Homenaje a la doctora Gisella Perl, médica en Auschwitz. Por Martha Wolff

El artículo “Parteras del Horror”, homenaje a Gisella Perl
El artículo “Parteras del Horror”, homenaje a Gisella Perl

El artículo “Parteras del Horror”, que fue publicado el 20 de agosto en el diario La Nación, es una denuncia. También una búsqueda de los hijos huérfanos de padres verdaderos por haber sido dados por muertos por obstetras que comerciaron con ellos. Esas mujeres a la vez huérfanas.

De hijos que salieron con sus vientres y brazos vacíos luego de dar a luz, llevando un luto eterno mientras sus hijos eran entregados a cambio de dinero. Esos hijos por algún mandato secreto percibieron que algo se les ocultaba. Una mano invisible los fue llevando a encontrarse como grupo para iluminar su origen y pertenencia.

Conmovida ante esos hijos, así como los que fueron robados del Proceso y en otras brutales circunstancias , escribí esta reflexión. Le sumé múltiples situaciones en las que las mujeres se vieron y ven expuestas ante situaciones críticas al quedar embarazadas y asumir la maternidad.

Como periodista a veces pienso cómo se van entramando ciertos temas que llevan a grandes reflexiones. En este caso, quiero agregar la odisea de la doctora Gisella Perl. Fue deportada desde Hungría junto a su familia al campo de concentración de Auschwitz. Ahí es donde perdió a su marido y a su único hijo varón, además del resto de su familia y a sus padres.

Se la obligó a trabajar como médica en el campo. Con la tarea de ayudar a sus compañeras prisioneras para que mejorasen de sus enfermedades y de sus problemas derivados de la incomodidad, la insalubridad y los horrores del campo.

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Sin embargo, no podía hacer mucho por ellas, ya que no contaba con antisépticos, vendajes limpios ni agua corriente.

Adquirió notoriedad, pese a los contratiempos, por haber salvado la vida de cientos de madres ayudándolas a abortar. Las mujeres embarazadas solían ser golpeadas y asesinadas o utilizadas por el Dr. Josef Mengele para hacer disecciones.

En marzo de 1947 viajó a la ciudad de Nueva York, donde fue interrogada bajo sospecha de haber asistido a los médicos nazis de Auschwitz en su tarea de violación de los derechos humanos.

Finalmente, en 1951, se le concedió la ciudadanía estadounidense. Ingresó al Hospital Mont Sinai, en Nueva York, para trabajar como ginecóloga. Asistió en el parto de alrededor de tres mil bebés sólo en esa ciudad, convirtiéndose en experta en tratamientos contra la iinfertilidad para compensar con la concepción de la vida lo que tuvo que hacer en el campo de concentración. Un ejemplo que eriza la piel.

Sobre este tema hay como se dice en la música variaciones sobre éste mismo cuando «Elegirás la vida» de los hijos por nacer y otros deciden sus destinos.

Tener relaciones sexuales sin cuidados anticonceptivos, trae como consecuencia el embarazo con dos lecturas. Los hijos buscados y deseados y los no buscados y no deseados.

Bajo esta decisión están en este mundo los hijos de la continuidad y los hijos de la casualidad.

Pero desde la historia de la humanidad siempre hubo partos deseados y abortos provocados. También hubo hijos raptados, robados, regalados y vendidos. Y hubo matronas de antaño y parteras más actuales, doctoras y enfermeras enredadas en el tráfico de bebés.

Ha corrido mucha agua bajo el puente sobre situaciones tanto de mujeres como de hombres estériles o con problemas de incompatibilidad para fecundar. Grandes frustraciones para conformar una familia tipo. Frustraciones que han traído desde separaciones, odios, recriminaciones y por el otro lado la recurrencia a la ciencia. Que ha logrado milagros nunca pensados para solucionar esperanzas de ser madre y padre en todos los géneros.

El soñar con tener un hijo es desde la concepción religiosa bendecidas por la fe para reproducirse hasta la pagana de la práctica sexual volitiva. Un deseo universal de verse en el espejo de la continuidad.

Aunque no siempre ha sido así. Están los hijos de las violaciones, de encuentros furtivos, de parejas en secreto, de momentos eróticos al paso, de infidelidades y desde infinitas citas de todo tipo.

También están los hijos de las guerras, las discriminaciones raciales, las dictaduras y los holocaustos que han condenado a los hijos de los enemigos por nacer o nacidos a la hoguera, al asesinato, a regalarlos a sus aliados sin hijos para criarlos.

Están los profesionales que los venden mintiendo que murieron sus hijos en el parto o acordando con sus parturientas un precio vil para sacarlas del aprieto. También hay y hubo madres y padres que los regalaron y están desde los hospitales, clínicas, consultorios particulares combinados con juzgados para falsear actas de nacimientos y entrar en el negocio del tráfico de recién nacidos.

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La trama de mentiras es interminable para jugar a la maternidad despreciada o avasallada. La anarquía de este drama se ve reflejada con el tiempo en esos hijos que buscan a sus padres reales.

Gracias a la tecnología las redes logran encontrar pares para asociarse y organizarse para expresar su clamor de poder decir ¡Mamá! ¡Papá! a sus progenitores. El otro lado oscuro es el de los que los criaron mintiéndoles y los que no lo hicieron. No dudo del amor puesto es esos hijos sustitutos y el agradecimiento o el desprecio que reciben cuando la certeza de que no lo son los pone en tela de juicio.

Benditas las madres y padres, benditos los hijos que pudieron reencontrase en el flujo y reflujo de la sangre que llama al útero del corazón. Millones de seres ambulan sobre la Tierra siendo parias de haber sido cobijados y alimentados en el vientre durante nueve meses y al cortarles el cordón umbilical para comerciar con ellos, al separarlos de sus madres les quitaron el oxígeno del amor, pasando a ser un injerto y no un brote generacional.

Pero la sangre no se hace agua como reza el  sabio refrán judío y la sangre busca la suya a veces con suerte, a veces con casualidad y a veces con tenacidad.  El ADN no miente.

Martha Wolff-Periodista-Escritora

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