Nuevo capítulo de la vanidad francesa sobre el conflicto palestino-israelí. Por George Chaya

Había prometido ser absolutamente diferente de su predecesor, pero el presidente de Francia, François Hollande, terminará su mandato de cinco años como una pobre caricatura de Nicolas Sarkozy.

Hollande, como Sarkozy, será un presidente de un único mandato. Sarkozy tuvo su momento de heroísmo al bombardear Libia; del mismo modo, Hollande hizo su propio ridículo en el desierto de Malí. En su mandato, Sarkozy cambió de esposa; Hollande reemplazó a una vieja novia por una nueva. Así, ambas administraciones fueron sacudidas por escándalos políticos, financieros y sexuales del tipo que hubieran hecho estremecer a los chismosos contadores de cuentos del antiguo Imperio bizantino.

Ahora, para completar su imitación de Sarkozy, Hollande también patrocinó una conferencia internacional sobre Palestina, un tema que hace a las élites occidentales sentirse bien consigo mismas y sobrellevar sus conductas psicoculposas de la Segunda Guerra Mundial. Aunque como Sarkozy, Hollande no consiguió ningún resultado positivo para palestinos e israelíes. Esta vez sólo hay una diferencia: Sarkozy celebró su conferencia sobre Palestina antes de la navidad de 2007, Hollande convocó a la suya el pasado fin de semana, cuando Santa Claus ya había pasado por el Viejo Continente.

Pero la pregunta ineludible es: ¿De qué se trató todo esto? El ministro francés de Relaciones Exteriores Jean-Marc Ayrault y otros altos funcionarios han planteado una serie de «objetivos», todos presentados como variaciones sobre el tema de la paz, cuando en realidad no han sido más que un manojo de «buena voluntad europea».

«Nuestro objetivo es una paz justa», sostiene el ministro. El problema es que la paz nunca es justa y esto es así sencillamente porque toda paz sólo crea un nuevo statu quo en el que gana una de las partes de la guerra que lo precede y la otra parte pierde. Incluso si consigue todo lo que quiere, el vencedor todavía se sentirá de alguna manera despojado de parte de su botín. El vencido, por otro lado, se verá a sí mismo como víctima de la injusticia porque tiene que inclinarse ante el dictado de su derrota.

Los funcionarios franceses también hablan de buscar una paz negociada. Sin embargo, nunca ha habido una paz negociada, aunque las modalidades de forjar nuevas relaciones entre los beligerantes pudieran ser negociadas.

Lo cierto es que la historia de la guerra y la paz es tan larga como la historia humana. La paz siempre es impuesta por el vencedor después de que el vencido haya admitido la derrota.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, hemos conocido numerosas guerras como resultado de los cambios de fronteras y territorios que se han producido en más de cuarenta países en todo el mundo. En todos los casos, el vencedor dictó sus términos y los vencidos aprendieron a vivir con ellos, aunque con rencor. Por ejemplo, Rusia se aferra a vastos territorios que ganó de China en las guerras fronterizas de los años sesenta. También ha anexionado las Islas Kuriles, arrebatadas a Japón en 1945. Y eso sin mencionar los territorios que Rusia ha anexado recientemente de Georgia y Ucrania.

China, por su parte, ha anexado segmentos de las tierras altas de Cachemira a la India mientras tironeaba territorios de otros vecinos, en particular Vietnam.

Los dos miembros con derecho a veto del Consejo de Seguridad no son los únicos en anexar los territorios de otros pueblos. En el otro extremo del mundo, Chile ha anexado la única salida al mar de Bolivia, mientras que Venezuela ha rapiñado el territorio colombiano con la ayuda de la guerrilla narcomarxista.

En Europa, Serbia ha visto cómo Kosovo, su histórico corazón nacional, fue arrancado y convertido en un mini Estado semi independiente, hoy base del terrorismo yihadista en el Viejo Continente.

En Transcaucasia, con la ayuda de Rusia e Irán, Armenia ha anexado el enclave de Alto Karabakh de su vecino Azerbaiyán; África subsahariana está plagada de ejemplos de cambios de fronteras como resultado de guerras que dispararon las ambiciones de distintas dictaduras.

Muchos de los 57 miembros de la Organización de la Conferencia Islámica (OCI) también están involucrados en disputas territoriales entre ellos. Incluso la Guerra de Vietnam terminó cuando Vietnam del Norte, como vencedor, impuso su objetivo de anexar el Vietnam del Sur a Estados Unidos como perdedor.

Es cierto que se pueden citar los acuerdos entre Israel, por un lado y Egipto y Jordania, por el otro, como ejemplos de paz negociada. Pero allí también el vencedor logró su objetivo, que fue el reconocimiento por sus dos vecinos árabes. Así, Egipto y Jordania abandonaron su objetivo inicial de guerra que era impedir la creación y posteriormente el reconocimiento de Israel. Lo que se negoció sólo fueron los términos de la implementación y así se estableció una paz fría.

Hoy se escucha a funcionarios franceses hablar —poéticamente— de establecer «la paz entre los valientes». Sin embargo, en realidad nunca ha habido registro de tal paz; los valientes no hacen la paz, luchan hasta el final por más amargo que resulte. Sólo los pequeños mortales hacen la paz oyendo las canciones de sirena de gloria vana. La paz es sólo la paz, una píldora amarga administrada por el ganador de una guerra y de mala gana tragada por el perdedor. Agregar cualquier adjetivo a la paz no modifica en nada.

La causa principal del problema de Israel y Palestina es la intervención del mundo exterior, en particular de las Naciones Unidas, en una situación de guerra y paz que es una relación absolutamente íntima y exclusiva entre las naciones en pugna. La intervención extranjera ha impedido a Israel dictar sus términos como vencedor, como todos los vencedores lo han hecho a través de la historia, y ha persuadido a la autoridad palestina para no admitir la derrota y dejar de estimular el terrorismo.

Los franceses pueden utilizar lenguaje de la diplomacia poética y hasta idealista, y llamar a tantas conferencias como deseen sobre el conflicto palestino-israelí. Pero antes deberían tomar contacto con el mundo real y convocar a una gran conferencia internacional sobre el mundo árabe islámico para enfrentar y acabar con el terrorismo que, desde algunos años, los golpea en su propio suelo y contra el cual han demostrado una alarmante ineficiencia en la prevención del flagelo que ha costado la vida de cientos de sus ciudadanos. Así y sólo así pavimentarán el camino a un mundo mejor. Todo lo demás no excederá a una definición de diplomacia poética y un camino hacia ningún lugar.

Fuente: Infobae.com

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