Nisman y el nudo gordiano de los espías. Por Héctor Gambini

Sandra Arroyo Salgado empezó el año diciendo que lo más importante había sido concluir que Alberto Nisman había sido asesinado y lo terminó renunciando a ser parte en la causa, cansada de las amenazas y para salvaguardar la intimidad familiar, según ella misma argumentó en una carta presentada al juzgado de Julián Ercolini.

¿Qué significa su renuncia?

En términos de la investigación práctica, casi no tiene relevancia. El caso sigue impulsado por la fiscalía de Eduardo Taiano y otra parte querellante, la de la madre de Nisman, representada por el ex fiscal Pablo Lanusse.

No pasa nada si una querella sale del expediente: los trámites hasta pueden ganar agilidad -hay una «parte» menos para notificar de las medidas y también para pedir diligencias judiciales- y ninguna prueba pierde valor o deja de serlo porque la querella ya no esté.

Si la querella que sale de la causa pidió una medida que sirvió para imputar a un sospechoso, esa situación queda inmodificable aunque luego la querella deje de formar parte de la causa. Es decir: ni el expediente ni la investigación se ven afectadas.

Pero es innegable que la salida de Arroyo Salgado y de sus hijas Iara y Kala del expediente tiene un efecto simbólico: ellas eran la cara visible de la familia pidiendo justicia y la actuación de Arroyo fue absolutamente activa desde el primer día.

Cuando el caso aún estaba en manos de la justicia ordinaria -aquella fiscal Fein que trató por todos los medios de probar un suicidio que nunca encontró-, la querella de Arroyo Salgado impulsó la investigación hacia horizontes que a la fiscal le costaba explorar. Y sus peritos de parte fueron los primeros en hablar de asesinato.

Ya con la causa en la justicia federal y el crimen como principal hipótesis de la investigación, la jueza federal de San Isidro ha estado deslizando su fatiga por seguir adentro del expediente. Más que nada, por un pedido expreso de sus hijas, a quienes quiere preservar de la exposición mediática.

«Las chicas ya no toleraban que, cuando la querella pedía una medida, en los medios pusieran Las hijas de Nisman piden…; era algo que las afectaba en su normal desarrollo de adolescentes», contó alguien que conoce a Arroyo Salgado. Iara y Kala Nisman tienen hoy 19 y 12 años.

Hace 10 días, la jueza llegó a la fiscalía especial que investiga la muerte de Nisman -en la calle 25 de Mayo, a pasos de la ex Side- y le anticipó al fiscal Taiano que ya no estaba en condiciones de seguir en la querella y que deseaba retirarse por razones estrictamente familiares. No habló entonces de las amenazas que luego mencionó en su carta de renuncia al caso.

Las últimas amenazas habrían sido por causas de narcotráfico que investiga en su juzgado federal de San Isidro, pero con expresas menciones a Nisman. Y a sus hijas. No está claro si fueron telefónicas o escritas porque la jueza no las denunció.

«Por cada denuncia se abre otra causa, y para el peso familiar de vivir de ese modo significa de alguna manera no terminar más… parte de bajar la exposición es también tratar de correrse de esas situaciones», explicaban ayer fuentes cercanas a la jueza.

Hace un mes, Arroyo Salgado detuvo a un comerciante dueño de boliches y concesionarias de autos en San Martín acusado de importar una tonelada de cocaína por semana en avionetas que bajaban en Dolores y General Belgrano. El caso había llevado al propio intendente de Dolores, Camilo Etchevarren, a decir que los jueces locales estaban «terriblemente coimeados» y que por eso mismo «Dolores es el mejor lugar para vender droga».

La jueza hizo 42 allanamientos y terminó deteniendo a Gustavo Sancho, un misterioso personaje de San Martín que había sido mencionado en el caso del crimen de Candela Rodríguez cuando se trabajaba en la pista del narcotráfico.

