Arabia Saudita corta relaciones diplomáticas con Irán

La decisión de Arabia Saudita de romper las relaciones diplomáticas con Irán tras la quema de la embajada saudita en Teherán constituye una escalada en una enemistad de larga data entre ambos países. La dinámica que subyace arroja luz sobre una serie de tendencias claves en el Medio Oriente.

La primera, evidente desde hace media década, es la contínua caída de la confianza por parte de Arabia Saudita y en menor medida de otros países del Golfo en el poder de su patrón tradicional: Estados Unidos de América. El nuevo enfoque proactivo saudita, primero patente en la intervención de las fuerzas del «Escudo de la Península» del Golfo en Bahréin, en 2011, para sofocar en ese país una incipiente rebelión chií, emana de la fuerte sensación de que Washington ya no ve los intereses de Riad como alineados con los suyos propios.

El abandono por parte de EE.UU. de un aliado de larga data como lo fue el presidente egipcio Hosni Mubarak, en 2011, confirmó para los sauditas la sensación de que la actual Administración estadounidense está operando en el Oriente Medio de acuerdo con un conjunto de percepciones bastante ajenas a las suyas, y que muy probablemente terminarán en un desastre.

La conclusión del acuerdo sobre el programa nuclear de Irán, el 14 de julio pasado, puso el broche de oro sobre esta percepción saudita. EE.UU., a los ojos de Arabia Saudita, está buscando un acercamiento con un Irán peligroso y expansionista. Este deseo de acercamiento se basa, en opinión de Riad, en una percepción estadounidense muy equivocada de que Irán está dispuesto a transformarse en un actor regional razonable, a cambio de la satisfacción de algunas de sus ambiciones.

Con EE.UU. indisponible, ya que no está dispuesto a actuar para frenar las ambiciones iraníes, Riad ha tratado de hacerlo por sí mismo. La intervención saudita contra los hutíes, apoyados por Irán en Yemen, y la ayuda de Arabia Saudita a los rebeldes sirios que luchan contra el cliente de Irán -el régimen de Assad- en Siria son indicaciones de este enfoque.

En cuanto a Irak, Riad está profundamente preocupado por la creciente influencia de Irán, pero el apoyo de EEUU al gobierno de Bagdad -dominado por los chiís- y la baja influencia saudita entre la población suní significará que los sauditas no tienen ningún cliente fuerte.

Del mismo modo, el apoyo de Arabia Saudita al golpe militar en Egipto, en julio de 2013, en contra de la posición de Estados Unidos, refleja las preocupaciones de Riad con respecto a la proliferación de los Hermanos Musulmanes en toda la región (una amenaza que desde entonces ha disminuido en importancia).

Por ello el actual rompimiento de las relaciones es el último episodio de una confrontación contínua en toda la región entre Irán y Arabia Saudita, que se deriva de la percepción de Riad de que la elección que enfrenta es organizar de manera proactiva contra Teherán o verlo dominar el Medio Oriente.
Esta sensación se deriva, en primer lugar, del vacío dejado por el deseo estadounidense de retirarse de un involucramiento activo en la región.

Arabia Saudita no está sola en sus percepciones. Bahréin, que está más preocupado por la amenaza iraní debido a su población mayoritariamente chií, también ha roto relaciones diplomáticas con Teherán. Kuwait ha retirado su embajador. Los Emiratos Árabes Unidos, el principal socio comercial Teherán en el Golfo, han rebajado sus relaciones, reemplazando a su embajador por un funcionario de la embajada a cargo. Qatar también podría hacer lo mismo. Un poco más lejos, Sudán, también, ha roto las relaciones diplomáticas en «solidaridad» con Riad.

El segundo elemento subyacente relacionado con la confrontación entre Arabia e Irán es el crecimiento de la prominencia de los marcadores sectarios como factores de la organización de la política regional.
Las diferencias sectarias no son nuevas. Lo que es nuevo es el colapso y el eclipse efectivo de tres estados de la región gobernados anteriormente con dureza por regímenes militares – Siria, Irak y Yemen-. En los tres estados, las organizaciones político-militares que buscan representar a determinados elementos sectarios o étnicos entre las poblaciones dispares de estos espacios son los principales factores que están haciendo la guerra sobre las ruinas de esos países.

