Más de 500 palabras sobre Kipur, la tía Isabel, el tío Moni y mi papá. Por Delia Sisro

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La tía Isabel llegando de Martínez temprano porque no viajaba, ellas yendo al templo de Helguera, yo, un poco más atrás, tocando el tapado de piel que mi mamá había desempolvado para la ocasión. Yo, contenta con mi ropa nueva y blanca, con los zapatos siempre un poco apretados. En el medio no recuerdo más nada. Mi memoria va directo a la taza de té con flores rosas y borde dorado. El té con cakes, la sopa con arroz, muerra de queso y un sinfín de comidas que tampoco puedo enumerar. Como si diera lo mismo lo que venía después. Siempre muchas, siempre humeantes, siempre ricas. Lo importante era el estricto orden en el que se cortaba el ayuno. Progresivo, cuidadoso, como si la moderación impuesta nos salvara del salvajismo en el que nos dejan las restricciones.
También recuerdo que mi tía Isabel a veces se acordaba que no había encendido ninguna velita recordatoria y mi mamá, apresurada, le preparaba una antes de que no se pudiera.
Mi tía siempre se reía y traía bombones de damasco y bombones de cereal con chocolate. Tal vez no hacía todo eso junto, tal vez no lo hacía para kipur, pero así lo fui acomodando en mi memoria y el recuerdo se embellece.
Siempre me conmovió el Día del perdón. Lo he “cuidado” de variadas formas, inclusive descuidándolo.                                                                                                           Me conmueve la mucha gente que, al menos por un rato, una noche al año, necesita estar con otros haciendo casi lo mismo.                                                                                Me conmueve el modo en el que el recuerdo y la memoria se aúnan y se imponen, me conmueve que cada quien se sienta llamado por algo: el sonido del shofar, la comida previa compartida y apurada, el modo milimétrico de distribuir los últimos segundos en que se puede comer, me conmueve que alguien, alguna vez, haya tenido la absurda idea de ayunar y muchas generaciones y generaciones no lo hayan cuestionado. Tan lejos de eso: las explicaciones y la exégesis encuentra cada vez más maneras de justificarlo.               Me conmueven los años en que, cuando la tía Isabel ya no venía, yo pasaba el día entero con mi mamá, y cuando llegaba mi hermano, siempre nos sentábamos con la tía Jaci a reírnos de algo, a contar cuánto faltaba para comer y qué comeríamos primero.                  Me conmueve recordar al tío Moni que no “cumplía” pero que nos regalaba plata a cada uno de los que habíamos hecho el ayuno completo. Ese modo extraño que tenemos los adultos de promover aquello que incluso no nos convence del todo.                                              Me conmueve que ahora el ayuno se corta en mi casa y que, indefectiblemente, quiero el mismo orden: té, sopa de arroz, muerras, innumerables comidas.                                  Me conmueve el recuerdo de mi papá -cuando trabajaba en el templo- contando todos los que habían ido a encender una vela por alguien.                                                           Me conmueve el recuerdo de no haber estado en su último Kipur.                                      Me conmueve saber que encenderé una vela por él. O por mí.                                  Porque somos los vivos los que necesitamos una luz que ilumine la oscuridad en la que nos dejan los ausentes.

Lic.Delia Sisro: Escritora-Docente

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