Merkel, ante una difícil encrucijada. Por Andrés Reggiani

La crisis desatada por la ola de refugiados provenientes de Asia central, Medio Oriente y el norte de África, la más grave que Europa ha afrontado desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, ha vuelto a consolidar, una vez más, el papel central de Alemania como actor internacional. Junto con Suecia, Alemania ha sido el país europeo que ha aceptado el mayor número de refugiados en proporción a su población. La canciller Angela Merkel tuvo un papel fundamental en esto, al poner en juego todo su capital político e insistir, contra su propio partido (CDU) y su socio bávaro (CSU), en que no se podía permanecer indiferente ante semejante tragedia humanitaria y que los cientos de miles que se desesperaban por llegar a las fronteras alemanas constituían, además, una oportunidad histórica para el país.

Esa convicción optimista quedó simbolizada en el eslogan «lo lograremos» (wir schaffen das), que la jefa de gobierno no se ha cansado de repetir ante las críticas. Sin embargo, ese optimismo parece ahora puesto en jaque tanto por un factor externo (la guerra en Siria) como por otro interno: los sucesos del 31 de diciembre, en los que cientos de mujeres fueron agredidas sexualmente en Colonia y otras ciudades por pandillas de jóvenes extranjeros, en su mayoría refugiados de origen norafricano.

Ante el flujo de llegadas, sus críticos alertaron en estos días sobre la necesidad de encontrar una solución europea a la crisis (lo que se intentará en la cumbre europea de mediados del mes próximo), mientras el presidente federal, Joachim Gauck, se manifestó a favor de una «estrategia de limitación».

Más allá de esto, la actitud original del gobierno alemán y de todas fuerzas políticas, con excepción del partido derechista Alternativa para Alemania y el movimiento xenófobo Pegida (siglas en alemán de Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente), ha combinado una pizca de sensibilidad humanitaria con una gran cuota de realismo político. Ante una tragedia de dimensiones colosales y una Europa incapaz de forjar una política común (o peor aún, que cerraba sus fronteras), parecía no haber otra opción políticamente razonable que aceptar a todos los que quisieran venir a Alemania, especialmente cuando en muchos casos era claro que no podían o no deseaban ir a otro país.

Independientemente de sus consecuencias, la decisión gubernamental de aceptar entre 800.000 y un millón y medio de refugiados oriundos del mundo musulmán en plena ofensiva global de Estado Islámico (EI) y tras los atentados de París (febrero y noviembre de 2015) ha marcado un cambio radical en la política migratoria. Ningún país antes había abierto sus fronteras a tantos extranjeros en tan poco tiempo a sabiendas de que la mayor parte de ellos permanecería de manera definitiva. No hay razón para dudar de que tras la postura de Merkel hay una convicción personal que hunde sus raíces en el recuerdo de la emigración de alemanes de la RDA hacia Berlín Occidental en 1989. La experiencia traumática de la emigración forzada y las expulsiones de alemanes tras la Segunda Guerra Mundial también contribuyó a la simpatía inicial que muchos alemanes más ancianos mostraron hacia los nuevos refugiados.

Pero el fenómeno inusitado ha sido la participación masiva y espontánea de ciudadanos corrientes en la tarea de asistir las necesidades más urgentes de los recién llegados. El trabajo voluntario fue y sigue siendo la faceta más novedosa de una revolución cívica cuya importancia reside en el hecho de haber constituido el magma social que hizo posible el «lo lograremos» de Merkel. Ante un Estado cuyas capacidades logísticas se vieron desbordadas y una clase política vacilante (cuando no escéptica), los sentimientos de solidaridad que impulsaron a miles de alemanes a tomar la iniciativa y establecer una extendida y eficiente red asociativa de asistencia al refugiado apuntalaron «desde abajo» la política de Merkel y mantuvieron a raya las corrientes xenófobas que empezaban a cobrar fuerza.

