Los judíos franceses, entre emigrar y esconderse ante el terrorismo islámico

Las kipás superan a las gorras en una de las calles con mayor presencia judía de París, pero aunque sus residentes portan esos pequeños casquetes rituales con renovado orgullo tras la reciente agresión antisemita en Marsella, no los prodigan fuera de sus círculos y sopesan al tiempo emigrar a Israel.

«Hay verdadera inseguridad en Francia; por eso nos estamos marchando poco a poco», asegura tajante Gad Elbaz, óptico de 28 años y vecino de la calle Petit, que en los últimos días se ha quitado u ocultado con gorras o capuchas la kipá cada vez que abandonaba su barrio. «No tenemos opción», recalca.

El ataque de un menor turco radicalizado con propaganda del Estado Islámico (EI) a un profesor que la portaba reavivó los temores de esa comunidad en Francia, golpeada tras la matanza del supermercado judío en enero pasado y la que cometió Mohamed Merah en 2012.

Como medida de protección, el presidente del consistorio israelita de Marsella, Zvi Ammar, invitó a los judíos a renunciar de forma temporal a la kipá.

Una sugerencia, rechazada por el resto de líderes judíos del país por derrotista, que ha encendido el debate en torno a este símbolo religioso y a la seguridad de sus defensores.

Elbaz, que lo viste de costumbre, evita sobre todo el metro y los suburbios de París, pero subraya que se siente señalado por doquier, también en los barrios adinerados. Por eso, da por seguro que partirá a Israel «en un año y medio o dos, como mucho».

Junto a él, su hermano menor Ichai, de 19 años, ya se ha mudado a Jerusalén, donde estudia informática. «En Israel, aunque el país esté en guerra, vivimos mejor que en Francia», destaca, tras relatar cómo una vez le robaron el teléfono móvil entre gritos de «sucio judío».

Tras los atentados de enero del año pasado, el primer ministro, Biniamín Netanyahu, instó a los judíos de Francia y del resto de Europa a establecerse en Israel, algo que hicieron cerca de 7.400 franceses en 2015, un 10 % más que en 2014, según cifras del Ministerio de Absorción.

Este movimiento convierte a Francia en el país que más ciudadanos aportó a la «aliyá» -el regreso a la considerada Tierra Santa- por segundo año consecutivo.

«Allí tenemos el derecho de defendernos, mientras que aquí no se atreven a identificar el mal», justifica Gad, que describe un ambiente hostil contra su religión desde hace unos diez años en Francia, donde reside la tercera comunidad judía más importante tras Estados Unidos e Israel.

Una impresión que las estadísticas apoyan, ya que en 2014 el 51 % de agresiones racistas se dirigió contra los judíos, frente a un 8 % contra los musulmanes, según los últimos datos del Ministerio de Interior francés.

Moshe Sebagg, rabino de la gran sinagoga de París, donde dos gendarmes custodian el exterior del templo, rechaza sin embargo que exista un fenómeno migratorio ligado a la inseguridad.

«No diría que se debe únicamente al temor. Establecerse en Israel es algo instalado desde hace décadas en el espíritu judío, y también está la crisis económica», apunta.

El miedo fue, no obstante, lo que impulsó la partida de la mejor amiga de Nava Diai y Eve Bibas. «Sus padres la mandaron a un internado en Jerusalén porque temen por ella», explica Diai. Los propios parientes de esta quinceañera abandonaron Marsella hace unos meses por el mismo motivo.

En el mismo barrio de las jóvenes, en el distrito XIX de la capital, Elie Sultan, de 43 años, regenta un establecimiento de artículos religiosos que ha perdido un 20 % de compradores en poco más de un año.

«Lo noto todos los días. En septiembre de 2014, después de las vacaciones de verano me di cuenta de que muchos de mis clientes no venían y comprendí que se habían marchado a Israel», lamenta.

Con resignación, Gad resume: «Amamos este país, hemos crecido y estudiado aquí, pero ya no quiere nada de nosotros». EFE/Aurora

DEJAR UN COMENTARIO

Please enter your comment!
Please enter your name here