
El 33% de los soldados argentinos de origen judío que combatieron en la guerra de Malvinas sufrieron diversos niveles de antisemitismo de parte de sus oficiales y suboficiales, que van desde la tortura física hasta la psicológica. El 10% de ellos, incluso, fue estaqueado en medio de los combates.
Esto surge de los testimonios de 39 de los 43 conscriptos y suboficiales israelitas que participaron del conflicto bélico y prestaron testimonio en el libro «Los soldados judíos de Malvinas», de Hernán Dobry.
“Me tocó vivir dos guerras paralelas: la que tenía con los militares argentinos antisemitas y, la otra, contra los ingleses”, afirmó Sigrid Kogan, quien sirvió en el Regimiento 1 “Patricios” a las órdenes del teniente Ricardo Ferrer.
Fue él mismo quien se encargó de deformarle la cara a golpes, tras haberse enterado de que se había escapado de su posición para comprar comida en la capital malvinense junto a su compañero Alberto Morales y, así, evitar morirse de hambre.
El castigo “ejemplar” fue para el judío ya que, al otro soldado «sólo le pegó dos cachetazos y lo largó”. Ferrer le pidió al conscripto Caño que le trajera sus guantes de cuero porque iba a “tener una sección de boxeo”, frente a toda la compañía. Los hizo formar especialmente, para mostrarles cómo lo iba a maltratar por su condición religiosa.
“No quería darles un ejemplo de lo que iba a pasarles si se portaban mal o se escapaban, sino que deseaba demostrar lo que le estaba haciendo al judío”, recuerda. Enseguida, comenzaron a lloverle los golpes sin que pudiera defenderse.
“Me empezó a matar a trompadas. Me hizo mierda por mi religión. Me caía, me pegaba, me levantaba y me volvía a pegar. Me decía: ‘Párese’, y yo lo hacía. Debí haberme quedado tirado en el piso, pero quizás me hubiera agarrado a patadas, ya que, a pesar de tener la cara ensangrentada, seguía con su golpiza. La nariz no se me curó nunca más, hasta ahora”, detalla Kogan.
El teniente ordenó que lo ataran de pies y manos sin la campera de abrigo, mientras le gritaba: “Judíos de mierda. A ustedes se los van a llevar a Uruguay. Está todo programado para salvarlos y no lo voy a permitir”. Así, lo mantuvo a la intemperie durante casi catorce horas en medio de los bombardeos británicos.
“No podía moverme, sentía impotencia, que iba a morir y, a la vez, le pedía a Dios que eso no pasara. Estar atado, mirando para arriba, que pasara un avión y nos bombardeara y que no me sacaran por ser judío, pudiendo haberlo hecho, eso era ser antisemita. Después de que me liberaron, caí en un sueño profundo. Estaba ido, no había podido comer. Por suerte, pude recuperarme”, afirma Ertel.
Una situación similar debió padecer Julio Gluzman, quien sirvió en el Regimiento de Infantería 7, en manos de un subteniente del que nunca conoció su nombre, cuando fue trasladado junto a sus compañeros al Monte Longdon en medio de los combates cara a cara con los ingleses en los últimos días de la guerra.
Allí, lo cambiaron de jefe por uno a quien jamás había visto y les pasaba revista del armamento mientras los enemigos avanzaban en el terreno. Muchos soldados le habían dibujado una cruz al casco y él había grabado una estrella de David en la cacha de su fusil. Eso desató la ira del oficial.
“Cuando lo vio, se puso loco y empezó a gritarme con insultos antisemitas. Me hizo de todo y me estaqueó de pies y manos en medio de los combates, durante dos días, poco tiempo antes de que terminara la guerra –recuerda Gluzman-. Sentía miedo y frío porque estaba sin los borcegos, tapado solo con una manta que me tiraban encima durante la noche. Solo me daba agua un compañero que venía de contrabando, pero no comía nada. Fue una degradación total. Era como en la época de los indios. Estuve así hasta que otro soldado me desató”.
Unas semanas antes Edgardo Gueler, quien servía en el Regimiento de Infantería Mecanizada 3, padeció una situación similar en manos del jefe de la compañía “Servicios”, a la que había sido trasladado el 10 de mayo.
El oficial, a quien prefiere no nombrar, lo llevó haciendo ejercicios extenuantes y arrastrarse entre el barro y la turba durante doscientos metros. Luego, lo hizo atar de pies y manos y lo dejó a la intemperie durante toda la noche en medio de los bombardeos, mientras los proyectiles le caían cerca.
“Llegué absolutamente abatido, con una sensación de violación y degradación que nunca me había tocado vivir. Era la guerra y encima tenía que vivir ese momento de extrema desolación -concluye-. Vino un suboficial, quizás borracho, y me orinó sin miramientos, haciéndose el que no me veía. Fue una locura total. Lloré, sentía dolor por el frío, angustia, miedo y bronca. Era una sensación de despojo”.

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