«El legado de Rabin, a 20 años de su muerte». Por Peter Berkowitz

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En medio de la ruptura de las negociaciones con los palestinos y una ola de ataques terroristas en todo el país, los israelíes se reunirán en la noche del 31 de octubre en Tel Aviv para honrar la memoria de Itzjak Rabin, asesinado hace 20 años. Y van a seguir disputando el significado de su muerte trágica para el futuro.

El 4 de noviembre de 1995, en el corazón de la metrópolis mediterránea de Israel, el primer ministro recibió un disparo en la espalda a quemarropa cuando salía de una manifestación por la paz a la que asistieron unas 100.000 personas. El asesino, Yigal Amir, era un estudiante de derecho y judío ortodoxo fanático. Amir fue consumido con la convicción de que la aplicación de los Acuerdos de Oslo de 1993, que Rabin, líder del Partido Laborista, había firmado con Yasser Arafat de la OLP en el Jardín de las Rosas de la Casa Blanca, traicionó al pueblo judío mediante la entrega a los palestinos de partes de la antigua patria que –en su visión fanática- Dios dio a los judíos.
Rabin fue un héroe de guerra y un hombre de centro-izquierda. Él fue visto como alguien con voluntad de hierro y completamente educado en la dura realidad del cruel barrio en el que Israel reside. Su sobriedad y pragmatismo, muchos pensaron, le hicieron el único capaz de lograr una paz con los palestinos que preservaría y tal vez mejoraría la seguridad de Israel. Esta percepción se ha reforzado con el paso del tiempo.
La tendencia de la izquierda israelí es ver el asesinato de Rabin como el momento crucial en la historia del Estado judío. En su vida, y más aún en su muerte, antes de que fuera asesinado Rabin – que firmó un tratado de paz con Jordania en 1994, un año después de Oslo – representaba la esperanza de una reconciliación histórica no sólo con los palestinos, sino también con el mundo árabe circundante. Hoy en día, un número creciente de israelíes están desesperados por llegar a una resolución decente al sangriento conflicto.
Pero la historia no suele ser tan ordenada. El acto atroz de Yigal Amir no impidió el desatamiento de poderosas fuerzas que continúan frustrando los esfuerzos de Israel para hacer la paz con los palestinos. Para hacerlo, es necesario hacer caso omiso de las ideas militantes que durante mucho tiempo han impulsado el nacionalismo palestino. También requiere pasar por alto las ambigüedades inherentes al sionismo que permitieron existir a Israel.
En su reciente libro, «Matar a un rey: El asesinato de Itzjak Rabin y la reconfiguración de Israel» Dan Ephron reitera la opinión de que el asesinato de Rabin «desató una reacción en cadena que podría cambiar el poder en Israel de las manos de los pragmáticos a las manos de los ideólogos». Sin embargo, a pesar de esta declaración, el autor cuenta una historia más sutil.
Ex jefe de la oficina de Jerusalén para Newsweek, Ephron cita al veterano periodista israelí Nahum Barnea, quien acuñó el término «víctima de la paz» para transmitir la ironía de un proceso de paz que había causado un aumento en lugar de un reflujo de la violencia. Los ataques suicidas que los palestinos lanzaron contra Israel a raíz de Oslo no se derivan de la creencia de que había ido Rabin lo suficientemente lejos y lo suficientemente rápido en la búsqueda de la paz. Venían del repudio a la noción misma de la coexistencia con Israel por parte de los terroristas.
Más aún, fueron los Acuerdos de Oslo y la muerte de Rabin los que despertaron los anhelos mesiánicos en Israel y dieron a luz al movimiento de colonos. Ambos fueron el producto de la victoria asombrosa de Israel ocurrida 18 años antes, cuando en junio de 1967 derrotó a Egipto, Jordania y Siria en la Guerra de Seis Días – guerra durante la cual el mismo Rabin se desempeñó como jefe del Estado Mayor- y conquistó de forma inesperada la península del Sinaí, la Franja de Gaza y Cisjordania.
La intoxicación por

