
La investigación judicial contra Pilar Rahola por presunta incitación al odio y complicidad con genocidio no solo interpela a una de las voces más firmes en defensa de Israel. También obliga al mundo judío a preguntarse qué hacer cuando la solidaridad, la memoria y la denuncia del terrorismo parecen invertirse hasta querer convertirla en delito.
Durante años, Pilar Rahola fue y es mucho más que una periodista o una analista política para gran parte del mundo judío. Es una voz clara en medio del ruido, una intelectual que eligió hablar cuando otros callaban y que, sin especulaciones ni medias tintas, defendió el derecho de Israel a existir y a defenderse frente al terrorismo.
Por eso, la acusación impulsada por la fiscalía española por supuesta incitación al odio y complicidad con genocidio genera algo más que sorpresa o indignación: produce un profundo desasosiego.
Porque la pregunta ya no es únicamente qué ocurre con Pilar Rahola.
La pregunta es otra, mucho más incómoda: ¿qué hacemos los judíos del mundo cuando defender a Israel empieza a ser presentado como una forma de odio?
El innovador río artificial de más de 130 kilómetros que ideó Israel
Durante décadas, el antisemitismo mutó de lenguaje, de símbolos y de formas. Ya no siempre aparece con los viejos estereotipos o consignas explícitas. Muchas veces se disfraza de discurso humanitario, de activismo selectivo o de moralismo político. Y en ese proceso, quienes denuncian el terrorismo, el doble estándar o la demonización del Estado judío pasan a ocupar, paradójicamente, el banquillo de los acusados.
Ese es quizás el aspecto más alarmante del caso Rahola.
No se trata solamente de una causa judicial. Se trata de un mensaje cultural. Un mensaje que parece decir: defender a Israel puede tener consecuencias.
El caso de Pilar Rahola también abre un debate ineludible sobre la libertad de expresión. Porque más allá de simpatías o diferencias con sus opiniones, resulta profundamente preocupante que una voz pública pueda ser judicialmente perseguida por expresar su apoyo a Israel y su condena al terrorismo. Cuando la Justicia comienza a intervenir sobre ideas, opiniones o posicionamientos políticos, el riesgo ya no alcanza solo a quien hoy está acusado: amenaza a toda sociedad democrática.
¿Entonces dónde nos paramos?
¿En el silencio prudente para evitar ser señalados?
¿En la autocensura para no incomodar?
¿O en la convicción de seguir hablando, incluso cuando el costo es alto?
Pilar eligió hace tiempo su lugar. Nunca buscó agradar a todos. Nunca moderó su discurso para encajar en consensos cómodos. Dijo lo que pensaba aun sabiendo que eso traería ataques, campañas de difamación y hostilidad.
Memorándum del Engaño: cuando los acuerdos apagan la verdad. Por Rabino M.Ed. Rubén Najmanovich
Tal vez por eso su caso interpela tanto.
Porque obliga a cada judío, y también a cada persona comprometida con la verdad, a responder una pregunta íntima: si quienes nos defienden son perseguidos, ¿vamos a dejarlos solos?
Defender a Pilar Rahola hoy no implica adherir a cada una de sus palabras o posiciones. Implica reconocer algo más esencial: que en una democracia la defensa de Israel y la denuncia del terrorismo no pueden convertirse en prueba de culpabilidad.
Si eso ocurre, el problema deja de ser Pilar Rahola.
El problema pasa a ser el mundo que estamos construyendo.
Y allí, más temprano que tarde, todos tendremos que decidir de qué lado pararnos
Gustavo Szpigiel
Director de Vis á Vis
