Argentina ha recorrido un camino complejo desde la irrupción de Juan Domingo Perón en la política nacional hasta la llegada de Javier Milei al poder. Perón, militar y político que gobernó en tres ocasiones, marcó con su impronta populista la identidad del país. Su ascenso comenzó en el golpe militar de 1943 y desde la Secretaría de Trabajo y Previsión supo ganarse el apoyo de sindicatos y trabajadores, cimentando una base popular que lo llevó a la presidencia en 1946.
Su gobierno impulsó reformas profundas: nacionalización de servicios, gratuidad universitaria, promoción industrial y la histórica ley de voto femenino impulsada junto a Eva Perón. Sin embargo, detrás de ese proyecto se escondía una fuerte influencia de los regímenes fascistas europeos que Perón había observado en sus viajes militares a Italia, Alemania y España. Admiró la capacidad de Mussolini y Hitler para movilizar masas, organizar sindicatos bajo control estatal y utilizar símbolos y propaganda para consolidar poder. La “tercera posición” que defendía, intermedia entre capitalismo y comunismo, se convirtió en el sello del peronismo, pero también en el inicio de un populismo que dejó consecuencias económicas y sociales que aún pesan sobre la Argentina.
El contexto internacional de la posguerra reforzaba la sensación de cambio global. Entre 1946 y 1948 nacieron nuevos Estados como India, Pakistán, Israel y Jordania, mientras Costa Rica abolía su ejército y la ONU proclamaba la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En contraste, Sudáfrica iniciaba el apartheid, contradiciendo esos principios y exponiendo la hipocresía internacional.
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Argentina, por su parte, se mantenía ambigua frente al nazismo y ofrecía refugio a criminales de guerra, lo que marcó su reputación en el mundo. Treinta años después, en 1976, el golpe militar inauguró la etapa más oscura de la historia argentina, en un país donde el antisemitismo criollo ya tenía raíces profundas y donde proyectos como el Plan Andinia alimentaban prejuicios y conspiraciones.
Con el regreso de la democracia en 1983, la comunidad judía argentina siguió enfrentando tensiones. En los años noventa, Carlos Menem, presidente peronista de origen sirio, visitó Israel en un gesto histórico, pero los atentados contra la Embajada en 1992 y contra la AMIA en 1994 enfriaron cualquier expectativa de una nueva etapa en las relaciones bilaterales.
El país continuó a los tumbos, mientras en Medio Oriente fracasaba el Tratado de Oslo y se multiplicaban las oportunidades de paz rechazadas por los líderes árabes palestinos. Décadas más tarde, los Pactos de Abraham abrieron un horizonte distinto, con países árabes estableciendo relaciones diplomáticas con Israel, hasta que el ataque del 7 de octubre de 2023 paralizó ese proceso y atravesó el corazón del pueblo judío en todo el mundo.
En ese mismo año, Argentina vivió un giro inesperado con la llegada de Javier Milei a la presidencia. Su pensamiento libertario propone romper con la tradición populista que dominó durante décadas y abrir un nuevo rumbo. Milei ha impulsado un acercamiento decidido hacia Israel, con la mudanza de la embajada a Jerusalém y visitas oficiales en las que fue recibido con honores.
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La reciente visita del canciller israelí Gideon Sa’ar, de origen argentino, simboliza un nuevo capítulo en una relación marcada por controversias, pero que hoy parece encaminarse hacia una alianza estratégica. Milei se presenta como un líder con decisión, coraje y convicciones, evocando figuras bíblicas como Moisés, David y Salomón, y proyectando la esperanza de que las bendiciones divinas acompañen a la Argentina en este nuevo tiempo.
De Perón a Milei, la Argentina ha transitado un largo camino entre populismos, dictaduras y democracias frágiles, hasta llegar a un presente que busca romper con las cadenas del pasado. El desafío hoy es erradicar definitivamente las sombras del totalitarismo, esas ideologías que someten la libertad y manipulan la verdad, para abrir paso a un país donde la dignidad humana sea el centro.
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El Talmud enseña: “La libertad es el don más grande que Dios entregó al hombre, porque sin ella no puede cumplir la Torá ni alcanzar la justicia” (Avot deRabí Natán, cap. 31). Esta enseñanza nos recuerda que ningún sistema que oprima la conciencia y la palabra puede sostenerse frente a la fuerza de la libertad.
Así, el derrocamiento de los pensamientos totalitarios en Argentina no es solo un cambio político, sino un acto espiritual y cultural: un pueblo que decide dejar atrás la idolatría del poder absoluto para abrazar la responsabilidad, la justicia y la verdad. Como dice otro pasaje talmúdico: “Donde no hay hombres, esfuérzate tú por ser un hombre” (Pirke Avot 2:5). En este tiempo, Argentina necesita líderes y ciudadanos que se esfuercen por ser hombres y mujeres libres, capaces de construir un futuro sin miedo, sin sometimiento y sin cadenas.
Desde 1946 con la asunción de Perón al poder a Milei de 2023, algo cambió. El populismo que definió gran parte de la historia argentina enfrenta hoy el desafío de un proyecto libertario que busca redefinir la identidad nacional y sus vínculos internacionales. El pasado de sombras, marcado por el nazismo, el antisemitismo y los atentados, podría finalmente quedar atrás si el país logra consolidar este nuevo rumbo. Que así sea, y que Dios y la Patria lo demanden.
Rabino M.Ed. Rubén Najmanovich