la victoria había afectado a todo Israel, pero mucho más profundamente entre los nacionalistas religiosos. Muchos de ellos interpretaron el control israelí de la Ribera Occidental – al que se refieren con los términos bíblicos de Judea y Samaria, y que comprende una parte sustancial del antiguo Reino de Israel-, como el cumplimiento de las promesas divinas y como la presentación de una oportunidad de oro, si no la imposición de una obligación de construir comunidades judías en el corazón de la Tierra Prometida.
El columnista de Haaretz Ari Shavit se acerca más al argumento de que quizás Rabin no hubiera resuelto el conflicto, pero que su mezcolanza particular de virtudes es hoy más necesaria que nunca. «Él era fundamentalmente realista, escéptico y pesimista», escribe Shavit. «Sabía que el conflicto palestino-israelí era insoluble». Pero Rabin también creía que Israel debe esforzarse para mitigar el conflicto, por ello decidió «dividir la tierra» a través de «acuerdos provisionales».
¿Cómo se distingue Rabin de sus sucesores?
En julio de 2000 en Camp David, el primer ministro por Avodá (Partido Laborista) Ehud Barak hizo una generosa oferta que Arafat, por el entonces presidente de la Autoridad Palestina, renunció a las negociaciones. En agosto de 2005, el primer ministro del Likud, Ariel Sharón, entregó la Franja de Gaza a los habitantes de Gaza; desde entonces, Israel se ha visto obligado a poner en marcha tres operaciones militares para impedir que Hamás bombardeara a las poblaciones civiles israelíes con morteros y cohetes. En 2008, el primer ministro, Ehud Olmert, de Kadima (el partido que creó Sharon luego de renunciar al Likud) propuso un plan de largo alcance para un Estado palestino que el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbás, terminó rechazándolo en la mesa de negociaciones. Y a principios de septiembre, el primer ministro del Likud, Biniamín Netanyahu, declaró su disposición a entablar negociaciones sin condiciones previas. Abbás se ha negado a participar.
Cualquier evaluación sobria de la situación que Israel confronta tendría en cuenta la obstinación palestina para perseguir un acuerdo de paz basado en el principio adoptado por Israel y gran parte de la comunidad internacional de dos estados para dos pueblos. Sería reconocer que muchos de los terroristas palestinos adolescentes armados con cuchillos vienen de Jerusalén Este, poseen cédulas de identidad israelíes que les permitan viajar libremente por todo el país, y no son pobres ni oprimidos en cualquier sentido ordinario de esos términos. También sería reconocer que a través de sus escuelas, medios de comunicación del gobierno, y las mezquitas que funcionan bajo su vigilancia, la Autoridad Palestina persiste en adoctrinar a los que están sujetos a su autoridad con el odio hacia los judíos y el Estado de Israel.
Una evaluación pragmática también deberá luchar a brazo partido con los orígenes intelectuales de las divisiones políticas dentro de Israel entre judíos seculares y religiosos. Las semillas de esas divisiones están en las profundidades de la naturaleza del sionismo. El sionismo surgió en el siglo 19 como un movimiento laico y nacionalista. Trató de rescatar a los judíos de la persecución con la construcción de un Estado nacional moderno en el que podían valerse por sí mismos. Pero el poder que la imaginación judía ejerció sobre el sionismo político -ilustrada más dramáticamente por la convicción de que el Estado judío debe ser establecido en la tierra de Israel- fue una consecuencia del capital cultural acumulado por el pueblo judío durante milenios. Ese capital cultural estaba ligado a una vida dedicada al estudio de la Torá y el Talmud, y vivir de acuerdo con la ley revelada de Dios. El movimiento de los colonos y el mesianismo a los que son propensos tienen una raíz en el sionismo político que se supone que es su antítesis.
Para honrar la memoria de Itzjak Rabin y la sobriedad y pragmatismo que es su mayor legado, los israelíes deben realizar un claro ajuste de cuentas con las ideas que les separan de los palestinos, y las que los dividen entre sí.

*Peter Berkowitz es investigador de la Universidad de Stanford. Fuente: www.peterberkowitz.com. ■

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