De Roma a Australia: El antisemitismo global sin máscaras. Por Rab Rubén Najmanovich

Rab Rubén Najmanovich
Rab Rubén Najmanovich

Hace casi dos años que escribo para el medio digital Visavis, espacio al que agradezco profundamente a mi amigo Gustavo Szpigiel por haberme abierto y seguir abriéndome las puertas. Y, generalmente, a pesar de ser educador y rabino, cuando escribo tiendo a analizar el trasfondo sociológico y político de los temas que trato. Pero hoy deseo comenzar desde otro lugar: desde una antigua fuente de nuestra tradición jurídica, el código de leyes judías más conocido como Shulján Aruj, obra monumental redactada en el siglo XVI por el rabino Yosef Caro, quien tenía apenas cuatro años cuando fue expulsado de España junto a su familia.

Allí se cita una frase que resuena a lo largo de los siglos: “Esav sone et Yahakov” – Esaú odia a Yahakov. Lo vemos insinuado en las líneas de los versículos del libro de Bereshit, el Génesis, y luego explicitado y elaborado por la tradición rabínica. No se trata solo de dos hermanos en conflicto: se trata de un arquetipo de odio persistente, de una tensión que atraviesa la historia. La pregunta que surge casi de inmediato es: ¿qué tiene que ver esto con la realidad que rodea al pueblo judío en estos momentos, y de manera exponencial desde el 7 de octubre de 2023?

Las Escrituras nos dicen que Esav (Esaú) es el padre de Edom. Los Sabios identifican a Edom con Roma, y por extensión, con el Imperio Romano, y de allí con Europa. De esa conexión simbólica se desprende la imagen de casi dos mil años de odio, persecuciones, asesinatos y progroms. Un odio que se fue diseminando, estrato por estrato, y que, como la corriente imparable del río Misisipi, sigue fluyendo hoy por las diferentes capas sociales del mundo entero.

En ese contexto histórico e ideológico, resulta casi profético releer la obra “Roma y Jerusalén: la última cuestión nacional” (en alemán: Rom und Jerusalem, die letzte Nationalitätsfrage), publicada por Moisés Hess en 1862 en Leipzig. En este libro, estructurado en doce cartas dirigidas a una mujer en duelo por la muerte de un pariente, Hess formula ideas que hoy suenan dolorosamente vigentes. Allí sostiene, entre otras cosas, que:

  • Los judíos siempre serán extraños entre los pueblos europeos. Europa podrá emancipar a los judíos por motivos de humanidad o justicia, pero nunca los respetará plenamente mientras no tengan su propia patria.
  • El sentimiento nacional judío no puede ser eliminado. Aunque los judíos alemanes y otros en distintas sociedades europeas se convenzan de lo contrario, la identidad nacional judía late y resurge.
  • La única solución a la “cuestión judía” es el retorno a la Tierra de Israel.

Hess argumenta a favor de restablecer una nación judía como respuesta al odio antijudío –en una época en la que aún no existía siquiera el término “antisemitismo”, acuñado más tarde por Wilhelm Marr en 1879–, y que luego León Pinsker denominaría “judeofobia”. Ya entonces, antes de las palabras modernas, el fenómeno estaba claro: un odio sistemático, persistente y adaptable a cada época.

Nos despertamos el domingo pasado, en este lado del mundo – en el continente americano y en parte de Europa – con noticias provenientes de Oceanía, de Australia, justo al inicio de Janucá, la festividad que trae luz en medio de la oscuridad. Janucá nos recuerda la liberación de un pueblo que se negó a ser absorbido por la asimilación, la victoria de unos pocos sobre muchos, la recuperación de la libertad espiritual, educativa y nacional. Sin embargo, mientras encendíamos las primeras luces, en unas playas donde se reunían personas de paz y de bien, se cometió un atentado que, en un contexto menor pero simbólicamente poderoso, recreó el horror del 7 de octubre.

En esas mismas playas, miles de surfistas, en el octavo día de Janucá –cuando se enciende la última vela y se completa el círculo de la luz– rindieron homenaje a las 16 víctimas asesinadas en ese atentado. Personas inocentes, arrancadas de la vida por asesinos llenos de odio, enfermos de fanatismo, amparados por la complicidad silenciosa o tibia del gobierno australiano. El odio se esparce como hojas al viento, pero a diferencia de las hojas, no se descompone: se recicla, se reinventa, encuentra nuevos discursos y nuevas banderas.

