Inolvidables idiomas escuchados en la infancia. Por Martha Wolff

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Recuerdo a los gringos con los que me crié. Eran rusos, polacos, ucranianos que me rodeaban. Ese acento eslavo quedó grabado en mi memoria. Hablaban entre ellos en sus idiomas, regionalismos y en ídish. Eran distintas sinfonías con el mismo telón de fondo que era el de comunicarse. En medio de esa jerigonza para mí edad, yo los escuchaba como si entendiera. Me encantaba mirarlos con sus pieles tan blancas, ojo vivaces que brillaban por las lágrimas cuando hablaban de su lugar natal, de familia que había quedado, de las malas noticias.

Esos inmigrantes fueron los que animaron mi imaginación los primeros años de mi vida sobre todo en invierno.  Llegaban a casa con sus paletos casi hasta el suelo por la nieve allá de donde venían. Con sus gorros y ellas con su infaltable pañuelo o pañoletas con flores. Se abrazaban con los míos y se daban dos besos, uno de cada lado. Traían siempre alguna masita casera para tomar el té. El samovar traído en el bagaje inmigratorio era sagrado. Todos alrededor de la mesa esperando esa pipa de la paz para charlar y beber de los vasos de vidrio con la guarda griega con el que lo saboreaban.

Y no faltaba el dulce de guindas para ponerle una cucharada. Yo jugaba a adivinar cuál sería la primera en llegar al fondo. Me divertía ver esa futa y su néctar deslizarse por el rubio líquido, esa savia de ese aparato que era símbolo de la Europa de mis abuelos y padres.  Se pasaban horas contándose historias personales y de lo que sabían que sucedía detrás de la Cortina de Hierro, de los que recién habían logrado escapar o por cartas clandestinas. Todavía resuenan en mí sus melodiosas conversaciones en sus idiomas. Todavía conservo el sabor y aromas de sus comidas.

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A medida que pasaron los años tanto aquí como viajando por el mundo casa vez que escuchaba hablar en ruso u ucraniano pensaba de dónde eran y dónde habían podido emigrar perseguidos casi todos buscando paz. Ese acento peculiar como lo son otras lenguas, que una trata de descifrar al escucharlos, pero el ucraniano me era familiar, se trataba de aquellos paisanos que poblaron mi infancia.

Con los acontecimientos políticos los refugiados que se llegaron a la Argentina se diferenciaban por su habla tan cercana a mí. Lo mismo siento con el ataque de Rusia a Ucrania con los noticieros  que son transmitidos en  español con ese timbre tan inconfundible que resuena hoy como el drama de ayer de los que escaparon del bolcheviquismo para rehacer sus vidas.

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Debo confesar que no faltaron las burlas por su forma de hablar y sobre todo de los judíos.  Hubo imitaciones porque eran los rusos, los mercachifles, las mujeres haciendo las compras y toda actividad en la que para defenderse conjugaban mal los verbos o pedían en el almacén jamón en vez de jabón. Se hizo humor antisemita sobre los judíos pero los judíos lo  remataron haciendo humor judío sobre ellos mismos.

En estos dramáticos días de destrucción y muerte,  de odio e invasión, volver a escuchar el ucraniano y sobre todo a periodistas, civiles y profesionales que informan con ese entonación me emociona y me duele, porque lo único que ha cambiado desde lo que aprendí como hija de refugiados que pasaron a ser inmigrantes, es que el mundo ahora sabe lo que sucede. Si hay indiferencia, como cuando asesinaban a los judíos, es que nada ha cambiado. Y si se involucra el mundo, se salvarán más vidas de la voracidad del poder y la discriminación entonces habrá esperanza de un mundo mejor.

Martha Wolff

Periodista-Escritora

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