Pasaron dos años desde aquel terrible 7 de octubre, un día tras el cual Israel cambió para siempre.
Si me hubieran preguntado si el Estado de Israel seguiría luchando en siete frentes diferentes dos años después, dudosamente habría apostado a que sí. A decir verdad, en la mañana del 7/10, a medida que iban pasando las horas y se hacía evidente la magnitud del horror, todos los israelíes tenían claro que se trataba de un evento diferente en cuanto a su dimensión, gravedad e importancia. Los acontecimientos dramáticos a veces se procesan tarde: no en este caso. Ya era evidente en tiempo real que estábamos experimentando un «terremoto» cuyo impacto, aunque ahora no estuviera claro, se sentiría durante años. Dos imágenes, transmitidas en directo por los canales de televisión israelíes en las primeras horas tras el ataque, quedaron grabadas en la memoria nacional. Verlas en las noticias dejó claro a los israelíes, que en ese momento aún no comprendían la magnitud de los sucesos, que se trataba de un acontecimiento diferente. La primera imagen mostraba a una multitud gazatí, algunos armados, bailando y celebrando sobre un tanque ¨Merkava¨ en llamas, en la frontera de Gaza. La segunda, aún más dramática, mostraba furgonetas blancas abiertas, cargadas con terroristas de Hamás fuertemente armados, recorriendo las calles de Sderot en busca de víctimas al azar.
Mis colegas no israelíes me preguntan a menudo: «¿En qué se diferencia el 7 de octubre?». Al fin y al cabo, Israel no es Luxemburgo. Desde su fundación, se ha enfrentado al deseo de sus enemigos de destruirla. En sus 77 años de existencia, Israel ha sufrido al menos seis guerras de gran escala, innumerables operaciones limitadas en la Franja de Gaza y el Líbano, y muchas décadas de atentados terroristas contra sus ciudadanos, en los que han muerto miles de ciudadanos y miembros de las fuerzas de seguridad. Los israelíes estamos «acostumbrados» a la guerra, al terror, a las alarmas y a una amenaza real que se cierne sobre su rutina diaria. Entonces, ¿En qué se diferencia el brutal atentado terrorista del 7 de octubre hasta el punto en que se afirma que Israel después de aquello no es el mismo país?
El exjefe del Mosad, Meir Dagan, solía colgar detrás de su escritorio una foto en blanco y negro de 1942 en algún lugar de Polonia. En la imagen, se ve a un judío ortodoxo de rodillas, humillado y aterrorizado, mientras a su alrededor, oficiales de las SS reían mientras uno de ellos le corta el talit y las patillas. Dagan se aseguró de contar a quien reparaba en esta imagen que, minutos después de tomarse la foto, el judío recibió un disparo en la cabeza y su cuerpo fue pateado y abandonado en la calle. Dagan lo sabía porque era su abuelo. Asi que decidió colgar su imagen, de cómo fue humillado, minutos antes de su muerte, como símbolo y recordatorio. «Estoy aquí» solía decir: «El Mosad está aquí, las Fuerzas de Defensa de Israel están aquí, el Estado de Israel está aquí para que ningún judío nunca más sea asesinado en la calle solo por su religión, para que ninguna mujer judía nunca más sea violada en su cama y para que los niños judíos nunca más sean humillados ni golpeados solo por ser judíos». El Estado de Israel se fundó sobre la idea básica del «nunca más». Desde el primer momento, no hubo ilusiones. Comprendimos que éramos «un país maravilloso en un barrio hostil». No nos hacíamos ilusiones sobre la paz y la hermandad. Al fin y al cabo, la hostilidad de la mayoría de los países de Medio Oriente hacia los judíos se remonta desde hace mucho antes del establecimiento del Estado de Israel. Pero una cosa teníamos en claro: ahora teníamos un país con un ejército fuerte. Saber que el Estado de Israel era un lugar seguro para los judíos y que las Fuerzas de Defensa de Israel harían todo lo posible para proteger a los residentes del país satisfizo a los israelíes. Sobre la base de este «contrato no escrito», el Estado de Israel se estableció, floreció y prosperó, incluso en tiempos difíciles de guerra y terrorismo. En la mañana del 7 de octubre, este «contrato» se rompió en un instante. El shabat del 7 de octubre de 2023 no representa un día de cambio de realidad, solo por la inimaginable magnitud de las atrocidades ocurridas en el sur de Israel ese día, sino principalmente por la profunda grieta que se formó por primera vez entre el Estado y las Fuerzas de Defensa de Israel y sus ciudadanos. Los israelíes son un pueblo fuerte y resistente. Capaz de todo. Saber que esa mañana el Estado de Israel y las Fuerzas de Defensa de Israel «desaparecieron» fue ¨demasiado¨ para cualquier israelí.
