Adiós a Baruj Tenembaum Z’L. Por Luciana Minassian

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El fallecimiento de Baruj Tenembaum deja un dolor profundo en quienes tuvieron el privilegio de acompañarlo, escucharlo o simplemente cruzarse con su enorme humanidad. Para quienes compartieron con él proyectos, conversaciones o momentos de vida, su ausencia no es solo la partida de un referente: es la partida de un hombre cuya presencia iluminaba, enseñaba y transformaba.

Baruj llevaba en su historia el pulso de su origen: nacido en la colonia judía Las Palmeras, hijo de los “gauchos judíos”, creció en una comunidad donde la memoria, la identidad y el trabajo compartido eran parte del aire cotidiano. Desde ahí construyó una vida entera dedicada a educar, a tender puentes y a sanar heridas históricas con esa convicción que solo tienen quienes conocen el valor de la dignidad humana desde la raíz.

Su camino como educador —enseñando hebreo, idish, Biblia, filosofía— fue apenas el inicio de una misión que lo trascendió. Muy pronto se convirtió en un pionero del diálogo interreligioso, creando en 1966 la Casa Argentina en Israel – Tierra Santa, y promoviendo gestos de encuentro cultural y espiritual como el fresco de Raúl Soldi en la Basílica de la Anunciación en Nazaret.

Quienes lo admiraron saben que su compromiso tuvo también un costo personal. En 1976, Baruj fue secuestrado por la Triple A, junto con su esposa, por promover ideas de coexistencia. Ese intento brutal de silenciarlo no hizo más que reforzar su convicción. Aun desde el exilio, siguió trabajando, persistiendo con una determinación que solo él podía sostener.

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Su regreso al país, ya en democracia, lo encontró más activo que nunca. Desde la Fundación Raoul Wallenberg, Baruj siempre marcó un camino único: desde sus inicios, a través de encuentros con el cardenal Quarracino, los homenajes y murales a la Shoá y al Genocidio Armenio en la Catedral Metropolitana.

Luego llegó el proyecto Casa de Vida, con el que identificó lugares donde judíos fueron salvados del nazismo, esta iniciativa habla de un hombre que no conocía fronteras cuando se trataba de honrar la memoria o defender el valor de la vida.

Su capacidad de sumar voluntades también fue excepcional. La incorporación de Eduardo Eurnekian fortaleció la Fundación y permitió promover aún más el reconocimiento del Genocidio Armenio, especialmente mediante publicaciones dedicadas a los salvadores turcos de personas de origen armenio, durante las masacres de 1915-1923.

Pero más allá de los logros públicos, quienes lo conocieron de cerca guardan recuerdos que no aparecen en ninguna biografía: su humor inagotable, su forma de reírse de sí mismo, su energía para impulsar cada proyecto, su orgullo infinito al hablar de sus hijos —a quienes muchos conocimos primero a través de sus relatos— y la ternura con la que mencionaba siempre a Perla, su compañera de vida.

Baruj no solo enseñaba con palabras; enseñaba con gestos, con convicciones, con una calidez que hacía que cada encuentro con él dejara algo encendido. Tenía la rara cualidad de hacer que quienes estaban a su lado se sintieran parte de algo más grande, de una misión que valía la pena.

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Hoy, su partida se siente como la caída de un gigante. Pero también deja una certeza: que su legado sigue vivo en cada persona que aprendió algo de él, en cada proyecto que impulsó, en cada puente que ayudó a construir entre culturas, memorias y generaciones.

Recordarlo es un acto de amor y de gratitud. Continuar su obra, la forma más profunda de honrarlo.

Porque Baruj Tenembaum no se va del todo: permanece en aquello que tocó con su espíritu

—Y eso, para muchos, es muchísimo. Hasta siempre, querido Baruj.

 

Luciana Minassian

Presidente del Capítulo Buenos Aires, Society for Orphaned Armenian Relief

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