¿Qué tal si desde aquí, la capital futbolística de Barcelona, iniciamos una campaña llamada #boicotaqatar22?”, se preguntaba ayer John Carlin, y, como pueden imaginarse, después de tantas columnas dedicadas a denunciar a la dictadura qatarí, me apunto con entusiasmo a la iniciativa.
Lo de Qatar en general, y lo del Mundial en particular, clama de tal manera al cielo, que sólo el enorme estómago del fútbol, capaz de tragarse engendros repulsivos, podía digerir tamaña barbaridad. Personalmente, no me cabe duda de que, detrás de la concesión de ese Mundial, hubo una corrupción al por mayor, no en vano el país con la renta per cápita más alta del mundo, gracias a sus gasodólares –que, igual que construyen estadios, financian a yihadistas–, no tiene apuros en comprar voluntades. Y voluntades debía de haberlas cuando se perpetró la famosa votación secreta y a puerta cerrada, en la FIFA, que dejó al mundo estupefacto escogiendo a Qatar en lugar de EE.UU. En las previas, las cocinas habían hecho su trabajo: Sarkozy invitaba a comer en el Elíseo a Platini, por entonces presidente de la UEFA y vicepresidente de la FIFA, y, zas, por ahí estaba el emir de Qatar, Tamim bin Hamad al Zani, y su primer ministro, Hamad bin Yasim. También los acompañaba Sophie Dion, que más tarde presidiría el grupo de amistad Francia-Qatar de la Asamblea francesa y que, según Le Monde, administraba una cátedra en la Sorbona sobre Ética del Deporte (sic) financiada por una fundación del emirato. De esa comida nacerían los 76 millones de euros, pagados a tocateja, por Qatar Sports Investments para comprar el PSG y, previsiblemente, esos cuatro votos decisivos que, según Blatter, habían roto “el acuerdo de caballeros”. “La elección de Qatar fue el resultado de la intervención francesa”, añadiría más tarde. Previamente, y según The Sunday Times, se había firmado un contrato con Al Yazira que incluía un bonus de 100 millones de dólares para la FIFA si Qatar se llevaba la competición. Nadie pareció alertarse…
Dólares, dólares y gasodólares por doquier que compraron no sólo voluntades sino también silencios e impunidades, y ahí la vergüenza de la elección de un país sin tradición futbolística, que llega a temperaturas de 50 grados con una humedad del 80% y que obligará a mover la Champions y parte de las ligas europeas, con el evidente riesgo de sobrecarga para los jugadores. Pero si es una aberración para el fútbol, es una ignominia para la humanidad, porque se organizará en una tiranía que vulnera todos los derechos básicos, acumula dos mil trabajadores muertos –sí, ¡dos mil!– en las obras de los ocho estadios en construcción y ha sido denunciada por todas las organizaciones humanitarias, mientras sus vinculaciones con el terrorismo son harto conocidas. Esto será el Mundial 2022, dinero de sangre usado para blanquear miserias y llenar bolsillos sin escrúpulos. Una inmensa indecencia.


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