
En el siglo XXI, el antisemitismo no siempre se presenta con símbolos evidentes o consignas explícitas. A menudo, se disfraza de crítica política, se esconde tras la retórica de los derechos humanos o se diluye en discursos populistas que apelan a la emoción más que a la razón. En América Latina, una región históricamente solidaria con el pueblo judío —desde la acogida de inmigración judía, de comunidades judías perseguidas en Europa hasta el voto de apoyo a la creación del Estado de Israel en 1947, en la Asamblea General de la ONU, 29 de noviembre de 1947—, estamos presenciando un preocupante resurgimiento de expresiones judeofóbicas, muchas de ellas provenientes de los más altos niveles de poder.
Este artículo no busca silenciar la crítica legítima a las políticas de cualquier Estado, incluido el Estado de Israel. Pero sí pretende trazar una línea clara entre la crítica política y el prejuicio étnico-religioso, entre el debate democrático y la negación del otro. A través de una serie de declaraciones y acciones recientes de líderes latinoamericanos, se revela un patrón inquietante: la normalización del discurso judeofóbico bajo el manto de la política exterior, la identidad nacional o la supuesta defensa de los oprimidos.
Lula da Silva: El “victimismo” como negación del dolor histórico
El presidente brasileño Luiz Inácio da Silva “Lula”, en un intento por posicionarse como mediador en el conflicto de Medio Oriente, incurrió en una peligrosa banalización del sufrimiento judío al referirse al pueblo judío como practicante de un supuesto “victimismo”. Esta expresión, lejos de ser una crítica a una política específica, revive uno de los estereotipos más antiguos del antisemitismo: la idea de que los judíos exageran su dolor para obtener privilegios.
Este tipo de retórica no solo ignora la Shoá —el genocidio sistemático de seis millones de judíos— sino que también deslegitima el derecho del pueblo judío a recordar, a narrar su historia y a defender su existencia. La sospecha de negociaciones para la venta de uranio a Irán, un régimen que niega el Holocausto y amenaza con borrar al Estado de Israel del mapa, añade una dimensión geopolítica aún más grave. ¿Cómo puede un líder que se presenta como defensor de la paz colaborar con quienes promueven el odio más visceral?
Nicolás Maduro: La negación de la identidad judía
En Venezuela, el presidente Nicolás Maduro ha ido más allá de la crítica política al Estado de Israel. En declaraciones públicas, ha afirmado que muchos israelíes “no son judíos”, sino “polacos” que “vienen de algo llamado Polonia”. Esta afirmación no solo es históricamente falsa —pues ignora la diáspora judía y el vínculo milenario del pueblo judío con la tierra de Israel—, sino que también constituye una forma de negacionismo identitario.
Al mismo tiempo, Maduro se presenta como portador de “sangre judía”, en un intento de blindarse frente a acusaciones de antisemitismo. Esta estrategia, que recuerda a quienes dicen “tengo amigos judíos” para justificar discursos ofensivos, no hace sino agravar el problema: reduce la identidad judía a un recurso retórico, mientras se niega la legitimidad de millones de judíos que viven en Israel.
Gustavo Petro: Conferencias disfrazadas de solidaridad
En Colombia, el presidente Gustavo Petro ha dado espacio a conferencias abiertamente antiisraelíes, donde se acusa al Estado de Israel de “genocidio” sin ofrecer contexto ni equilibrio. Estas iniciativas, lejos de promover la paz o el entendimiento, se convierten en plataformas para la demonización del Estado judío y, por extensión, del pueblo judío.
Lo más preocupante es que estas conferencias se presentan como actos de solidaridad con el pueblo árabe palestino, cuando en realidad excluyen toda voz judía, toda perspectiva histórica y todo matiz. La crítica legítima se transforma así en propaganda, y la empatía en odio selectivo. En lugar de construir puentes, se levantan muros de incomprensión y resentimiento.
Pamplona: El odio enmascarado en la fiesta
Aunque no es un país latinoamericano, España comparte lazos culturales profundos con la región, y lo que ocurre en sus espacios públicos resuena en América Latina. Durante las festividades de San Fermín en Pamplona (que se inició el domingo 6 de julio), conocidas por el encierro de toros, se escuchó una arenga pública contra Israel, acusándolo de “genocida”. Este tipo de manifestaciones, insertadas en contextos festivos o culturales, son especialmente peligrosas: normalizan el odio, lo trivializan y lo convierten en parte del paisaje cotidiano.
La instrumentalización de espacios culturales para propagar discursos de odio no es nueva, pero sí alarmante. Cuando el antisemitismo se convierte en parte del folclore, estamos ante una señal de alerta que no puede ser ignorada.
Un hilo común: La deshumanización del otro
Lo que une a todas estas expresiones —desde el “victimismo” de Lula hasta la negación identitaria de Maduro, pasando por las conferencias de Petro y las arengas en Pamplona— es la deshumanización del otro. El pueblo judío, en lugar de ser reconocido en su diversidad, su historia y su derecho a existir, es reducido a una caricatura: manipulador, invasor, impostor o genocida.
Este patrón no es nuevo. A lo largo de la historia, el antisemitismo ha adoptado múltiples rostros: religioso, racial, económico, político. Hoy, en América Latina, se presenta como una supuesta defensa de los derechos humanos, pero con un blanco claro: el judío, especialmente el judío que vive en el Estado de Israel, única democracia en Medio Oriente, único Estado Judío .
Conclusión: La responsabilidad del liderazgo
Los líderes tienen el poder de moldear el discurso público, de educar o de envenenar. Cuando optan por la simplificación, el prejuicio o la negación, no solo traicionan los valores democráticos, sino que también ponen en riesgo la convivencia y la paz. América Latina, con su historia de acogida y diversidad, merece algo mejor.
Criticar políticas es legítimo. Negar identidades, banalizar el sufrimiento o propagar estereotipos no lo es. La judeofobia, venga de donde venga, debe ser nombrada, confrontada y erradicada. Porque cuando el odio se normaliza en el discurso, la violencia nunca está lejos.

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