De Yenin a Gaza. Por Fernando Palmero

Los calificativos han sido esta vez menos obscenos. Matanza de Israel, titulaba su editorial un diario de tirada nacional española. Y en el texto, se especificaba que fue el resultado de disparar con «fuego real» y no con «material antidisturbios» contra una manifestación de «carácter civil».

Sucedió algo similar hace años en Yenín. Entonces se habló de «genocidio». La ONU confirmaría luego el balance de víctimas: 56 muertos palestinos y 23 soldados israelíes. Y denunció la utilización como escudos humanos por parte de Hamás de la población civil del campamento de refugiados, que la organización yihadista utilizaba como refugio base y lugar de entrenamiento para planificar incursiones de terroristas suicidas en Israel. La idea del genocidio, sin embargo, fue apuntalada, entre otros, por José Saramago, ya Premio Nobel de Literatura, y Rosa Montero, en unos artículos en 2002 que Sultana Wahnón no dudó en calificar de judeófobos en El estigma imborrable (Hebraica Ediciones).

Judeófobo era también el panfleto Indignaos (Destino), de Stéphane Hessel, en el que denunciaba su «principal indignación» después de leer el informe de Richard Goldstone sobre Gaza de septiembre de 2009. El ejército israelí, escribía Goldstone, había cometido «actos asimilables a crímenes de guerra y quizás (…) a crímenes contra la humanidad». Ante eso, el diplomático francés, que se convirtió en referencia ineludible del 15-M, justificaba a Hamás: «La reacción popular no puede ser únicamente no violenta». No rectificó Hessel cuando el propio Goldstone, en un artículo en The Washington Post en 2011 se corrigió y pidió disculpas por haber escrito el informe sin «saber lo que ahora sé». Y concluía: «No hubo crímenes de guerra».

El pasado 14 de mayo se produjo la ofensiva final de Hamás a la frontera israelí, hostigada desde el 30 de marzo. El balance total de víctimas ronda el centenar. Fueron miles los heridos. El lunes, el día más sangriento, murieron 62 personas. Pero no todas eran civiles. Un dirigente de Hamás, según informó la CNN, reconoció que 50 de ellas eran «mártires» de su organización. La prensa española casi no se hizo eco de sus palabras y continuó pidiendo una salida «diplomática». Israel sabe que no se negocia con terroristas.

Quizá Vargas Llosa viaje de nuevo allí para darnos su versión. Al fin y al cabo es el único lugar en el que aún se siente de izquierdas.

Fernando Palmero

elmundo.es

DEJAR UN COMENTARIO

Please enter your comment!
Please enter your name here