La política hacia los refugiados también resultó una eficaz arma en la «batalla cultural» desatada por la crisis financiera de 2008-2014. La postura oficial y la revolución cívico-solidaria permitieron al gobierno de Merkel dejar atrás el sabor amargo de la crisis griega, en la cual Alemania logró imponer su postura, pero a costa de quedar asociada con la ortodoxia fiscal, la estrechez política y la falta de sensibilidad cultural.

Alemania ha cruzado un nuevo Rubicón. Como en 1989, a partir de 2015 nada volverá a ser como era antes. La crisis de los refugiados ha planteado el desafío sociocultural más profundo desde 1945. Su desenlace, cada vez más incierto, está sujeto a un conjunto de factores sobre los cuales Alemania puede o no tener alguna influencia.

La economía juega un papel fundamental. Si se mantienen los niveles de crecimiento y consumo actuales, aumentarán la demanda de empleo y la recaudación, lo cual permitirá a los refugiados que ya cuentan con un oficio o profesión insertarse en el mercado de trabajo, y al gobierno, financiar los programas de inserción social y capacitación laboral, tarea urgente si se tiene en cuenta el número abrumador de niños y adolescentes sin o con muy poca escolarización.

Otra señal que permite albergar la esperanza de un final feliz es la situación del inmigrante. Alemania es, después de Estados Unidos, el destino más codiciado por aquellos que desean o se ven forzados a emigrar, según el último informe sobre la situación de la justicia social en Europa que acaba de publicar la Fundación Bertelsmann. De los 28 países relevados, Alemania ocupa el séptimo puesto en el promedio general de todos los índices tomados en cuenta y el segundo puesto (debajo de Suecia) en materia de políticas de integración de extranjeros. Pese a los episodios del 31 de diciembre, comparada con otros países con importantes minorías musulmanas, Alemania no presenta hoy fenómenos estructurales de tensión racial que tengan derivaciones políticas graves. Las razones de esta peculiaridad deben buscarse, por un lado, en el relativamente bajo nivel de segregación espacial de la población musulmana, cuya mayoría es de origen turco y buena parte de la cual está integrada a la sociedad; por el otro, en la abstención de participar de las intervenciones militares que derrocaron a Hussein y Khadafy, lo que ha hecho más difícil la difusión de un resentimiento antioccidental en el cual eche raíces el jihadismo.

Este horizonte de expectativas moderadamente optimistas, sin embargo, se ha ido ensombreciendo en las últimas semanas por la guerra en Siria y la situación de inestabilidad en el mundo árabe-musulmán, desde Marruecos hasta Afganistán. Esta crisis alimenta los flujos migratorios hacia Europa a la vez que deja a Alemania más expuesta a represalias terroristas luego de que, tras los atentados de París, Merkel envió un pequeño contingente militar a Siria en apoyo de las operaciones francesas contra EI.

Otro problema es el fracaso de las negociaciones para establecer un mecanismo rápido y eficiente que permita distribuir los refugiados según las posibilidades de cada país. De no lograrse un acuerdo, Alemania reintroducirá los controles fronterizos, una medida no del todo irrazonable si se tiene en cuenta que la prioridad hoy es atender las necesidades del más de un millón de refugiados ya presentes en el territorio que continúan viviendo en condiciones precarias.

La posición de Merkel se ha venido debilitando también por el carácter masivo de la violencia contra las mujeres en Colonia. La impunidad con que actuaron los perpetradores causó estupor y suministró munición pesada a los partidarios de una política migratoria más dura. Desde el ala conservadora de la coalición gobernante (CDU

CSU) los ataques a la política de Merkel se han vuelto moneda corriente y nadie descarta que su instinto de supervivencia le haga pegar un nuevo golpe de timón. En la sociedad, la cultura de la bienvenida, aunque no ha desaparecido, se ha ido debilitando, sobre todo por la incertidumbre y el miedo. En consecuencia, las expresiones xenófobas han ganado espacio y capacidad de movilización. Hoy no es la afirmación optimista «lo lograremos» la que mejor capta el ánimo dominante entre los alemanes, sino su variante escéptica: «¿Lo lograremos?».

Docente investigador (Universidad Torcuato Di Tella)

Fuente: Lanación.com.ar

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