¿Y la condena del mundo? En muchos casos, al contrario. Se multiplican las marchas y movimientos “pro árabes palestinos”, que en no pocas ocasiones se convierten en plataformas “proterroristas”, levantando consignas de odio como si estuviésemos nuevamente en la Europa nazi o en la Europa medieval. Se escucha en las calles, en las universidades, en los parlamentos. Se normaliza un discurso que demoniza a Israel, y con Israel, a los judíos.

En países como Argentina, algunos parlamentarios, imberbes y vacíos de contenido, juran por la “patria palestina”. Si cuando hablan de “Palestina” se refirieran a la denominación administrativa que el emperador Adriano impuso en el año 135 de la era común, cuando decidió desvincular al pueblo judío de su relación histórica, espiritual y política con su Tierra Ancestral, Israel, y con su ciudad santificada, Jerusalém – rebautizada entonces Aelia Capitolina –, podría comprenderse al menos el marco histórico. Pero no es el caso. Muchos de estos políticos jamás abrieron un libro de historia, ni bíblica ni general. Cegados por un odio vulgar y vil, creen que abrazan una causa, sin sospechar que quizás algún día serán ellos mismos víctimas del monstruo ideológico que hoy alimentan.

Conviene recordarles a esos ignorantes que se autoperfuman con el título de “políticos” que cuando el emperador romano Adriano aplastó la rebelión encabezada por Bar Kojba en el año 135 e.c., el Islam todavía no existía. No había ni conflicto religioso con musulmanes ni “causa palestina” en el sentido contemporáneo. Lo que ya existía entonces era, precisamente, el mecanismo de “Esav sone et Yahakov”: un mundo que, en ese momento encarnado por Roma y Europa, odiaba al pueblo judío por su sola existencia, por su obstinación en mantener su identidad, su Torá y su vínculo con la Tierra.

Luego, con la aparición del cristianismo y su progresiva hegemonía europea, ese odio se reconfiguró, encontró nuevos discursos teológicos, nuevas acusaciones, nuevas excusas. Pero el núcleo permaneció: la incomodidad frente a un pueblo que no desaparece, que no renuncia, que insiste en su memoria y en su promesa. Así transcurrieron dos mil años, hasta que, después de la mancha indeleble de la humanidad llamada Holocausto, el pueblo judío regresó oficialmente a su casa, a su Estado, a su tierra reconstituida: Israel.

Quisiera que todos los lectores se detengan un instante y lean con atención estas palabras, que no son mías, sino de un profeta que habló hace casi 28 siglos. El profeta Amós, en el capítulo 9, versículos 14-15 (siglo VIII a.e.c.), anuncia:

“Reconstruirán ciudades arruinadas y habitarán en ellas. Plantarán viñas y beberán su vino. Cultivarán jardines y comerán sus frutos. Y los plantaré en su tierra, y nunca más serán arrancados de su tierra que Yo les di, dice el Eterno, tu Dios.”

En estos días, esta profecía no es una cita poética: es una realidad que se materializa ante nuestros ojos. Ciudades que renacen, viñas que vuelven a dar fruto, un idioma milenario que revive en las calles, una cultura que había sido declarada muerta por los nazis y por tantos otros, floreciendo en todos los ámbitos: ciencia, tecnología, arte, pensamiento.

Alumnos, profesores, líderes espirituales, damas, caballeros, políticos: el pueblo de Israel ha regresado a casa para nunca más ser expulsado de allí. Esa es la raíz del odio renovado, pero también la fuente de nuestra esperanza. Mientras las llamas del antisemitismo intentan oscurecer el mundo, las luces de Janucá, las palabras de los profetas y la persistencia del pueblo judío nos recuerdan que hay una promesa que trasciende imperios, ideologías y campañas de odio.

“Esav sone et Yahakov” describe una realidad dolorosa, pero no dicta el final de la historia. El final está escrito en Amós: “nunca más serán arrancados de su tierra”. En esa tensión vivimos, escribimos y resistimos. Y en esa promesa, a pesar de todo, seguimos creyendo.

Rab Rubén Najmanovich

15 COMENTARIOS

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