¿De qué hablamos cuando decimos que hablamos del derecho internacional? Por Pilar Rahola

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El derecho nacido después de la segunda guerra mundial, hace mucho tiempo que es un concepto vacuo que solo sirve para que dictaduras atroces perpetren todo tipo de barbaridades y alimenten todo tipo de monstruos, asentados en su legalidad.

La intervención en Venezuela para capturar Maduro no es comparable con la guerra que han iniciado Estados Unidos e Israel contra Irán, más allá de las similitudes básicas: Trump es el artífice en ambos casos; la acción militar se dirige contra regímenes dictatoriales, a los cuales se quiere derribar; y ambos países están en una situación geoestratégica de enorme importancia.

Pero, a partir de aquí, ni Venezuela es Irán, ni Maduro es Jamenei, ni una intervención quirúrgica es equiparable a una guerra integral. Aun así, sin ser comparables, ambas plantean el mismo debate sobre el derecho internacional, y este es el punto al que se cogen los líderes políticos que condenan el ataque. De repente, las Monteros, Belarras, socialistas con ministerio y ‘tutti quanti’ de la izquierda española, con Pedro Sánchez como artillería pesada, han cogido los micrófonos para hablar de “atropello a la legalidad internacional” y han exigido el final de la guerra.

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“El lado correcto de la historia es estar allí donde se puede garantizar la paz”, dijo Sánchez en los Goya, ufano ante el peloteo que la ínclita Sarandon le dedicó. Y así, instalados en el antitrumpismo rampante, erigidos en defensores de la paz y abanderados del derecho internacional, toda la izquierda caviar ha vendido una moralidad superior ante cualquiera que ose justificar y/o entender los motivos de la guerra. En realidad, es la suficiencia propia de este tipo de izquierda, que siempre mira a los demás por encima del hombro.

“Atropello del derecho internacional” y “estar allí donde se garantiza la paz”: magnífico. ¿Quién podría estar en contra de estas grandes palabras, tan beatíficas y bienintencionadas? Se puede estar si dichas palabras son cáscaras vacías, tan hinchadas de retórica como ausentes de contenido. Y, muy a menudo, preñadas de oportunismo. No se puede afirmar que se defiende el derecho internacional ante el ataque contra Irán, y no haber dicho nada de la destrucción sistemática del derecho internacional que ha hecho el régimen iraní desde 1979. ¿Dónde estaba el derecho internacional, cuando Irán promocionaba y financiaba a grupos terroristas en todo Oriente Medio, responsables de centenares de atentados?

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¿Dónde estaba el derecho internacional, cuando utilizaba a sus ‘proxys’ para desestabilizar a todo Oriente Medio? ¿Dónde estaba, cuando las milicias de Hizbulá, armadas y entrenadas por la guardia revolucionaria, destruían literalmente el Líbano?

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¿Dónde estaba el derecho internacional, cuando Irán perpetraba atentados en tierra argentina?

¿Dónde estaba este precioso e inviolable derecho internacional, cuando Irán ponía en marcha su carrera nuclear, y estaba llegando a su punto crítico de enriquecimiento de uranio?

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¿Dónde estaba, cuando amenazaba año tras año a Israel con su destrucción completa? ¿Dónde estaba el derecho internacional, cuando el régimen disparaba con munición real contra los manifestantes y mataba a miles de ellos?

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Donde estaba… Es aquí donde Sánchez se convierte en el rey desnudo: nunca se ha pronunciado contra las barbaridades que Irán perpetraba en todo Oriente Medio (y otros lugares del mundo, como América Latina), feliz habitante de su Nirvana de moralina progre. Solo se acuerda del derecho internacional cuando, finamente, alguien dice basta y actúa, sobre todo si son sus bestias negras, los americanos y los israelíes. En el mejor de los casos, es una actitud hipócrita. En el peor, es puro oportunismo.

Pilar Rahola-analista-escritora

ElPeriódico

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