Acostumbrarse a acostumbrarse. Por Jorge Rozemblum

una nueva realidad cotidiana
una nueva realidad cotidiana

La actual pandemia, además del dolor por los muertos y convalecientes, nos ha traído una nueva realidad cotidiana. De hecho, una realidad que cambia de mes en mes, de semana en semana.

Los gobiernos de todo el mundo tratan de imponer “una” Nueva Normalidad. Pero ésta se resiste a asumir una forma más o menos definida y aceptada por la comunidad científica internacional, desde los epidemiólogos a los economistas.

Ahora mismo, el gran dilema del hemisferio norte es cómo organizar y garantizar la educación escolar. No sólo como plataforma para la formación de los más jóvenes, sino también como sustituto del hogar y la familia durante las horas lectivas/laborables.

Nadie ha conseguido dar con una fórmula social aceptable a largo plazo. Aquella que nos permita llegar indemnes hasta que se implemente una solución contundente en forma de vacuna o tratamiento preventivo global.

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En lo que va de este nefasto 2020, prácticamente toda la población mundial ha tenido que adquirir nuevas costumbres. Por ejemplo, no salir a la calle sin mascarilla, ni reunirse en grandes grupos con desconocidos (teatros, cines, estadios deportivos, etc.).

Pero quizás no sea eso lo peor, sino la necesidad de acostumbrarnos a variar constantemente de usos y costumbres, hasta la propia forma de trabajar, desplazarnos y comunicarnos.
Hemos gozado de un par de generaciones para aquí de una estabilidad social sin parangón en la historia del mundo. Aunque lógicamente a nivel local han tenido lugar conflictos bélicos, desastres naturales y accidentes catastróficos.

Pero ninguno de estos graves incidentes ha llegado a alterar nuestra manera habitual de obrar, establecida por la repetición de actos rutinarios que evolucionan lenta, progresiva y secuencialmente, como los nuevos modelos y prestaciones que nos presentan cada año los mercados tecnológicos. No fue así antes de estos últimos 70 años, con guerras, hambrunas y epidemias descontroladas y caóticas.

Si miramos en perspectiva, los judíos somos uno de los colectivos que más nos hemos visto obligados a cambiar de costumbres (y geografías e idiomas y culturas).

Tal “plasticidad” ambiental nos ha reforzado en algunos de los talentos más relevantes para sobrevivir a dichos cambios: poliglotismo, ayuda mutua comunitaria y hasta la conversión de nuestras posesiones en valores ligeros y fácilmente transportables.

Seguramente muchos no simpaticen con este carácter errante, capaz de sobrevivir sin ataduras a un terruño, considerado tribal y cerrado, pero no es una característica “innata” de este pueblo, sino históricamente adquirida tras vernos obligados a adaptarnos a nuevas condiciones (sirva de ejemplo, la Expulsión de la Península Ibérica después de más de un milenio de habitarla), tal como el verdadero espíritu de la teoría de la evolución darwiniana: no la supervivencia del más fuerte, sino de quien es más capaz de adaptarse a las cambiantes circunstancias del entorno.

De acostumbrarse a tener que acostumbrarse de tiempo en tiempo.
Shabat shalom
Jorge Rozemblum
Director de Radio Sefarad
www.radiosefarad.com

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