Filosofía y zapatos de goma

Cómo un filósofo de apellido impronunciable se convirtió en una figura convocante. Otredad, Johnny Rotten, religiones y angustia.

Por Julieta Mortati

Allá está el hombre que escribe sobre la piedra. Pronuncia enfáticamente cada consonante de las palabras como si el conocimiento se traspasara con golpecitos sobre el hueso duro del cráneo. Tiene atados los rulos engominados con una colita, un toque de coquetería que remata con un buzo, jeans y zapatillas de lona.

Son las diez y media de la noche y Darío Sztajnszrajber (pronúnciese “shtainshraiber”), el divulgador de filosofía más convocante de los últimos años, está hablando sobre la otredad en el CCK en el marco de la segunda edición de “La noche de filosofía”. La sala está llena y parece el recinto de una iglesia, no tanto por la monumentalidad del lugar, sino por la disposición del público, sentado en dos hileras, mirando al frente, dejándose llevar por el sentido que aquél dispone para la tribuna. “Hay un prejuicio para mí que está bueno deconstruir que es pensar a la religión como un todo homogéneo asociado al dogma y a la ausencia de pensamiento. Eso es falso porque es desde el interior de la religión que se gestó la modernidad. Somos hijos de un paradigma teológico que aunque secularizado sigue sosteniéndose como dispositivo. El fútbol es una religión. Sus rituales, su prácticas, sus cultos. Los famosos el mundo del espectáculo son una religión.”

Hijo de un padre y madre comerciantes de Villa Crespo, la primaria la hizo en el colegio religioso Ben Gabirol (“lo religioso en mi educación primaria fue muy fuerte porque dios estaba presente todo el tiempo dogmáticamente, y fue la necesidad de lidiar con eso lo que habilitó todo una búsqueda muy importante”). En su juventud, militó en grupos que bregaban por un judaísmo más abierto y a la filosofía la descubrió a los quince años cuando la bibliotecaria de la Hebraica, de quien él estaba enamorado, le dio para leer Humano demasiado humano de Nietzsche. “Me acuerdo que lo abrí en el subte, leí las primeras cuatro líneas y tuve la sensación de no entender absolutamente nada de lo que estaba leyendo. Pensé que estaba mal escrito, que estaban mal puestas las comas, pero estaba embelesado. Había algo en esa literatura que me generó deseo.” Después se anotó a estudiar Letras en Puán, pero cuando leyó El banquete de Platón y La genealogía de la moral de, otra vez, Nietzsche, en la materia de Tomás Abraham, se pasó a Filosofía. Enseñó lo aprendido en secundarios por 18 años y hoy sigue dando clases en la materia Sociedad y Estado del CBC. Hace unos años, al iniciar la materia una alumna le preguntó cuándo venía el profesor. “Y yo le decía, yo soy el profesor, pero usted es el actor de Mentira la verdad, me contestaba y no me creía nada.” Su forma pedagógica de enseñar los temas más difíciles del pensamiento cautivó a quien en ese entonces era directora de Canal Encuentro cuando era su alumna en Flacso y le propuso hacer un programa de televisión que fue Mentira la verdad y ya lleva cuatro temporadas. Los programas se ven en secundarios porque allí trata con un lenguaje de ficción temas de la filosofía (la angustia, lo real, Platón, Hobbes, el tiempo, Descartes, el amor) en media hora. Al poco tiempo, llevó su manera de enseñar, que vuelve lo complejo en algo accesible y no por eso sencillo, a la radio con una columna en el programa Metro y Medio de Sebastián Wainraich y luego lo empezaron a llamar de programas de televisión deportivos para compartir su perspectiva filosófica de asuntos coyunturales. Hace cuatro años hace una obra de teatro a sala llena con la que también recorre el país, Desencajados, donde mientras él va hablando de la filosofía, algunas canciones del rock nacional van dialogando con él.

¿En qué consiste el método de este filósofo en zapatillas y remera que predica sobre el ser como otros evangelizan sobre el tener, el parecer o el superarse? Tal vez parte de la respuesta esté en esa misma estética, en esa capacidad para combinar la erudición con el stand up, lo trascendente con el café con leche. Basta escucharlo hablar para comprobarlo. Es curioso -e ilustrativo- el manejo de la respiración del relato oral que tiene frente a la audiencia, la manipulación de los tiempos y los silencios que introduce, generando la ilusión de suspenso. Cada tanto, infaliblemente, apela a una anécdota de otra época y la relata con tono narrativo. Eso no falla: genera empatía y que el público estalle de risa. Introduce malas palabras, o juega con el significado de algunas otras, como por ejemplo: “La rectora era recta, y tenía cara de recto. Era orto… doxa en sus formas”.

Podríamos decir que su arte reside en haber introducido el lenguaje llano, el humor y la humildad (su poca soberbia, su poca pose de intelectual, su remera de los Pistols, su modestia, etc) en la filosofía, y, como sabemos, hablar de filosofía es hablar de nosotros.

Ahora estamos en la última charla del Centro Cultural Konex en la que 300 personas se congregaron a escucharlo hablar sobre los griegos los ocho martes más fríos de este invierno. La sala también está llena. Al final, explota en aplausos y hombres y mujeres, jóvenes y adultos, se acercan al escenario a saludarlo. Él se sienta al borde y los escucha. Algunos sólo quieren darle un beso y sacarse fotos, le llevan flores y bombones de regalo, mientras otros le hacen preguntas con libretas y birome en mano y cara de preocupados como si fuera el final de una clase.

-¿Por qué creés que la filosofía convoca tanto público?

-Yo siento que hubo una transformación importante en los consumos culturales relacionados a la academia en esta mixturación con los medios de comunicación masivos y otros géneros no tradicionales. Creo que hubo un momento de inflexión con el canal Encuentro que puso a la filosofía y al mundo de las ideas en un lugar de consumo cultural. Eso, en consonancia con la revolución transmediática y nuevas formas de acceso a la comunicación, formó un combo donde empezaron a tener cierta erotización temáticas que antes no garpaban.

Además de las clases y su trabajo en los medios, a Darío lo llaman también las empresas. “Hay un interesante desplazamiento del mundo de la empresa a este tipo de lenguajes que anteriormente no garpaban para nada. Hay una moda de lo existencial y de lo improductivo que puede aportar a una mejor productividad. El mundo del arte y el mundo de la empresa apuestan a su reinvención permanente.“

-Ahora que estás en la tele, ¿por qué seguís dando clases en el CBC?

-En los medios trato de no hacer nada que no hago en un aula, soy muy celoso de cuidar ese espacio. Me nutre mucho el contacto directo con los alumnos porque yo provengo de ahí. También siento que es una devolución estar ahí y que me resulta un entrenamiento. Es un espacio donde aprendo y crezco tratando de que chicos de 18 años se interesen por la reflexión, la pregunta y la política.

Julieta Mortati es periodista. Fundó la editorial Tenemos las máquinas. Colabora en distintos medios. En Twitter es @julietamortati

Fuente: La Agenda – Buenos Aires

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