Moisés Ville: el Pésaj, en el rincón de los gauchos judíos

Un coro de música hebrea irrumpe desde la sinagoga Barón Hirsch y quiebra el silencio de este pueblo de campo conocido como la pequeña Jerusalén de la Argentina. Ésta es la primera colonia judía agraria de América del Sur y es el último de los sitios nacionales propuestos como Patrimonio Mundial ante la Unesco. Es Pésaj, o Pascua, una celebración que dura una semana y arrancó el viernes último; por eso hay música en este pueblo de 2400 habitantes perdido en la pampa húmeda, al oeste de Santa Fe, que conserva tres sinagogas; dos bibliotecas con libros en hebreo, ídish y ruso; una escuela y un seminario de maestros hebreos; un hospital judío, y el primer cementerio israelita de la Argentina. El cementerio está cerrado en los días de fiesta. También lo está el museo, que lleva el nombre del primer rabino que llegó a estas tierras, Aarón Goldman.

En los hogares las mujeres preparan la cena del Séder, una de las celebraciones de Pésaj. Y los paisanos buscan su kipá para ir a la sinagoga. Por la noche todas las familias se reunirán para celebrar la libertad del pueblo judío de la esclavitud, una costumbre milenaria que aún se conserva.

En la puerta de la sinagoga, construida en 1890, el maestro Luis Liebenbuk saluda a los paisanos que llegan: «Shabat Shalom«. Las maestras -o morot- del pueblo y los paisanos, descendientes de los primeros colonos judíos que llegaron desde Ucrania en 1889, dialogan en hebreo. Los judíos practicantes son hoy minoría en el pueblo. Pero sus costumbres y sus tradiciones aún signan la vida de toda la colonia. Hasta las calles dan cuenta de esta historia: Estado de Israel y Teodoro Herzl es el nombre de una esquina pueblerina.

Cerca de allí, a un paso de las primeras viviendas comunitarias, está la casa de Alberto Lind. «Beto», como lo conocen todos, no va a la sinagoga. Pero su educación judía le sirve para ganarse la vida: en su bicicletería esculpe con paciencia de artesano las lápidas grabadas en hebreo. Aprendió el antiguo idioma en la escuela Iahadut.

Abraham Kanzepolsky vive justo frente a la sinagoga Barón Hirsch, donde se canta y se reza en hebreo. Abraham, oIngue («pibe»), tiene 85 años. Su padre y su abuelo llegaron a principios del siglo XIX. Él se crió en el campo, allá donde las 136 familias originales provenientes de Ucrania en 1889 tuvieron las primeras tierras a través de la Jewish Colonization Association. «Todos hablábamos en ídish», dice Abraham, sentado junto al samovar que sus padres trajeron desde Europa del Este.

Los vínculos con los antepasados son fuertes. Y están presentes en cada casa judía. Eva, la directora del museo, tiene en su casa un samovar que trajo su abuela rusa, Jashe Migdalevich. «Primero tomaban té con un terrón de azúcar en la boca. Luego lo usaron para tomar mate con los gauchos. Fue la primera manera de comunicarse, ya que no compartían el idioma», relata la mujer que hizo un inmenso trabajo para preservar documentos históricos.

Eva no sólo conserva el samovar. También, las tradiciones de sus abuelos. El día de Pésaj preparó una cena de Séder que consta de sopa con kneidalaj, un plato con verduras amargas -para recordar la amargura de la esclavitud-; papa, que simboliza la rudeza del trato recibido en el cautiverio; huevo, que recuerda la tristeza por la salida del templo; lechuga, que representa el paso de la esclavitud a la libertad, y carne. La ceremonia, relata Eva, se completa con el relato del Hagadá, narración de la esclavitud y la liberación del pueblo hebreo en Egipto.

Luis Liebenbuk, el maestro hebreo, recrea el Hagadá con su familia. Los hijos varones preguntan por qué esta noche es distinta. Y el padre cuenta la larga historia, que incluye las 10 plagas que sufrió el pueblo de Egipto, y luego se alaba a Dios por la salida de la esclavitud. Es un rito que se vive con intensidad aquí, en la ciudad de Moisés, en el medio del campo argentino.

 

Autor: María José Lucelole para La Nación

 

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