Desde la destrucción del Segundo Templo de Jerusalém en el año 70 de la era común, cuando el Imperio Romano expulsó al Pueblo Judío de su tierra ancestral, se inició un largo y doloroso exilio que marcaría la historia universal con una persistente sombra de odio. El decreto del emperador Adriano en el año 135, que reemplazó el nombre de Judea por Palestina, no fue solo una maniobra política: fue el inicio de una narrativa que buscaba borrar la identidad judía del mapa y de la memoria.
A lo largo de los siglos, esa narrativa se fue transformando en acusaciones infundadas, como el deicidio — la idea de que los judíos eran culpables de la muerte de dios—, que alimentó persecuciones, libelos de sangre, la peste negra, expulsiones, pogromos, la Inquisición, la demonización de la usura y el rechazo sistemático del judío como “el otro”.
Con el paso del tiempo, ese odio ancestral se sofisticó. Nació el antisemitismo moderno, un término que pretendía dar legitimidad científica al prejuicio, y que se expresó en textos como Los protocolos de los sabios de Sión, una falsificación cuyo objetivo principal era promover el antisemitismo y desacreditar al sionismo — y al pueblo judío en general — al presentarlos como parte de una conspiración global malévola. El sionismo, sin embargo, no es otra cosa que el movimiento legítimo de retorno del Pueblo Judío a su tierra, donde se había formado su identidad espiritual, cultural y nacional.
La Declaración Balfour de 1917, que reconocía ese derecho, fue luego ignorada por los británicos, que prefirieron cumplir promesas paralelas con líderes árabes como el jerife de La Meca, Hussein ibn Ali, y su hijo Faisal I. Mientras tanto, en Europa, el nazismo comenzaba a gestarse, y con él, la maquinaria del exterminio que culminaría en el asesinato de más de seis millones de judíos.
Tras el Holocausto, la creación del Estado de Israel en 1948 fue vista por muchos como una reparación histórica. Sin embargo, lejos de cerrar las heridas, abrió nuevas trincheras. La negativa de los países árabes a aceptar la existencia de Israel derivó en guerras sucesivas y en la creación de la OLP por Yasser Arafat en 1964, cuando Gaza, Judea y Samaria aún estaban bajo control egipcio y jordano. Fatah, su brazo armado, llevó a cabo múltiples atentados contra civiles israelíes — sin distinción de origen — y también contra comunidades judías fuera del Estado de Israel.
En 1987 surgió Hamás, cuya carta orgánica original (1988) proclamaba sin ambigüedades la destrucción total del Estado de Israel y el rechazo absoluto a cualquier coexistencia con los judíos del mundo, en pocas palabras: el aniquilamiento de todos los judíos del mundo.
Hoy, en pleno siglo XXI, con avances tecnológicos que prometían una era de razón y progreso, el mundo vuelve a gritar “¡Genocidas!” como antes gritaba “¡Deicidas!”. Se acusa a Israel de crímenes que no ha cometido, ignorando que es la única democracia estable de Medio Oriente, donde viven más de dos millones de árabes israelíes con plenos derechos, representación parlamentaria y acceso a servicios públicos. Se omite que Israel atiende a terroristas heridos, permite el ingreso de alimentos y medicinas a Gaza, y protege a sus minorías. La deslegitimación del sionismo y del derecho de los judíos a vivir en su tierra se ha convertido en el nuevo rostro del antisemitismo.
A pesar de los avances, hemos retrocedido dos mil años. La historia se repite, no como tragedia ni como farsa, sino como una constante negación del derecho del Pueblo Judío a existir con dignidad. Como enseñan nuestras fuentes, desde el Talmud hasta los escritos de nuestros sabios medievales, el odio gratuito (sinat jinam) fue causa de la destrucción del Templo. Hoy, ese mismo odio amenaza con destruir los puentes que aún quedan en pie.
Pero esta vez, la historia no será escrita solo por quienes odian. El Pueblo Judío ha regresado a su tierra, ha reconstruido su soberanía y ha encendido una luz que no se apagará. Frente a la mentira, la verdad; frente al odio, la dignidad; frente al genocidio, la vida. Porque si bien el mundo puede retroceder dos mil años en sus prejuicios, el Pueblo Judío ha aprendido a caminar hacia adelante, con memoria, con esperanza y con la convicción de que su existencia no es una concesión: es un derecho inalienable.
Rab. M.Ed. Rubén Najmanovich