Dos años después de aquel día, la mayor parte del mundo que apoyó públicamente a Israel en los meses posteriores al ataque ha olvidado la mañana del 7 de octubre. Nosotros, en Israel, no la hemos olvidado. Eran las primeras horas de la madrugada del sábado: la mañana de «Simjat Torá», festividad judía que marca el final de la lectura de la Torá. La gran mayoría de los residentes de los kibutzim y moshavim de la Franja de Gaza aún estaban en la cama. Solo el ruido de la fiesta de la naturaleza, Nova, donde miles de jóvenes acudieron para celebrar la música, la libertad y el amor, perturbaba la paz de la festividad. A las 6:29 de la mañana, sin previo aviso, miles de cohetes comenzaron a dispararse contra la mayor parte del territorio del Estado de Israel. Al amparo del fuego masivo, miles de terroristas de Hamás invadieron Israel desde más de 60 puntos diferentes a lo largo de la valla de seguridad, por aire y por mar. Las fuerzas de seguridad israelíes tardarían varios días en comprender la magnitud del ataque. Unos 6.000 gazatíes se infiltraron en Israel, la mitad miembros de Hamás y la otra mitad civiles que aprovecharon la oportunidad. Su objetivo era claro y estaba respaldado por órdenes escritas. La misión: invadir kibutzim, asentamientos y bases militares, matar al mayor número posible de israelíes e intentar capturar a otros. Hamás no sabía sobre la fiesta de Nova que se celebraba en la zona abierta junto a «Re´im». Una fuerza de Hamás llegó allí por casualidad y equivocación. Pero para los terroristas fue como ganar la lotería: 378 jóvenes que habían asistido a la fiesta fueron masacrados en cuestión de minutos. En total, ese día, 1.163 civiles y soldados israelíes fueron brutalmente asesinados. La matanza se llevó a cabo de forma salvaje e indiscriminada. Padres fueron asesinados delante de sus hijos, familias enteras fueron quemadas vivas y sus cuerpos fueron encontrados juntos abrazados. Se amputaron extremidades, algunas con el objetivo de llevarse un «souvenir» a Gaza. A ancianos sobrevivientes del Holocausto les dispararon en la cabeza. El objetivo de los terroristas no era solo asesinar, sino destruir todo, por lo que se aseguraron en la mayoría de los casos de incendiar las casas de las familias tras sus asesinatos. Cientos de mujeres fueron violadas, algunas antes de ser asesinadas y otras después. En algunos casos, estas atrocidades se cometieron delante del resto de la familia, que se vio obligada a presenciarlo. 251 israelíes fueron secuestrados a Gaza: abuelas, sobrevivientes del Holocausto, madres con sus hijos, jóvenes y mayores. Su entrada a Gaza fue acompañada por una multitud que aclamaba victoriosa al ver a los israelíes ensangrentados siendo conducidos a los diferentes escondites de Hamás. Quienes pudieron acercarse lo suficiente también se aseguraron de escupir o golpearlos en su camino al cautiverio. Incluso hoy, dos años después, 48 israelíes (incluidos 4 con ciudadanía argentina) se encuentran cautivos de Hamás, algunos de los cuales han fallecido y otros se encuentran en condiciones médicas precarias e inhumanas. Las fuerzas del ejército que llegaron al sur de Israel esa mañana lo hicieron demasiado tarde, en la mayoría de los casos y fueron los primeros en quedar expuestos al horror ocurrido.
