Se estrenó en Netflix el documental sobre el caso Nisman: «El fiscal, la presidenta y el espía»

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El segundo de los seis episodios de El fiscal, la presidenta y el espía -la serie documental que hoy estrenó Netflix-se titula «¿Suicidio?». Y el quinto, «¿Homicidio?». Son las preguntas más inquietantes y más aterradoras que esta meticulosa investigación expresa a lo largo de sus 392 minutos. Pero están lejos de ser las únicas. En el caso de la muerte del fiscal Alberto Nisman, ocurrida el 18 de enero de 2015, suicidio y homicidio son las palabras clave de las dos posturas irreductibles que orientan la investigación del hecho.

El realizador británico Justin Webster y su laborioso equipo internacional tomaron esas dos palabras como punto de partida. Al final, después de seis horas a la vez agotadoras y apasionantes, queda bien claro que nunca estuvo en el ánimo de los responsables de este documental salir en busca de pruebas y emitir ese dictamen definitivo que la Justicia todavía le debe a toda la sociedad argentina. Lo había advertido Webster cuando estrenó este trabajo en el Festival de San Sebastián. La función de un documental de largo aliento como este, dijo, no es otra que «aportar claridad a su objeto de estudio y hacer su contribución para el esclarecimiento de la historia». Esclarecer un caso tan delicado como la muerte de Nisman corresponde a otro tipo de instituciones, cuya orfandad queda aquí de paso en completa evidencia.

Esta conducta le otorga todavía mayor relevancia a una investigación que por sus características y por el objeto que estudio que aborda adquiere características excepcionales, sobre todo para el espectador argentino. Estamos demasiado acostumbrados sobre todo en el periodismo televisivo testimonial a las ruidosas promesas de «revelaciones impactantes y definitivas» sobre los hechos más conmocionantes de nuestro pasado reciente. Con más tiempo y más honestidad intelectual, Webster y su equipo eligen no caer en este tipo de arrogancias. Por eso consiguen llegar mucho más lejos.

Lo que esta producción hace es resumir en esas dos palabras hechas pregunta (¿suicidio?, ¿homicidio?) el gran interrogante que agobia a la Argentina desde 1994. A partir del atentado que destruyó la sede de la AMIA el 18 de julio de ese año vivimos en una realidad sin respuestas frente a una sucesión encadenada de hechos trágicos, dolorosos, agobiantes y crueles que deben ser clarificados porque de lo contrario sus culpables (responsables de muchas muertes) quedan impunes.

Si vemos los seis episodios sin pausas, en modo binge-watching, observamos que de tanto en tanto Webster recurre a una línea de tiempo para ordenar el complejísimo tablero en el que se sumerge. Y en cada anclaje en esa secuencia cronológica que arranca en el atentado a la AMIA y concluye hoy encontramos algunos denominadores comunes. La política promete respuestas a las víctimas y nunca cumple con sus palabras. Las investigaciones casi siempre fracasan por falta de rigor, profesionalismo y voluntad en dosis parecidas. Y la palabra de los protagonistas casi siempre queda atrapada en el laberinto de una polarización a la que Webster y su equipo aluden explícitamente al principio y luego mantienen con sutileza como una constante a lo largo de todo el relato.

En otras palabras, la imposibilidad de saber cómo murió Nisman se explica aquí en términos retrospectivos. Si la investigación por lo que pasó en la AMIA quedó en la nada, parece imposible establecer con claridad cuál de las tres hipótesis expuestas por la fiscal Viviana Fein («¿se mató, lo obligaron a hacerlo o lo asesinaron?») es la que corresponde a los hechos. Y en el medio aparece otro costado inquietante del gran drama argentino reciente: la trama oscurísima de complicidades entre los servicios de inteligencia y el poder judicial, sobre todo durante el kirchnerismo. En un momento se dice que Néstor Kirchner insinuó al comienzo de su mandato en 2003 la posibilidad cierta de cortar de cuajo ese tipo de vínculos tan opacos y peligrosos. El documental concluye que ese intento duró apenas un mes. Luego todo volvió a la «normalidad». En este sentido, el extenso testimonio que brinda el exagente de inteligencia Antonio Stiuso resulta revelador para unir todos los eslabones que hasta allí estaban dispersos.

Impresiona a la vez la cantidad y la pluralidad de testimonios obtenidos por los autores de este documental. En seis horas desfila la mayoría de los protagonistas de esta enmarañada trama. Algunos de los que hablan responden a las preguntas que una voz en off se hace en un castellano de acento anglosajón. Están aquí todas las posturas y puntos de vista imaginables, que en el fondo se resumen en una opción binaria: quienes creen que Nisman se suicidó y los que piensan que fue asesinado. Tal vez quienes lleguen al documental con una posición tomada fortalezcan sus convicciones tras verlo. Pero a la vez no podrán ignorar los argumentos planteados desde la visión opuesta. Esto queda a la vista sobre todo cuando hablan los expertos criminalísticos enrolados en una u otra postura.

En ese extenso desfile de testimonios se resume la inmensa complejidad del cuadro. Las personas más cercanas a Nisman lo defienden con fervor. Y se suman otros para dejar a la vista aspectos más complejos de la personalidad del fiscal. Aparecen desde el exterior funcionarios de la CIA o el FBI que actuaron en la Argentina y que aportan miradas poco conocidas y a veces reveladoras. Impactan los testimonios de algunos actores cuyo lugar en la trama nunca termina de quedar claro, como el caso de Stiuso y el de Diego Lagomarsino.

Y entre todas las declaraciones, la más destacada por su valor periodístico es la del ex canciller Héctor Timerman, ya muy enfermo. «Nunca medimos las desventajas, que fueron mucho más grandes que las ventajas», dijo sobre el memorándum de entendimiento con Irán, eslabón clave de la trama porque Nisman murió cuando iba a ratificar en el Parlamento en aquél enero de 2015 su denuncia contra la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner por su presunta participación en el encubrimiento del atentado contra la sede de la AMIA.

La narración de El fiscal, la presidenta y el espía es clásica, fluida y fiel a los requisitos del género. Cada vez que se invoca o involucra a una persona ésta aparece para decir lo suyo. Se alternan aquí los testimonios con imágenes tomadas del expediente (las secuencias grabadas en el departamento de Nisman son especialmente inquietantes) con discretas dramatizaciones, un montaje muy prolijo y alguna monocorde estridencia en la banda sonora. El abordaje es múltiple y simultáneo: hablan fiscales, abogados, políticos, ex funcionarios, periodistas (entre ellos Hernán Cappiello, de LA NACION), peritos, investigadores. Y hasta Alberto Fernández, que también expresa sus dudas y no se vuelca por ninguna hipótesis respecto de lo que ocurrió con Nisman. El frenético montaje de segmentos periodísticos que cierra las seis horas deja la sensación de que cualquier posible prueba para esclarecer hechos tan dolorosos queda inevitablemente sepultada en un mar de palabras estériles.

La Nación

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