Ner leejad lemea o la legitimidad de celebrar. Por Martha Wolff

Cada vez que llega Janucá-suena como una melodía la frase NER LEEJAD NER LEMEA
Cada vez que llega Janucá-suena como una melodía la frase NER LEEJAD NER LEMEA

Cada vez que llega Janucá, vuelve a mí como una melodía la frase NER LEEJAD NER LEMEA. Según la expresión talmúdica significa que cada judío que enciende una vela representa cien que olvidan hacerlo.

Es que la luz de una vela aunque se consuma, al encenderla es mantener la identidad judía siempre ardiendo como un NerTamid. Como la orden que dio Moshé a su pueblo cuando se construyó el santuario, (mishkan), que hubiera siempre una llama prendida.

Recordando a nuestros sabios hay una lección imborrable que dice que en el corazón de cada judío debe arder un Ner Tamid. No sólo en la sinagoga sino también durante el momento de la oración. También en la calle, en las relaciones comerciales y laborales, en las actividades cotidianas y en los vínculos con nuestros semejantes.

Por eso en Janucá cuando se hace luz hacia el exterior la llama incandescente de pertenencia judía se transforma en ocho velas, más el shamash. Para mostrar nuestro fuego milenario.
A través de los años de educación judía que muchos de nuestros hijos y luego nietos recibieron, el encendido de la janukiá pasó a ser un ritual con mayor fervor. Con él iba el dato histórico, el religioso por el milagro y defensivo ante la invasión de los helenos, su poderío militar y su politeísmo.

Janucá siempre fue una cita para celebrar la libertad y la mano de Dios que conjugada con el compromiso de los judíos de ser fieles a su esencia lograron recuperar el Templo de Jerusalem.

Y algo muy interesante que hemos cultivado los judíos fue también que a través de los medios de comunicación hemos universalizado nuestras fiestas y saludos.

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A diario y coincidiendo la cercanía de las festividades cristianas, el mar de saludos que como olas van y vienen de una comunidad a otra. Mas allá de ser judía o no, han acercado curiosidad, conocimiento e intercambio de modos de expresarnos ante las celebraciones.

Esto se debe a que cada judío que enciende una vela, para que no se apague el fuego que late de su herencia, está realizando una acción de continuidad.

También cuando envía una salutación o una participación. Invitando a que los que los reciben repitan el saludo Shabat Shalom, el encendido de las velas de Januca, así como las de Pesaj, Rosh Hashaná e Iom Kipur.

Se podría decir que así como se formó el lunfardo de palabras tomadas de los inmigrantes en el acervo popular, terminologías judías han pasado a ser repetidas masivamente.

De la misma manera las fiestas de otros nos llegan como un toque de varita mágica para augurar felicidades ante sus religiones y costumbres.

Es que la relación interreligiosa hoy, día a día, va tratando de acercar a los creyentes para que cada uno que practica la suya sea un Ner Tamid. Una llama eterna de respeto y pertenecía.
Con Janucá, el viejo prejuicio que los judíos éramos ocultistas de nuestras prácticas cae. Al colocar el candelabro de ocho velas en las ventanas mostramos que somos transparentes. No tenemos rabo de diablo como se creía en la Inquisición, que no amasamos matzá con sangre de niños y que no tenemos nada que ocultar.

Hace años, estando para esta época de fin de año en Nueva York, asistí a un espectáculo que representaba alternadamente cuadros de Navidad y de Janucá que me deslumbró. Así como hoy se enciende el candelabro en las plazas públicas y se arman los pesebres, todos son caminos para la convivencia.

Martha Wolff- Periodista- Escritora

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