No solo a los profesionales del mundo les cuesta comprender cómo es posible que el sistema de seguridad israelí que sometió a Hezbolá e Irán en dos semanas, que destruyó en pocas horas a la mayor parte del ejército del dictador Assad, quien huyó de Siria, y que atacó objetivos terroristas a 2500 km del territorio israelí, sea el mismo sistema de seguridad de la mañana del 7 de octubre. Nosotros, los militares israelíes, aún no tenemos claro qué nos ocurrió exactamente ese maldito día, exactamente 50 años después de la sorpresa de la Guerra de Yom Kipur, cuando las Fuerzas de Defensa de Israel fueron sorprendidas por un ataque coordinado por Egipto y Siria. Puedo afirmar, sin embargo, que el proceso de aprendizaje dentro de las FDI continúa. Cientos de estudios, libros y películas seguirán intentando describir el fracaso del 7 de octubre. Si tuviera que explicar en una sola palabra «¿qué nos pasó?», la descripción más precisa sería «que estábamos atrapados en un concepto». Si estás atrapado en un concepto y crees con todo tu corazón que ya está oscuro afuera, de nada servirá que alguien te corra la cortina y te muestre la luz del sol. Concepto no es una palabra despectiva. Los países gestionan cuestiones geo estratégicas, incluida la seguridad, desde conceptos y percepciones derivados de evaluaciones situacionales aprendidas. Pero cuando el sistema tropieza con un concepto erróneo, como el que guio a Israel en los años previos a octubre del 2023, es posible que el evento se vuelva peligroso y significativo. Solo hay una cosa más peligrosa que un concepto erróneo, y es que todos en el sistema queden atrapados en él, sin una sola persona que reúna el coraje de gritar que «¡El rey está desnudo!». En los años previos al 7 de octubre, Israel se preparó para un ataque violento a gran escala contra su territorio, específicamente por parte de Hezbolá en el
Líbano. La mayor parte de la atención, la inteligencia y los esfuerzos se centraron en ese terreno.
Gaza se percibía como una amenaza real, pero contenida. Cometimos un grave error al analizar a Hamás en Gaza e intentar evaluar sus motivos según la lógica occidental. Israel permitió que Hamás ingresara dinero para consolidar su dominio, permitió que cada vez más gazatíes trabajaran en Israel y permitió una mayor libertad de movimiento y pesca. Israel se equivocó al pensar que Hamás estaba obsesionado con el poder, la gobernanza y la estabilidad, y que sus esfuerzos ahora se centraban en consolidar su gobierno y el bienestar del pueblo de Gaza. En los tres años previos al ataque, Hamás cuidó de no interferir en los enfrentamientos militares que Israel libró contra la Yihad Islámica en la Franja. En Israel, esta acción solo reforzó el concepto de que se encaminaban hacia la «tranquilidad». En realidad, fue parte de un ejercicio de engaño y adormecimiento que Hamás llevó a cabo durante años mientras se preparaba, practicaba y se armaba para el «Día del Juicio Final». Entonces, ¿por qué «Concepto»? Porque lo vimos todo. Vimos los túneles, vimos el armamento, incluso vimos los ejercicios que simulaban ataques a kibutzim israelíes. Pero el Concepto cegó a los israelíes. Nos convencimos a nosotros mismos de que afuera estaba oscuro.
La inteligencia recopilada por el sistema de seguridad israelí durante los últimos dos años ha aclarado el panorama estratégico que guió a los enemigos de Israel. El ataque de Hamás desde Gaza fue solo una pequeña parte de un plan mayor, un plan que se planeó y elaboró durante años en Teherán. En el marco de un plan operativo llamado «Destrucción de Israel», se detallaron con precisión los pasos de un ataque letal multi escénico, que conduciría a su derrota y al fin del Estado judío. El plan se basaba en un amplio bombardeo contra Israel desde Gaza, Líbano, Yemen e Irán. Mientras Israel se recuperaría de los miles de cohetes, según el plan, masas de terroristas invadirían territorio israelí: Hamás desde el sur, Hezbolá desde el norte, milicias chiítas de Siria e Irak, y a ellos se les unirían con suerte los palestinos de Judea y Samaria, y talvez incluso árabes israelíes. Afortunadamente para Israel, el gran plan no funcionó. Al parecer Yahya Sinwar, líder de Hamás en Gaza, se cansó de esperar a sus aliados de Irán y decidió iniciar el ataque unilateralmente, pensando que los demás se unirían a él. Si bien, recibió adhesiones, no en el marco planificado del plan para destruir a Israel. Nosotros en Israel solo podemos agradecer la falta de coordinación entre nuestros enemigos, que evitó un ataque mucho más mortífero.