San Martín es el lugar donde los narcos prendieron fuego un juzgado y dejaron amenazas escritas contra la gobernadora María Eugenia Vidal, cuyos culpables jamás se encontraron.

¿Vienen de ese lado las amenazas a Arroyo Salgado que la precipitaron a bajar el perfil y correrse de la causa Nisman?

A menos de un mes de que se cumplan cuatro años del asesinato del fiscal que había denunciado a Cristina Kirchner y a parte de su gobierno por encubrir a los acusados por el atentado a la AMIA, la investigación de Taiano llega a fin de año centrada en dos ejes principales.

Por un lado, los entrecruzamientos de llamadas de más de 150 líneas telefónicas, la mayoría de ellas asignadas a espías que durante la mañana del domingo en que Nisman sería hallado muerto en su departamento hablaron frenéticamente, como nunca lo habían hecho antes entre tantos al mismo tiempo y mucho menos en un domingo de enero.

Por el otro, se esperan para los próximos días un informe oficial de Prefectura aclarando quiénes de sus hombres exactamente vigilaban a Nisman el fin de semana en que ocurrió el crimen y a quiénes reportaba cada uno de ellos.

El de los espías es el nudo gordiano del caso Nisman. Los investigadores están convencidos de que quien consiga desatarlo hallará en su interior la llave principal para acceder a la verdad.

Cuando se llamaron tanto entre ellos aquella mañana, Nisman ya estaba muerto, pero aún el país no lo sabía. ¿Ellos sí?

Los llamados ocurrían mientras los custodios policiales del fiscal comenzaban aquel inolvidable paso de comedia de dudar durante 11 horas acerca de qué hacer porque Nisman no les contestaba. Las dudas siguieron hasta que un cerrajero abrió la puerta del departamento y hallaron al fiscal en el baño en suite de su habitación y con un tiro en la cabeza.

Ni el arma tenía huellas de Nisman ni Nisman tenía huellas del arma. No se disparó él, pero para llegar a esta conclusión se gastaron más de dos años en chicanas judiciales y maniobras inclasificables de una puja para evitar que el caso pasara a la justicia federal.

El punto central de los espías sigue siendo una cuestión a la que cuesta entrarle.

Los expertos de la Policía Federal -con el propio jefe Néstor Roncaglia a la cabeza- analizan las llamadas con equipos de última generación y van pasando las novedades a la fiscalía. Y desde la AFI -la ex Side- mandan datos sobre algunas cuestiones acerca de aquellos espías mencionados -Fernando Pocino, Alberto Massino, Juan Martín Mena- pero aún falta mucho camino por recorrer y habría nombres nuevos.

A ellos hay que agregarle más llamados cruzados de César Milani, el jefe del Ejército de Cristina que había montado su propio sistema de inteligencia paralelo.

«En algunas cuestiones se avanza pero en otras se invoca «secreto de Estado» y entonces hay cuestiones burocráticas que hacen que todo sea más lento de lo que debería», cuentan quienes siguen el día a día del caso.

Otro tema son los recursos de la fiscalía especial que investiga la muerte de Nisman: trabajan allí sólo ocho empleados contratados, cuando en cualquier fiscalía federal lo hacen al menos 15 personas y, en los juzgados, no menos de 30.

Son ellos para investigar quiénes mataron a Nisman y por orden de quién, más otras cinco causas conexas, entre ellas las de una posible «zona liberada» la noche del crimen, la del encubrimiento y la de las amenazas previas a Nisman, cuando el fiscal aún trabajaba en su denuncia contra la presidenta.

Este año aquella denuncia de Nisman fue elevada a juicio oral, pero aún no hay fecha para que Cristina se siente en el banquillo. El propio Nisman había escrito: «La gravedad institucional de esta denuncia no debe convertirse en obstáculo para la investigación judicial…».

Tampoco debería serlo la gravedad de su muerte aún impune. Pase el tiempo que pase. Y esté quien esté en el expediente pidiendo justicia en nombre de su familia.

Clarin

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