En esos tres estados, Irán y Arabia Saudita están apoyando a bandos opuestos, y en las tres áreas, la ayuda corre a lo largo de líneas sectarias –los sauditas apoyan a la insurgencia sunita en Siria, los iraníes respaldan al régimen de Assad, dominado por los alauitas, etc. Así la rivalidad estatal saudita-iraní ha colisionado y ha estado siendo intensificada por un proceso mucho más amplio. Se trata de la remodelación de grandes extensiones de tierra de la región a lo largo de líneas sectarias y el despertar de identidades largamente suprimidas o eclipsadas.

Pero para Arabia Saudita, el crecimiento de los movimientos populares islamistas y yihadistas entre las poblaciones árabes sunitas es un motivo de preocupación, así como de manipulación. Organizaciones como el Estado Islámico, Al Qaeda y los Hermanos Musulmanes desafían la legitimidad del estado saudita. Países como Qatar y Turquía son competidores por el liderazgo de los sunitas.

Al tratar de convertirse a sí mismo en el campeón de una percibida defensa sunita contra la invasión chií liderada por Irán, Riad también está mirando de costado también a su propia población y a las poblaciones árabes sunitas en otros lugares. Necesita demostrar también su propia fuerza, a fin de ser creíblemente representado como un defensor apto de los intereses sunitas por estos movimientos o estados sunitas rivales.

Es notable que el rey saudita Salman ha demostrado estar más dispuestos a alinearse con las fuerzas islamistas suníes que su antecesor, el rey Abdullah, que los consideraba como enemigos. Este hecho ha sustentado, por ejemplo, la participación de los aliados (proxies) sauditas en la coalición rebelde Jaish al Fatah en Siria, junto con Al Qaeda y otras fuerzas jihadistas salafistas.

Así que la decisión de Arabia Saudita de ejecutar al jeque Nimr al Nimr, que desencadenó la crisis actual, y la posterior ruptura de relaciones diplomáticas con Irán no es sólo un simple producto de las rivalidades entre sunitas y chiís. También ha estado conformada por preocupaciones intra-sunitas.

Por último, la congregación parcial, pero notable de los países del Golfo (y Sudán) detrás de los sauditas es testimonio de la asimetría de la batalla sectaria y la disputa saudita-iraní en la región. Irán tiene capacidades en los campos de la guerra asimétrica y la subversión mucho más allá que las de Riad. Está en el proceso de tratar de forjar una alianza con un poderoso actor global que busca ejercer influencia en el Medio Oriente (Moscú).

Pero Teherán también tiene una debilidad estructural incorporada. Tal como sus actividades en Yemen, Irak, Siria, Líbano y entre los palestinos lo demuestran, Irán no es capaz de construir alianzas profundas y duraderas con fuerzas externas a los chiíes y las minorías asociadas. Y los chiíes son una minoría en la región, demasiado pocos en número como para formar una base para la hegemonía regional. El mundo árabe suní mayoritario permanece suspicaz y cauteloso con respecto a los designios de Teherán.

El resultado de esto es que la interferencia iraní en cada caso hasta ahora no ha llevado a la victoria iraní ni a la reconstitución de la zona como un aliado de Irán. Más bien, la interferencia iraní conduce a la inestabilidad y al conflicto continuo, con el cliente iraní ni derrotado ni totalmente victorioso. Irán crea el caos. Pero no ha comenzado a reconstruir un nuevo orden de ese caos.

Así que bienvenidos al Oriente Medio del 2016: colapso estatal, el Islam político como lenguaje dominante, un ambicioso Irán a la cabeza de una alianza de los chiís y las minorías, y Arabia Saudita buscando movilizar la resistencia sunita a los planes iraníes, en competencia con otros diversos actores sunitas. Todo esto ocurre en el contexto de la ausencia de Norteamérica y los intentos rusos de construir una presencia.

La decisión de Arabia Saudita de cortar las relaciones diplomáticas con Teherán representa una escalada dentro de esta grave realidad antes que un nuevo cambio radical.

Fuentes: Jpost.com.

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