Desafortunadamente, el ataque contra los judíos no se limitó al territorio del Estado de Israel. Un fenómeno no menos atroz y peligroso ha resurgido tras los eventos del 7 de octubre y la guerra que Israel libra desde entonces por el regreso de sus ciudadanos a casa, es el antisemitismo. Este mal, es probablemente la forma de odio más antigua del mundo. Siempre ha estado ahí. Latente: ha sabido adaptarse al espíritu de los tiempos. Lo que comenzó como odio religioso (el asesinato de Jesús, los libelos de sangre), fue transformado por los políticos en odio racial (que condujo al exterminio masivo de judíos). En los últimos años, el antisemitismo ha adquirido una nueva forma: el odio a Israel y al sionismo. No estoy diciendo con esto que todo aquel que critica a Israel, sus políticas o su guerra sea antisemita. No acepto tal afirmación; al fin y al cabo, incluso dentro de Israel hay quienes critican las medidas del gobierno y a las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), como es de esperar en una democracia vibrante. Pero los datos no pueden ser ignorados. La obsesión en torno a Israel no puede ignorarse. El único Estado judío, del tamaño de la región de Tucumán, está rodeado por 50 países musulmanes y está casi a diario en el centro de los noticieros mundiales, en las portadas de los periódicos y, sin duda, en el centro de las redes sociales, donde se pronuncian flagrantes consignas antisemitas sin que el orador siquiera entienda de qué está hablando. Basta con observar a las Naciones Unidas, una organización creada para mantener la estabilidad y la paz mundial, para comprender la profundidad de la obsesión con Israel. En los últimos diez años, la Asamblea General de la ONU ha condenado a varios países, entre ellos Corea del Norte (10), Irán (10), Afganistán (1) y Siria (12). En estos años, Israel, la única democracia liberal de Oriente Medio, ha recibido nada menos que 173 condenas. Países como Irak, Cuba, Qatar, Pakistán y Venezuela no han recibido ninguna. La única explicación para la desquiciada obsesión con Israel es su profunda raíz antisemita. Las críticas a la guerra que libra Israel han proporcionado una plataforma para que antisemitas latentes vuelvan a celebrar su odio y recluten a miles de personas ignorantes. La mayoría de los manifestantes ya no gritan «¡Alto a la guerra!», sino consignas como «¡Del río al mar!», que significan la eliminación del Estado judío. Cuando judíos son asesinados en Washington o Manchester, o golpeados, perseguidos y humillados en las calles de Europa, no tiene nada que ver con Israel, sus políticas, ni con la guerra. Se trata de un odio tóxico hacia los judíos, que se ha vuelto cada vez más legítimo en éste clima actual. Tengo plena esperanza de que líderes valientes se levanten y luchen contra este fenómeno, sin hacer cálculos políticos, públicos ni de ningún otro tipo. El peligroso odio hacia ciudadanos simplemente por su religión, ya sea judía, musulmana o de cualquier otra índole, es un fenómeno que debe ser erradicado.
