El terrorismo islámico y la guerra que cuesta asumir. Por Julio María Sanguinetti

Cada uno en su campo, el policial, el militar, el político o el espiritual, los líderes de Occidente deben estar dispuestos a dar batalla a los enemigos que le han declarado la guerra a nuestra cultura de libertad.

Los atentados de Niza y la decapitación de un anciano sacerdote católico que oficiaba misa han puesto a Francia (y a toda Europa) frente a dos cambios cualitativos en la guerra con el terrorismo islámico: ya no hace falta una gran organización para agredir, basta un frustrado o un psicópata que se motive en el discurso islámico de la humillación por Occidente para lanzarse a matar y morir; el ataque a los cristianos no se da sólo en el Oriente, sino que aun en el corazón de Normandía puede ocurrir algo tan terrible como un asesinato filmado. De paso, no olvidemos que aquí, entre nosotros, se mató a un uruguayo judío por fanatismo y que el arma asesina la empuñó un maestro uruguayo perturbado, que había encontrado en la religión musulmana un camino a la sublimación heroica.

El Gobierno de Francia, el de la histórica república laica, ha sido débil en la defensa de sus mayores valores. Por miedo a ser acusado de incurrir en islamofobia, se tolera el velo en las estudiantes universitarias, el ominoso velo, símbolo de discriminación femenina. Por el peso de una seudotradición de izquierda, no se emplea la legal pérdida de la ciudadanía a aquellos que la obtuvieron y hoy militan en organizaciones extremistas. Por temor a los disturbios, se maneja a medias la fuerza pública en aquellos lugares donde predominan los salafistas o el narcotráfico.

Cuesta pensar cuál es la agresión que todavía hace falta para que se asuma la necesidad de instalar una orden de combate del Estado democrático. Del único que asegura las libertades políticas y los derechos humanos y que no puede tener vergüenza de asumirse como superior frente a estas religiones del odio.

Naturalmente, el tema no está solamente en Francia: Alemania está siendo agredida y la canciller Ángela Merkel, que valerosamente asumió una conducta generosa hacia los refugiados de las zonas orientales en conflicto, se la está viendo mal frente a una opinión pública que reacciona por crímenes que difunden el temor. No olvidemos que la musulmana Turquía también está sufriendo sangrientos ataques de esos mismos grupos radicales que hieren profundamente su turismo.

El gran problema es que los demócratas —sean conservadores, liberales, socialistas o democristianos— no asumen cabalmente las consecuencias de ese estado de guerra y siguen creciendo los nacionalismos xenófobos. Nos vamos aproximando, paso a paso, a la hipótesis de la novela Sumisión: una opción política entre estos neofascismos o las corrientes islámicas transformadas en partido político.

Sumándose a las confusiones de los Gobiernos, el papa Francisco ha contribuido con otra actitud anfibológica, como las que últimamente ha empleado. Afirmó: «El mundo está en guerra», porque ha perdido la paz y no tiene miedo a decirlo. Pero añadió: «El mundo está en guerra, pero no es una guerra de religiones». «Hablo en serio de una guerra de intereses, por dinero, por los recursos de la naturaleza, por el dominio de los pueblos». Parecería que el líder de la Iglesia Católica vive en otro mundo, porque ¿cuál es la motivación del asesinato de Niza o de todos los que han degollado y decapitado enemigos delante de las cámaras de televisión? ¿No pertenecen todos, sin excepciones, a organizaciones musulmanas radicales que proclaman la destrucción de Israel y de Occidente? Es más: ¿No se matan entre ellos chiítas y sunitas, del mismo modo que lo vienen haciendo desde que se disputan el legado del Profeta?

¿Intereses? ¿Se puede hablar simplemente de intereses? Esos terroristas que se inmolan con chalecos explosivos, dispuestos a morir por Alá con tal de matar cristianos o judíos, ¿no son fanáticos religiosos?

Entendemos que el Papa no quiera excitar aún más el odio, pero, si reconoce que hay guerra, ella se libra entre enemigos, como lo dice la lógica más elemental. De un lado, está toda la civilización occidental y del otro, el islam radical en sus diversas vertientes. Ya sabemos que no son todos los musulmanes, pero en ese escenario es donde quizás el Papa podría ayudar, promoviendo un diálogo interreligioso, en que los musulmanes pacíficos, ayudados por el mundo tolerante, puedan realmente librar su batalla interna y lograr el predominio del lenguaje de la paz. No es verdad, como dice el Papa, que todas las religiones quieren la paz. Algunas sí y otras no. O algunos grupos sí y otros no. Y de eso se trata, de entender que las religiones que no quieren la paz deben ser derrotadas, en el terreno de los hechos desde ya, pero también en el de las conciencias, que es el más importante. Si no se desarma claramente la prédica del odio en mezquitas y madrazas, si no se enfrenta claramente y sin temores a los predicadores fanáticos, Occidente verá su fin. O el de los valores que lo configuraron, aunque sobrevivan sus Estados como cáscaras vacías.

Todo empieza por asumir, entonces, que si estamos en guerra, debemos combatir. ¿Contra quién? Contra los enemigos, los que nos declararon la guerra y quieren imponernos su religión retrógrada y su intolerante visión del mundo. Con ellos estamos en guerra y debemos luchar. Cada uno con sus armas, pero no dejarse vencer por el temor o la cómoda indiferencia.

El autor es abogado, historiador y escritor. Fue dos veces presidente de Uruguay.

Fuente: Infobae.com

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