy haciendo una tesis sobre el tema de cronistas de la vulnerabilidad, siempre me manejé con un tipo de periodismo que es como si no estuviera haciendo periodismo. Uno vive su vida cotidiana o tiene un diario de anotaciones o conversa con familiares y eso va a parar a la historia porque siguen siendo narrativas de la no ficción, aún siendo íntimas o cercanas. Reivindiqué siempre esa posibilidad de empezar a ampliar las fronteras del periodismo. En el caso del ejercicio, para mí es muy natural: no reconstruyo marcos impostados de una entrevista, simplemente son charlas, conversaciones, charlas con amigos. La elaboración aparece después en la escritura pero el durante de la reportería, a excepción del viaje que sí me tuvo como más concentrado, fue manejarse como si vivieras, no como si estuvieras trabajando.

Fuente: Infobae

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