De dictadores, pluralismos, Janucá y Navidad. Por Rab. Marcelo Polakoff

El Rabino Marcelo Polakoff de la Kehilá de Córdoba escribió en exclusiva para la CADENA JUDÍA DE INFORMACIÓN VIS A VIS un texto acerca de las coincidencias que se producen entre la festividad de Janucá, que comenzó el domingo y se extenderá por ocho días, y la Navidad. Además al finalizar la nota hay un video que fue dirigido y guionado por el rabino en conjunto con el Obispo Monseñor Pedro Torres llamado «Cuando llega diciembre», que a través de un sher de Navidad y un villancico de Januká entablan un diálogo musical interreligioso.

¿Qué otro nombre le pondría a la ciudad conquistada un gran dictador que no fuera el suyo propio? Antíoco Epifanes IV no fue muy original, y cuando hace más de 2150 años asoló Jerusalem en representación de una alianza greco-siria, dejó sellado –al menos por unos años- su opulenta identidad cambiándole el nombre a la ciudad santa, denominándola “Antioquía”.
Enferma costumbre la de los déspotas, la de querer perpetuarse en cuanto cargo, título o monumento aparezca. Es que no tienen ni la capacidad ni el espíritu lo suficientemente ancho como para comprender que aquellos que sin duda trascienden son precisamente los que no necesitan erigirse estatuas durante sus días, pues en ese “trascender” habrán hecho ascender a los que vienen detrás, que serán quienes inexorablemente se ocuparán de perpetuar sus nombres.
Les cuento esto porque el pueblo judío está festejando Janucá, que comienza exactamente un 25 del mes de Kislev, fecha que en algunos años coincide con el 25 de diciembre, algo que verán más adelante que no es casual.

Y esta antigua festividad de las luminarias es en última instancia la primera gesta por el pluralismo que registra la historia. Antíoco y su banda quisieron imponer por la fuerza sus helénicas leyes y costumbres. Así que entre otros decretos echó al sumo sacerdote del Templo, lo saqueó y lo profanó sacrificando allí cerdos en honor de Zeus; prohibió la circuncisión, el estudio de la Torá, la observancia del shabat y la celebración de las fiestas.

Pero no le fue muy bien gracias a los macabeos, que en base a una guerra de guerrillas que duró largos años, no se detuvieron hasta reconquistar Jerusalem en el 164 a.e.c. y para colmo, reinaugurar (esto significa “Janucá”) el Templo de Jerusalem, con milagro incluído. Todo esto lo pueden leer en los libros de los Macabeos.
La idea no tenía solamente que ver con volver a obtener la independencia, sino que fundamentalmente se trataba de una lucha por sostener la cultura popular que había sido violentamente avasallada. Justamente la festividad no recuerda en absoluto nada ligado a lo militar o a lo victorioso, sino que rescata el símbolo milagroso de la luz que se volviera a encender en el candelabro del Templo de Jerusalem como testimonio de que lo que ilumina, aunque provisoriamente sea velado, al final prevalecerá.
El tema de la luz no es menor e involucra uno de los fantasmas más ancestrales de la humanidad. Ya se relata en el Talmud que al mismísimo Adán le agarró un pavor descomunal al ver que los días iban acortando sus horas de luz hasta casi desaparecer por completo, por lo que este miedo era un miedo muy primitivo. Por eso distintas culturas en distintas geografías celebraban diversos rituales y ceremonias a fin de implorar por el retorno de la ansiada luz solar. Los persas encendían enormes fogatas y soltaban pájaros que portaban hierbas secas; los romanos celebraban el 25 de diciembre como el cumpleaños del sol y comenzaban sus festejos 8 días antes, y los griegos acostumbraban a realizar en esta época el festival a Dionisio, el dios helénico de la manía (el éxtasis y la locura) y del vino, que además de ser hijo de Zeus, era mitad varón, mitad mujer y a la vez mitad hombre y mitad animal.

Con lo cuál si creen que fue muy casual que Antíoco eligiera un 25 de Kislev del 167 para comenzar sus idolátricos festejos en pleno Templo de Jerusalem, están equivocados. Lo hacía como parte de uno de los más descabellados y frenéticos festejos paganos, que incluía entre otras cosas hombres y mujeres vestidos solamente con pieles de cervatillos o lobos y con coronas de hiedras, quienes se dirigían a las montañas con fogatas y varas adornadas con coloridas hojas para pasar allí la noche en un estado de éxtasis idolátrico, remojando sus antorchas en vino y alcohol para hacerlas arder y traer así más luz a esta oscura época del año, mientras danzaban y gritaban a la manera de los retratos más puramente dionisíacos.

Por ende, tampoco la fecha en que teóricamente los macabeos reinauguraron el Templo fue una fecha casual. Y ya les veo la pregunta que viene: ¿Y Navidad, que cae el 25 de diciembre?

Pues es tal cuál se lo imaginan. También nuestros hermanos cristianos, más adelante en la historia van a tomar (más de los romanos y su “Saturnalia” que de los griegos) este antiquísimo festejo pagano para insertar allí el nacimiento de Jesús. Así, en una época de plena nieve y oscuridad, dicho nacimiento traerá simbólicamente la luz, y el árbol reverdecido a pesar del invierno será el símbolo de la idea de la resurrección.

Más allá de oscuridades y resplandores, en una época en la que los dictadores siguen abundando, sería auspicioso que cada quien ilumine un poco, desde el pluralismo que nos caracteriza como humanos, para que nadie vuelva a imponer sus creencias por la fuerza.

Janucá Sameaj. Feliz Navidad.

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