El recuerdo del horror del 7 de octubre no solo es importante para la memoria colectiva israelí. Es necesario recordar este día al hablar de la guerra de las «Espadas de Hierro» que está siendo librada desde entonces hasta el momento de escribir estas líneas. Muchos en el mundo critican la guerra que Israel libra en Gaza. Esto es, por supuesto, una acción legítima. También en Israel existen muchas críticas internas, como es de esperar de la única democracia existente en Oriente Medio. Pero cuando criticamos a Israel por su conducción de la guerra, debemos recordar el contexto. El Estado de Israel fue atacado ese sábado por la mañana. Sin provocación ni contexto, salvo el hecho de ser judíos. Los enemigos de Israel, que esa mañana sintieron que Israel estaba en su punto más débil, pronto se unieron a la celebración. Ya al día siguiente, comenzó Hezbolá a disparar cohetes contra el norte de Israel. A ellos se unieron los hutíes de Yemen, las milicias chiítas de Irak y Siria, y operativos de Hamás de Judea y Samaria. Todo esto fue financiado, armado y alentado por el régimen ayatolá de Irán. En un instante, Israel recibió un recordatorio de quiénes eran sus enemigos. Después de todo, el ataque no estaba relacionado con ningún conflicto político ni era resultado de ninguna ocupación (Israel se retiró unilateralmente de toda Gaza en 2005). Solo había que creerle a nuestro enemigo. La carta de Hamás establece claramente el objetivo final: la destrucción del Estado de Israel y el establecimiento de un Estado islámico desde el río Jordán hasta el mar, un eslogan adoptado por una multitud ignorante en el mundo occidental, la mayoría de la cual no comprende su significado. El 7 de octubre nos recordó a todos lo que sabíamos, pero decidimos reprimir: el día en que nuestros enemigos depongan las armas, la paz se establecerá en Oriente Medio, pero el día en que Israel deponga las armas, Israel dejará de existir. Así que sí, es permisible criticar la gestión de la guerra por parte de Israel, aunque quienes conocen los datos pueden atestiguar que Israel libra una guerra compleja, revolucionaria en muchos aspectos, con estricto apego al derecho internacional, hasta el punto de poner en riesgo a sus combatientes para no dañar a la población civil. Pero antes de criticar la duración de la guerra, la contundencia de la respuesta israelí y su alcance, les pido a los lectores que cierren sus ojos e imaginen un escenario horroroso en el que Argentina es invadida por alguno de sus vecinos en su territorio soberano (sea por el norte, este u oeste), asesinen brutalmente a 5.000 civiles de todas las edades y secuestren a 1.000 de ellos, de los cuales 200 aún siguen en cautiverio después de dos años. ¿Qué haría Argentina? ¿Qué haría cualquier país soberano? ¿Puede una guerra como ésta ser terminada antes de que todos los secuestrados sean devueltos y antes de que podamos garantizar que la organización que perpetró el ataque no pueda repetirlo nunca más?
Israel es un país fuerte con una resiliencia extraordinaria. Horas después de la masacre, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) comenzaron a normalizar la situación. Miles de héroes, hombres y mujeres, soldados y civiles, corrieron al infierno para salvar a personas, la mayoría de las cuales ni siquiera conocían. La sociedad israelí se movilizó para acoger a los heridos y evacuados, y para asistir a las familias de las víctimas. El Estado de Israel es el único país del mundo donde, durante una guerra, no hay migración negativa: una semana después del 7 de octubre, la población de Israel creció un 1% con la llegada de más de 300.000 israelíes de todo el mundo que regresaron a Israel con el objetivo de alistarse, ayudar y ofrecerse como voluntarios. Israel está reconstruyendo los kibutzim atacados, algunos de los cuales fueron destruidos. Está creando condiciones de seguridad para asegurar a sus ciudadanos que otro 7 de octubre nunca será posible. Ni en el sur ni desde ninguna otra dirección. Aprenderemos de lo que nos ocurrió esa mañana. Extraeremos lecciones y resurgiremos más fuertes y mejores. El Estado de Israel es un país que busca la paz. Todos esperamos poder centrar nuestra atención en la normalización de las relaciones con otros países de la región, con el objetivo de crear un nuevo Oriente Medio que contrarreste el eje radical chií. Pero para avanzar hacia la fase de recuperación nacional, primero debemos rescatar a nuestros hermanos del terrible cautiverio. Solo entonces podremos empezar a hablar de volver a la normalidad. Nunca olvidaremos el 7 de octubre. Aprendimos que un país no es una póliza de seguro y que debemos trabajar arduamente por su seguridad. Desafortunadamente, mis nietos, sus nietos y sus nietos tendrán que vestir el uniforme de las Fuerzas de Defensa de Israel en el futuro y defender al Estado de Israel con sus cuerpos. Nuestra misión ahora es para nuestros hijos: garantizar que Israel siga siendo un país fuerte, en crecimiento, democrático y líder. Un país por el que valga la pena luchar.
Coronel Amit Guy
Agregado de Defensa de Israel en Argentina
Concurrente en Chile, Ecuador y Paraguay

